Opinión

Un difícil otoño económico

Nos encontramos en un momento económico lleno de dificultad, al coincidir muchas perturbaciones que limitan el crecimiento y ponen en riesgo la recuperación tras la caída de las medidas derivadas de la pandemia y, con ello, el empleo.

Venimos de un retroceso intenso del PIB, tanto a nivel mundial, como europeo, como, especialmente, español, tras las duras restricciones que se impusieron en los momentos más duros de la pandemia. Esa caída todavía no se ha llegado a recobrar en España, donde parece que se retrasará hasta bien entrado el año 2023, más hacia el final que al principio, siempre que no se complique más el escenario económico, que parece que sí que se complicará. En caso de un empeoramiento de las previsiones actuales, el recobrar el nivel de actividad anterior a la pandemia, en términos constantes, podría demorarse mucho más.

Desgraciadamente, esas nuevas eventualidades, en forma de importantes turbulencias económicas han llegado: una escasez de oferta por problemas en la producción; un atasco de los suministros y unos precios energéticos disparados, derivado del incremento de la demanda, pero, sobre todo, de la reducción de la oferta por prescindir de unas fuentes de energía sin haber encontrado otras que las sustituyan y sean abundantes, eficientes y asequibles.

Todo ello está llevando la inflación a niveles no vistos hace 30 o 40 años, con una pérdida importante de poder adquisitivo por parte de los agentes económicos y una disminución de la competitividad de las empresas. Ese incremento de los precios, que no sucedía desde hace tantas décadas, se ha producido en Estados Unidos, en Europa y, de manera muy acusada, en España, que ya marca dos puntos más de inflación que la media de la eurozona.

Adicionalmente, la invasión de Ucrania y la guerra que se ha desatado contribuyen a tensar los precios, debido a que, por un lado, Ucrania es uno de los abastecedores de cereal para el resto del mundo y, por otra parte, gran parte de Europa es energéticamente dependiente del gas ruso, debido a la equivocada política energética europea antes citada, que ahora parece que quiere rectificar, aunque con el enrocamiento de Alemania respecto a la persecución de la energía nuclear y al fanatismo del gobierno español, que desmonta las nucleares, en lugar de abrir más -España tiene capacidad para generar abundante energía nuclear-, y mantiene la prohibición sobre el fracking para extraer gas -dejando a un lado las enormes reservas de dicho recurso que España podría obtener con dicha técnica-. O vamos hacia una política energética racional, que apueste por la nuclear y el gas, especialmente el fracking, como componentes esenciales de la oferta energética, al menos, en una transición, o los problemas empeorarán.

Por otra parte, el empecinamiento de China en erradicar el coronavirus de su país, limita la producción allí y hace resentirse a toda la economía mundial, a través de las transacciones y suministros, y eso tensa, aún más, los cuellos de botella.

De la misma manera, llevamos una década con la aplicación de políticas monetarias heterodoxas, que han mantenido en cero el precio oficial del dinero y en negativo los intereses de la facilidad marginal de depósito, con rentabilidades negativas en la deuda de algunos soberanos, especialmente a corto plazo, durante un período largo. La práctica totalidad de bancos centrales siguieron esa estrategia de programas casi ilimitados de liquidez debido a la profundidad de la anterior crisis, en momentos en los que, además, la inflación se quedaba muy por debajo del objetivo de precios. Todo ello, junto con un gasto expansivo desde hace también muchos años y una ausencia de reformas estructurales que eran necesarias para que la economía pudiese prosperar.

Eso impidió adecuar la economía para el futuro y cuando sobrevino la pandemia nos encontramos con unos niveles de endeudamiento elevadísimos, que dejaban poco margen de maniobra. Sin embargo, las decisiones tomadas para combatir la pandemia y el gasto asociado a ello incrementó el desequilibrio, con la suspensión de las reglas fiscales por parte de la Comisión Europea.

¿Qué nos espera de cara al otoño? Un horizonte muy difícil, sumamente adverso: la economía estadounidense cayó un 1,4% trimestral anualizado en el ITR-2022 y ha vuelto a caer, ahora un 0,9% en el IITR-2022; la economía china se ralentiza; lo mismo sucede con la de la Unión Europea; y la española, tras quedarse casi plana en el ITR-2022, rebota en el IITR-2022 y quizás lo mantenga en el IIITR debido a la campaña de verano, pero da muestras de agotamiento, sin capacidad de reacción, aunque es de esperar, como digo, que la temporada de verano aporte un repunte, pero no tan intenso como debería ser para avanzar decididamente hacia la prosperidad.

Junto a ello, para combatir la inflación -cosa necesaria, pues, si no, su efecto será muy nocivo para la economía- los bancos centrales han comenzado a aplicar una política monetaria restrictiva y a drenar, así, liquidez, con lo que ello implica: una subida de los tipos de interés.

Ello provocará -ya está provocando- un encarecimiento de la financiación, tanto de empresas como de familias, con especial intensidad en las que, de estas últimas, tienen una hipoteca a tipo variable. Eso hará que tengan que destinar más recursos para el pago de sus hipotecas y menos para el consumo. Al consumir menos, las empresas tendrán que disminuir su producción. Al disminuir su producción, necesitarán a menos trabajadores, aumentando el paro aumentará. Y con el aumento del paro, aumentará el gasto y caerán los ingresos.

Es decir, el panorama se vuelve muy complicado. Todo ello, puede tener una incidencia mayor en España, debido a que el Gobierno aplica la política fiscal más expansiva de la UE por el lado del gasto, con el agravante de su elevada deuda pública, que pone contra las cuerdas a nuestra economía. No hay más que recordar cómo la prima de riesgo volvió a elevarse cuando el BCE dijo que dejaba de comprar deuda soberana, hasta el punto de tener que convocar un consejo extraordinario para anunciar una herramienta que mitigase dicho incremento.

Todo ese conjunto de datos dibuja un escenario económico internacional (y, por su impacto en cada economía, también nacional) muy incierto y preocupante. Estamos a tiempo de minimizar los impactos negativos del corto plazo -intensificados por la guerra- y evitar que se instalen en el medio y largo plazo. Para ello, hay que volver urgentemente a la ortodoxia económica, tanto fiscal como monetaria -esta última, ya ha comenzado a ir hacia la ortodoxia-, o las consecuencias económicas pueden ser muy graves, especialmente en España, debido a sus importantes desequilibrios estructurales acentuados en los últimos años. Vamos hacia un otoño económico muy difícil.