Opinión

Mónica García, 60 millones y un billete a la OMS

Entre huelgas médicas, cruceros con hantavirus, ministerios que se pasan las competencias como historiales clínicos extraviados y una aportación de 60 millones de euros a la OMS que algunos interpretan más como inversión de futuro que como solidaridad internacional, la figura de Mónica García se mueve entre la gestión sanitaria, la ambición política y la diplomacia global. Todo ello en una España donde la sanidad parece vivir permanentemente entre la sala de espera y la UCI administrativa, mientras el Gobierno de Pedro Sánchez intenta convencer al paciente de que el sistema está estable aunque el monitor no deje de pitar.

La sanidad española, ese organismo complejo con tendencia a la inflamación, lleva tiempo dando señales de estrés: huelgas médicas inéditas, tensión en Atención Primaria y una sensación general de fatiga de sistema que los clínicos describen con una mezcla de resignación y bisturí afilado. William Osler, uno de los padres de la conocida medicina moderna, decía que «escuchar al paciente es el principio del diagnóstico», pero aquí el paciente —el sistema nacional— parece hablar al mismo tiempo y nadie lo escucha del todo.

En ese contexto, la gestión del brote de hantavirus en el crucero por parte de Sanidad ha tenido algo de sainete administrativo con bata blanca y mascarilla FFP2. Un ministerio diciendo una cosa, otro afinando la letra pequeña, técnicos entrando y saliendo como celadores de un hospital sin camas, y la sensación de que el virus avanzaba con bastante más claridad de ideas que la propia maquinaria del Estado.

Así vemos cómo, mientras unos pedían aislar, confinar y cerrar la escotilla antes de que el problema desembarcara en tierra firme, otros respondían con esa liturgia jurídica tan nuestra, donde cada urgencia necesita tres informes, dos interpretaciones y una comisión técnica con café tibio. La salud pública corría con pulsaciones de UCI y la administración contestaba con el ritmo pausado de boletín, como si el virus fuese a esperar educadamente a que terminara el trámite burocrático.

Pero el núcleo más controvertido del debate aparece cuando la gestión nacional se cruza con la ambición internacional. La aportación de 60 millones de euros a la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha sido leída por muchos no como un gesto de solidaridad global, sino como una inversión estratégica de visibilidad. Una especie de billete de salida hacia el ecosistema multilateral –puesto de trabajo–, donde los sueldos superan con facilidad los 250.000 euros y la exposición política se transforma en diplomacia estable.

En ese relato crítico, no se percibe tanto cooperación sanitaria como sí transición profesional: de la trinchera autonómica o estatal  –ya se verá– al clima más templado de las agencias internacionales. Esto sí es ser una gran estadista, señora García. Si me falla un trabajillo –seguro contra Ayuso–, tengo el otro, quizá más ambicioso e internacional.

Pero, si uno afina un poco la ironía —un poco más— hasta puede llegar a entenderse el interés de que el crucero del hantavirus acabe atracando en Canarias bajo el paraguas de la OMS. Al fin y al cabo, siendo el armador holandés, siempre le quedaría más a mano su propio puerto, donde las decisiones son ajenas y los problemas se aparcan con orden nórdico. Pero no, es mejor Canarias y un puerto que no es Puerto Designado de los 8 españoles.

Pero la frase oficial —»la salud no entiende de fronteras»— suena, para unos, a convicción global; para otros, a pasaporte. Y aquí el debate se vuelve casi quirúrgico: ¿solidaridad con la OMS o estrategia de descompresión política? «La medicina es una ciencia de la incertidumbre y un arte de la probabilidad», recordaba William Osler, y la política sanitaria parece haber adoptado esa máxima como método de trabajo.

En paralelo, la política madrileña añade su propio ruido de fondo. La eventual candidatura de la ministra, Mónica García, a la Comunidad de Madrid se interpreta como movimiento de tablero más que como proyecto territorial. En ese escenario, la presidenta Isabel Díaz Ayuso ha construido su discurso perfecto en torno a un binomio simple y eficaz —»comunismo o libertad»— que funciona como diagnóstico político rápido, casi como un test de urgencias ideológicas: triage electoral.

Mientras tanto, Más Madrid vive su propia batalla interna, con liderazgos en disputa y equilibrios inestables, como un paciente politraumatizado al que todos intentan estabilizar sin ponerse de acuerdo sobre el protocolo. Qué será del pobre Miguel, decía la canción. Aquí qué será del pobre Emilio Delgado: ¡Cuidado, viene Mónica García y te va a echar! Así por la cara.