Mitineros del alpiste
En el plazo de una semana, los asfixiados españoles por la Hacienda socialista hemos sufrido dos alegatos morales, tan innecesarios como costumbristas, reflejo de una España vencida por sus miedos. Dos turras retóricas por parte de los colectivos más apesebrados del país: los actores y las feministas, cada uno con su tropa de aliados a la causa, o sea, a la cuota. Cuando llega uno de los días marcados en el calendario del subvencionado patrio, el 8M, salen las urracas del negocio de la igualdad a cacarear prebendas y eslóganes vacíos. Su negocio depende de la creatividad de su pancarta, porque la igualdad real no se consigue sólo poniendo el cazo, sino reclamando lo que ya tienen en uno de los países donde más se respeta tal derecho entre sexos. Si las proclamas de camiseta le salpican de violencia verbal y física contra todo aquel (y aquella) que cuestione sus paradigmas falsos, tenemos la manifestación de cada año completa y replicada.
El feminismo real lleva tiempo secuestrado por los zurdos cínicos y la hiprogresía caviar: un ejército de iletradas, ados y ades que venden lo que no son, defienden lo que no se aplican y vociferan lo que no entienden. Y todo, para seguir manteniendo su privilegio ideológico y económico. Se manifiestan a la carta en el típico aquelarre ideológico de vividores del parné público. Lo suyo no es compromiso moral, sino activismo de pesebre: callaron los asesinatos de mujeres en Irán, como silenciaron las muertes y torturas en Venezuela. Entonces, no había motivos para salir a protestar ni a reivindicar derechos, tampoco para organizar flotillas hacia tierras donde ser mujer apenas si escala en importancia a la de una pelusa. El feminismo de verdad se exige donde la mujer no existe y no donde le ponen un ministerio para lucrarse de su condición. Por ello, esta turba repetitiva y pesada de cada temporada no merece reconocimiento, sino retrato.
En Irán, por ejemplo, no se celebra el 8M por falta de personal. Las valientes que allí quieran celebrarlo, serán eliminadas o escondidas en prisiones de tela perpetuas. Las que aquí se torturan la garganta llamando violador hasta a sus padres, reniegan de dar la murga donde hace falta de verdad, porque si no hay negocio, no hay proclama. Y una no se moviliza gratis para que la maten, mientras exagera el contexto que le permite decir en libertad memeces y soflamas de checa soviética.
Si sólo se alza la voz cuando conviene y no cuando procede, tú no eres feminista, sino mujer con intereses. Si callas antes la masacre de mujeres donde el Islam gobierna por afinidad ideológica o protección de la cuenta corriente, tú no eres feminista, sino embajadora de la cochambre moral. Y ahí, en esa alteración lógica de los argumentos y acontecimientos, quienes defendemos que la mujer debe ser libre y vivir sin imposiciones estéticas ni morales, resulta que somos los malos. Mientras, las adalides del «borracha y sola» silencian la muerte diaria de mujeres en Afganistán o México, en Venezuela o Cuba, o en la España que no es de izquierdas.
El 8M hace tiempo que se ha convertido en el día de reivindicación de un lucrativo negocio que ha costado un ministerio y más de tres mil millones de euros para no arreglar el problema que venía a solucionar. Al contrario, lo han perpetuado. Salen a la calle con alegría violeta, no a protestar contra una ley que ha soltado a violadores y agresores sexuales, indignadas porque hay más asesinatos de mujeres que antes, sino para impedir que el sentido común llegue a un gobierno que no use a las mujeres como cuota ideológica para vivir de una tragedia que no interesa solventar.
La turba de feministas de salón, que en Irán ya estarían lapidadas al menor movimiento, cumplen otro año más su papel de embajadoras de una falsedad que insultaría la inteligencia de quienes sí lucharon con oficio y sangre, con sudor y lágrimas, para que ellas tengan hoy la libertad de manchar ese legado. El 8M, epicentro como los Goya de estos mitineros del alpiste, constata el fracaso de una sociedad que ha priorizado el envoltorio de una causa antes que la realidad de una lucha. Y encima, ya tienen su no a la guerra para tranquilizar su aburguesada mente revolucionaria. Hasta el año que viene.
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