Votos e inmigración
Mirar para otro lado cuando afloran los problemas inmigratorios es una práctica del centroderecha y del centroizquierda que ha dado espacio a una derecha dura. En las recientes elecciones para los “lander” de Sajonia y Brandeburgo –en total, un 10% de la población alemana–, el partido Alternativa para Alemania se ha situado segundo lugar, en un caso por detrás de la democracia cristiana y en el otro por detrás de la socialdemocracia.
¿Coincidió todo con la política de puertas abiertas de Angela Merkel? Sí pero solo en parte: ambos “lander” corresponden a lo que fuera Alemania Oriental en la que la devastación moral y económica provocada por el Pacto de Varsovia sigue teniendo secuelas después de la caída del Muro De Berlín. Pero lo cierto es que el temor a la inmigración ha transformado el mapa electoral en casi toda la Unión Europea (UE). En las zonas de España con más saturación inmigratoria, VOX ha sacado sus mejores resultados.
Algunos análisis prevén la aparición de nuevos partidos liberales para contrarrestar la radicalización de la derecha, pero al encarar los problemas de la inmigración lo que cuentan son las percepciones, que sedimentan aunque las tasas de inmigración disminuyan. Oponerse a los populismos –muy heterogéneos– requiere sobre toda claridad de lenguaje y acción lúcida. Tanto llevarse las manos a la cabeza no es un argumento. Una inmigración incontrolada y favorecida por el buenismo desvertebra el conjunto de lealtades que sustenta las viejas naciones-Estado, por mucho que la UE tenga rasgos supranacionales.
Según escenarios trabajados por el Pew Research Center para el año 2050, en Suecia la población será un 30% musulmana, lo cual convierte en premonición el hecho de que un partido anti-inmigración ya esté en el parlamento nacional. En Francia, lo que fuera el grupo minoritario de Le Pen durante décadas ha absorbido los votos comunistas y parte de los socialistas en zonas que superan el umbral de la densidad inmigratoria. En Marsella, la población musulmana representa un 25 por ciento. En Gran Bretaña, hubo un elemento anti-inmigración en el voto favorable al “Brexit”. Desde la llegada de los oriundos de las colonias con pasaporte británico, esa cuestión había sido acallada. Es difícil seguir así cuando el 25% de la población de Birmingham es musulmana.
En Sajonia y la colindante Brandeburgo, tanto la CDU como el SPD estarán obligados a instrumentar coaliciones y todo indica que su mayor oposición será los escaños de la AfD. En ambos casos, los “verdes” presumiblemente van a condimentar el gobierno. Eso es indicativo de las vueltas que acaba dando la política y hace pensar que el centro-derecha acabe algún día aceptando a la AdF como socio, aunque por ahora se niegue, como ocurre en Francia.
En España, la estrategia de Pablo Casado ha sido distinta y ha logrado pactos municipales y autonómicos con C’s y VOX. Un dato que destaca la gran heterogeneidad de la derecha de la derecha en Europa y que explica su variada ubicación en el hemiciclo de Bruselas es, por ejemplo, que la líder de la AdF, Alice Weidel, es manifiestamente lesbiana y defiende la causa feminista. ¿Será la AdF el partido hegemónico en lo que fue la Alemania Oriental? Así ocurrió en Italia, con el estridente Matteo Salvini como figura prominente del gobierno y ahora defenestrado en una maniobra típicamente italiana para formar un nuevo ejecutivo que retrase la victoria electoral del saliente. Algo ha pasado para que incluso en Suiza un partido anti-inmigración como el SVP, con avances de importancia y algunos retrocesos, esté ya incrustado en el sistema político. Al final, el buenismo tritura votos.
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