¿Pero los concejales no tienen que ir a los distritos?
El concejal de Transparencia y Participación Ciudadana, Pablo Soto, tiene que dar explicaciones públicas sobre la tendencia compulsiva a los viajes del equipo que gobierna el Ayuntamiento de Madrid. Ínclitos como la alcaldesa Manuela Carmena, la portavoz Rita Maestre, Luis Cueto, Sánchez Mato o el propio Pablo Soto parecen poseídos por el síndrome de Phileas Fogg, el célebre personaje de Julio Verne que vivía con una maleta pegada a la mano. Lo más grave de estos casos es que nadie sabe de dónde ha salido el dinero para sufragarlos porque no hay un sólo detalle en el altisonante y propagandístico ‘Portal de Transparencia’. Si eran viajes oficiales, deberían aparecer con todo lujo de detalles para que así los ciudadanos tuvieran oportunidad de escrutarlos.
Lejos de eso, los regidores de todos los madrileños se jactan de no recibir ningún regalo por ser incompatible con su desempeño público. Sin embargo, no dejan de hacer viajes en calidad de representantes elegidos en las urnas. Viajes que, por otra parte, poco o nada tienen que ver con sus quehaceres diarios y con las funciones inherentes a sus respectivos cargos. Todo ello con el agravante de que, incluso, han servido para asistir a actos partidistas de las marcas blancas de Podemos. Por ejemplo, un encuentro en Galicia de «alcaldes por el cambio» que le salió al Consistorio madrileño por 2.300 euros. Algo por lo que el primer edil de Valencia, Joan Ribó, tuvo que dar explicaciones.
El ansia viajera también está inoculada en la alcaldesa. Al tiempo que la ciudad está cada día más sucia y crece la inseguridad en los barrios del sur como Carabanchel o Vallecas, Manuela Carmena ha convertido su mandato en una excusa para pasearse por medio mundo. De Argentina a Chile con parada en Uruguay. Además, por supuesto, de Ciudad del Vaticano o la Cumbre del Clima en París donde, para mayor gloria, dejó aquella célebre carmenada al proponer un concurso para que los niños recogieran colillas, papeles y demás restos de suciedad.
Ámsterdam o Nueva York son otros de los destinos visitados por los ediles. Sería extraordinario para la ciudad que la misma pasión que muestran por los viajes se transformara en denodada entrega por el día a día de los madrileños. Por la limpieza de sus calles, el orden y la viabilidad del tráfico, la lucha contra la contaminación o la seguridad en sus plazas y parques. Mientras cada concejal danza con su equipaje por alguna parte del mundo, la capital se queda desprovista del trabajo que se le presupone y exige a un representante público. Madrid debe ser lo primero. Aunque difícilmente podrán trabajar bien por y para la ciudad si apenas pisan en sus distritos y barrios.
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