Ceutíes, sois el orgullo de España
Ceutíes, habéis demostrado en estas semanas algo que no cabe en una estadística ni en un comunicado de Moncloa: que España también se defiende con coraje, con dignidad y con la capacidad de aguantar cuando vienen mal dadas. Habéis soportado una presión extraordinaria, habéis protegido a vuestras familias, habéis seguido trabajando y habéis mantenido en pie vuestra ciudad cuando demasiados miraban hacia otro lado: el Consejo de Ministros. A catorce kilómetros de la Península, habéis recordado a todos que la frontera no termina en el Estrecho: allí donde vive un español, allí está España: sois el orgullo de España.
Pero vamos al dato. España no empezó ayer. Ni nació de una rueda de prensa, de un tuit ministerial a lo Óscar Puente o de una comparecencia parlamentaria tan decadente como la de Mónica García en el Congreso. Tampoco empezó cuando alguien decidió dibujar una raya en un mapa y decretó que a un lado estaban los nuestros y al otro los demás. La historia suele ser bastante más incómoda que eso. Ceuta estaba ahí mucho antes de que el Marruecos moderno existiera como Estado. Portuguesa desde 1415, incorporada a la Monarquía Hispánica en 1580 y española después de que Portugal recuperara su independencia en 1640, la ciudad forma parte de una historia peninsular y europea –conviene que lo recordemos– que no empezó precisamente la semana pasada, señores del Gobierno Sanchista.
Porque para determinados políticos, Ceuta parece tener una curiosa propiedad: está en España cuando toca votar, en Europa cuando toca pedir fondos y en África cuando toca repartir responsabilidades. Qué práctico. El problema es que los ceutíes no viven en una rueda de prensa. Viven allí. Y desde el pasado 30 de julio han tenido que soportar una situación que, contemplada desde un despacho de Madrid, quizá pueda resumirse en una estadística, pero que desde una calle de Ceuta se mide de otra manera: en miedo, incertidumbre, colas, tensión, servicios sanitarios bajo presión, parques que dejan de ser espacios de juego y playas que dejan de sentirse como antes.
El 30 de julio dejó de ser una cuestión de mapas y se convirtió en una cuestión de Estado, o eso debería haber sido si Pedro Sánchez fuera un digno presidente de Gobierno. Que, por cierto, sigue insistiendo en que no entiende por qué ha habido tanta polémica. ¡Qué descaro!
Durante semanas, miles de personas permanecieron en distintos puntos de Ceuta, incluidas zonas próximas a playas y espacios públicos, mientras las administraciones intentaban gestionar una situación extraordinaria. Y mientras se hablaba de acogida, retorno, recursos y procedimientos, había otra población que también necesitaba ser escuchada: la que ya vivía allí. Familias que tenían que hacer la compra, acudir al centro de salud, llevar a sus hijos a cursos de verano, utilizar los parques, desplazarse por la ciudad o simplemente salir de casa sin preguntarse qué podía ocurrir.
Desde Madrid es fácil hablar de cifras, porque desde Cataluña y País Vasco, sencillamente, pasan de todo. Pero desde Ceuta hay que vivirlas. Porque la normalidad consiste en algo tan sencillo como poder llevar a un niño al parque sin miedo, acudir a una consulta médica sin encontrarse con una presión asistencial extraordinaria, hacer la compra sin restricciones o salir de casa sin sentir que determinados lugares han dejado de pertenecer a la vida cotidiana.
Y llegamos al ministro Fernando Grande-Marlaska, que ha tenido que responder por una crisis fronteriza de dimensiones excepcionales por su negligencia y ha defendido que no recibió alertas de los servicios de inteligencia –CNI– que anticiparan una entrada masiva de semejantes características. Qué tranquilidad. Una frontera exterior de la Unión Europea puede verse sometida a la llegada de decenas de miles de personas y, aparentemente, nadie tuvo información suficiente para anticiparlo. España tiene una curiosa costumbre: descubrir las crisis cuando ya han ocurrido. Primero sucede el problema, después se reúne el Gobierno, luego aparecen los ministros y finalmente alguien explica que todo estaba bajo control.
Y después está Pedro Sánchez. El presidente estuvo en Ceuta al comienzo de la crisis, pero su ausencia posterior durante buena parte del mes de agosto, coincidiendo con sus vacaciones, se convirtió en uno de los grandes motivos de crítica política. Naturalmente, un presidente del Gobierno tiene derecho a descansar. Faltaría más. El problema es la fotografía que queda cuando, mientras el presidente disfruta de sus vacaciones –en La Mareta o en Andorra–, una ciudad española se encuentra secuestrada.
Ceuta no pide privilegios. Pide algo bastante más elemental: que España se comporte como España. Pide seguridad, sanidad, colegios, calles transitables, playas, parques para sus niños, tranquilidad para sus familias y recursos para sus profesionales. Pide que sus médicos puedan trabajar con medios, que sus policías puedan cumplir su función y que sus ciudadanos no tengan que sentirse extranjeros en su propia ciudad.
Ceuta no necesita que nadie le conceda el certificado de españolidad. No necesita que un ministro le recuerde que pertenece a España. Lo demuestra cada día. Lo demuestran sus hospitales, sus colegios, sus trabajadores, sus familias y sus ciudadanos. Lo demuestra su historia.
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