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Pocos dueños de gatos lo saben: los maullidos no están pensados para otros gatos, sino para comunicarse con los humanos

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Pocas personas se han parado a pensar en lo que realmente significa cada uno de los sonidos que emite su mascota. El maullido forma parte de nuestra convivencia diaria con los gatos y, para muchas personas, se ha convertido casi en un lenguaje propio: un sonido cuando tienen hambre, reclaman caricias, protestan porque no pueden entrar en una habitación o simplemente quieren compañía.

Sin embargo, detrás de estas vocalizaciones existe una forma de comunicación mucho más compleja de lo que puede parecer a simple vista. En este contexto, la intensidad, la duración, el tono e incluso el momento en el que aparece un maullido pueden ofrecer pistas sobre aquello que el animal está tratando de transmitir.

El verdadero significado de los maullidos de los gatos

Normalmente, los gatos empiezan a desarrollar el maullido entre la tercera y la cuarta semana de vida. Aunque utilizan diferentes sonidos para relacionarse con otros felinos, éste juega un papel clave en su comunicación con las personas, sobre todo con quienes conviven habitualmente. Teniendo esto en cuenta, una de las explicaciones más habituales de por qué maúllan los gatos es que buscan llamar la atención o expresar una necesidad. Sin embargo, es fundamental aprender a diferenciar los distintos tipos de maullidos y el significado de cada uno de ellos:

Estrés

Álvarez Bueno, veterinaria especializada en Medicina del Comportamiento, explica para eldiario.es que «cualquier cambio llamativo y mantenido en cómo comen, duermen o se relacionan los gatos con nosotros es una señal de alarma».

Entre las manifestaciones más frecuentes se encuentran la inquietud, los o maullidos continuos, la tendencia a esconderse, una dependencia excesiva de sus cuidadores o la aparición de comportamientos destructivos. También pueden surgir síntomas físicos, como jadeos, temblores, lamidos repetitivos, caída del pelo y dificultades o cambios en el uso del arenero.

Para ayudar al animal, es esencial crear rutinas en aspectos como la alimentación, el juego y los paseos. Por supuesto, es fundamental identificar qué situación concreta está generando el malestar para poder actuar sobre ella. Del mismo modo, es necesario cubrir sus necesidades tanto físicas como mentales. En el caso de los gatos, los rascadores, las zonas elevadas, los juguetes y los espacios destinados a la exploración ayudan a reducir el aburrimiento y la tensión.

Crear dentro de casa un espacio tranquilo en el que el animal pueda refugiarse y sentirse seguro, sin que nadie lo moleste, también puede contribuir a solucionar el problema. «La clave es ofrecer seguridad a través de la rutina y del respeto a sus necesidades: precisan saber, más o menos, qué va a pasar en su día a día», explica la veterinaria.