Mejor cultivar en el norte que en el interior: el cambio climático modificará el mapa agrícola de España
La cornisa cantábrica, Galicia y los Pirineos ganan potencial; el interior peninsular lo pierde
ntre 2041 y 2060, con 2,1 ºC más, el 49% de la población mundial viviría en zonas agrícolas en declive
El 83% de los agricultores del mundo pierde parte de sus cosechas a causa del clima o por las plagas
El indicador de rendimiento alcanzable refleja la productividad biofísica máxima que permite un lugar según su clima, al margen de lo que hoy se coseche en él. Es la vara con la que un nuevo mapa científico mide cuánta comida podrá producir cada rincón del planeta a medida que sube la temperatura.
Con esta nueva herramienta, se puede vislumbrar cómo España afrontará el cambio climático con su capacidad para producir alimentos partida en dos. El norte húmedo ganará potencial agrícola mientras buena parte del interior lo perderá, según una plataforma científica desarrollada en España que proyecta ese reparto hasta 2100.
Así lo refleja CADI, una herramienta creada por investigadores del Instituto de Análisis Económico (IAE) del CSIC, que permite prever cómo el clima erosiona el potencial agrícola en todo el mundo con una resolución de diez por diez kilómetros.
Contraste Norte – Sur
En el mapa peninsular, la cornisa cantábrica, Galicia y los Pirineos aparecen en verde: son las zonas que ganan productividad. El interior y el centro-este, en cambio, la ceden, y en algunos puntos se concentran pérdidas severas.
«En España se reproduce a pequeña escala el patrón mundial», explica Hannes Mueller, investigador del IAE-CSIC. La cornisa cantábrica, Galicia y los Pirineos ganan productividad, señala, mientras «buena parte del interior y del centro-este peninsular la pierde».
No es un caso aislado en Europa: el norte del continente —Escandinavia, Finlandia, Escocia o los Alpes— gana potencial agrícola, mientras el sur, incluida la península ibérica, lo pierde. El cambio climático amenaza así amplias zonas de la Europa meridional.
Periodos de 20 años
La plataforma ha sido coordinada por Laura Mayoral y Hannes Mueller, del IAE-CSIC y la Barcelona School of Economics, con la participación del CEPR, la oficina de exteriores británica (FCDO) y la iniciativa CEPR-ReCIPE.
CADI —siglas de Climate-Driven Agricultural Decline Index— compara los rendimientos alcanzables bajo el clima de distintos periodos de veinte años. Para cada celda mantiene fijos los cultivos de 2020, de modo que las diferencias reflejan solo el efecto del clima.
Es, además, un escenario deliberadamente sin adaptación: dibuja lo que ocurriría si el campo siguiera haciendo lo mismo en un clima distinto, sin cambiar de cultivo ni de técnica. La cifra real dependerá de la capacidad de cada región para reinventarse.
Cruce de datos históricos
Para fijar una línea de base, la plataforma cruza datos históricos de productividad de la FAO con datos climáticos del programa de observación Copérnico entre 1981-2000 y 2001-2020, y recalcula esos valores hasta 2100 bajo los escenarios del IPCC.
Los datos de partida ya son contundentes. Alrededor del 16% de las tierras de cultivo del mundo —una de cada seis— ha perdido más del 10% de su productividad potencial, un deterioro que ya afecta a la comida de cientos de millones de personas.
Los efectos son muy desiguales: las regiones tropicales son las más castigadas, mientras algunas latitudes altas salen ganando. Pero los investigadores matizan que esas ganancias son enormes en porcentaje y «modestas en calorías absolutas».
Alerta mundial
Hoy vive en zonas que han perdido al menos un 5% de potencial agrícola en torno al 15% de la población mundial. Para 2041-2060, con un calentamiento de 2,1 ºC, esa cifra saltaría al 49% en un escenario de altas emisiones.
El daño se concentra en pocos puntos: solo un 5% de las tierras tropicales suma ya el 35% de todas las pérdidas globales. Y a mediados de siglo, un 25% de los países acumularía entre el 85% y el 90% del total.
La brecha no separa solo a unos países de otros, sino a regiones dentro de un mismo país. Las «tensiones distributivas» —quién gana, quién pierde y quién paga la readaptación— pueden alimentar conflictos incluso puertas adentro, advierten los autores.
Países más vulnerables
El estudio subraya una paradoja que sus mapas refuerzan con el paso de las décadas: los países que menos CO₂ han emitido a lo largo de la historia figuran entre los más vulnerables.
Las estimaciones sirven precisamente para señalar dónde golpeará antes el clima y orientar la adaptación, que exigirá nuevas tecnologías, otros cultivos y, en algunos lugares, mover la producción de sitio.
Pero esa capacidad de adaptarse es muy desigual y deja con menos margen a los pequeños agricultores y a las regiones de bajos ingresos. Saber dónde se perderá más, concluyen los investigadores, es la vía para dirigir recursos y tomar medidas de justicia climática.
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