García Ortiz: el precio de ser un lacayo con toga infecta
¡Quién le iba a decir al mediocre, partidista y fungible fiscal García Ortiz que su nombre iba a inaugurar el arconte de la vergüenza! No sólo en España, sino en todo Occidente, tras la histórica sentencia del Tribunal Supremo.
El Estado de derecho ha funcionado correctamente. Guste o no. Aquí no ha habido ni golpe, ni vulneración de derechos, ni historia oscura alguna. Cinco magistrados con el pulgar hacia abajo; dos a favor de la absolución. Punto. Ni Palomeras con intereses políticos; ni Fortes amanerado; ni Maestre amaestrado. Punto.
¿Qué ha pasado aquí y en este caso? Ortiz, al que se le suponía conocedor de la ley vigente, entendió, al igual que su jefe político, que con el poder en la mano se convertía en un «ser superior», impune a cualquier delito y que una mayoría parlamentaria permite situarse por encima de cualquier ley. El resultado es que un Tribunal Supremo legalmente constituido, garante del Estado de derecho, ha mandado a galeras a todo un fiscal general, si bien mirado el condenado no es otro que el primer ejecutivo de la nación, es decir, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
La carrera del fiscal García, bien estudiada, no es otra cosa que una toga en obediencia partidaria al PSOE. Desde participar en actos socialistas a ser un agente clave en el entramado judicial de la izquierda, empujado por otra fiscal bajo sospecha, Dolores Delgado (La Lola, en expresión del ex comisario Villarejo), mujer de un juez arrojado fuera de la carrera judicial por «prevaricador». Algo huele mal en ese entramado siempre cobijado bajo el poder socialista.
En cualquier país civilizado del mundo esta condena al fiscal general García Ortiz (cinco a dos, el voto de las dos magistradas de filiación izquierdista eran previsibles) hubiera dado con los huesos del Gobierno en la dimisión ipso facto, especialmente en lo que se refiere a su máximo responsable. Es lo normal democráticamente hablando en estos casos. Pero, claro, no podemos olvidar que la anormalidad es que el presidente es un tipo apellidado Sánchez. Y a partir de ahí la conclusión está clara.
Seguirá en su locoide huida hacia adelante a costa de la convivencia y la vergüenza nacional.
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