Opinión

Sólo importa la mitad de Cataluña: la censura a López-Burniol

  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

Cataluña no puede ser ni española ni de derechas. Hay catalanes que el poder sólo tolera si están callados. Por eso el notario Juan José López-Burniol ha sido «invitado» a dejar su diario más emblemático: La Vanguardia. No por un desliz formal ni por un error de estilo, sino por sus justos y reiterados reproches a los dos últimos presidentes del socialismo español. El director, de acuerdo con el editor, le comunicó la «retirada del artículo» y la suspensión de la relación. El texto censurado, titulado La revancha, circula ya por WhatsApp y por medios que se han prestado a publicarlo. En él, López-Burniol diagnostica con claridad lo que muchos prefieren no nombrar.

Desde hace años, sostiene, ha tomado cuerpo en España una insistente ansia de revancha de la contienda fratricida de hace noventa años. No se trata de una guerra clásica con ejércitos y campos de batalla, sino de una guerra civil híbrida, de una fractura social deliberada, un bloqueo institucional y una polarización radical. El muro, que se ha afanado en fortalecer el presidente Sánchez, separa dos bandos que no son simples adversarios, sino enemigos. Por un lado, las izquierdas de distinto octanaje más las derechas separatistas catalana y vasca; por el otro, las derechas en mogollón. Perdonen ustedes, pero son los mismos frentes que definió el Pacto de San Sebastián en 1930 y que se enfrentaron en 1936.

El objetivo de esta revancha, dice López-Burniol, iniciada desde el poder por Rodríguez Zapatero y potenciada sin límite por Sánchez, es ambicioso: poner fin a la segunda restauración monárquica, derogar la Constitución de 1978, abrogar el régimen que de ella nació, derrocar al rey Felipe y conectar directamente con la legalidad de la Segunda República para instaurar una Tercera República presidencialista, plurinacional y confederal. En definitiva, poner fin a España como nación, como ámbito de solidaridad primera e inmediata conformado por la geografía y la historia, en el que todos los españoles somos iguales. No se anda con eufemismos. El choque, afirma, se iniciará pronto. Coincidirá quizá con la crisis larvada de Ceuta y Melilla, que puede acabar en un nuevo 98, un «desastre» final. España estará más sola que nunca y perderá. Entonces podremos decir: «Entre todos la matamos y ella sola se murió». Este diagnóstico no es nuevo en la pluma del notario. Lleva años advirtiendo de la erosión del Estado de derecho, del uso político de la memoria histórica y, sobre todo, del pacto con los separatistas como precio del poder. Un pacto que considera peor que una traición.

Lo que resulta especialmente revelador es el escenario en el que se produce su expulsión. Las élites de Cataluña, bien representadas por La Vanguardia, viven en una esquizofrenia permanente con España y con la derecha. Como hicieron, por cierto, tantos políticos de la República con desastrosas consecuencias. En Cataluña se puede ser español y de derechas (el mismo propietario del periódico es conde y Grande de España), pero nunca admitirlo abiertamente como si fuera tan normal como al contrario. Los partidos hegemónicos catalanes se consideran plurales, pero fueron capaces de una ignominia como el Pacto del Tinell, que desterró al PP y a sus votantes catalanes de la vida política y hasta de la civil. Ese espíritu guerracivilista y de frente popular de baja o media intensidad (intensito alrededor del 2017) es bien conocido en
Cataluña. Zapatero y Sánchez lo han generalizado al resto de una España que se mantenía mucho más sana.

La censura de López-Burniol no es un incidente aislado. Es la expresión manifiesta de esa esquizofrenia. Un medio que se presenta como moderado y de centro no tolera que uno de sus colaboradores históricos diga en voz alta lo que muchos saben en privado: que la polarización actual no es un accidente, sino un proyecto político que, aunque torpe y de consecuencias mal comprendidas por los propios conspiradores, busca la refundación del régimen a costa de la nación. López-Burniol termina su artículo con una esperanza: ojalá un líder tan demócrata como patriota saque a España de este mal trance desde la ley, con la ley y por la ley. Como De Gaulle levantó a Francia o como Churchill hizo resistir al Reino Unido para al final vencer. Al menos podemos soñar, ¿no? Mientras tanto, la expulsión del notario de las páginas de La Vanguardia confirma que el muro no sólo divide a los españoles. También silencia a quienes se atreven a señalarlo. En Cataluña, y cada vez más en el resto de España, se puede ser muchas cosas. Lo que no se puede es hablar de ellas.