La difícil tarea de ser mujer en la Corona: la carga que recae sobre Leonor y no sobre Felipe VI
Qué puede hacer un Rey y qué no puede permitirse una Reina en el ejercicio institucional
Este reportaje cuenta con la mirada experta de María José Gómez y Verdú, especialista en protocolo
Por fuera parece un destino de cuento. Por dentro, una arquitectura de obligaciones milimétricas. Ser heredera al trono en España nunca ha sido solo una cuestión de linaje, pero serlo siendo mujer añade capas invisibles de exigencia que la historia, la tradición y la mirada pública se encargan de recordar. La figura de la Princesa Leonor concentra hoy ese peso simbólico: el de una institución milenaria y el de un escrutinio contemporáneo que no conocieron sus antecesores varones.
La especialista en protocolo y etiqueta María José Gómez y Verdú lo resume con claridad: la heredera lo tiene «objetivamente más difícil», aunque no por guerras ni disputas dinásticas como ocurrió con Isabel II, sino por algo mucho más moderno. La presión, explica, es ahora permanente. Cada gesto se analiza, cada palabra se amplifica y cada silencio se interpreta en tiempo real. La dificultad ya no es conquistar el trono, sino sostener su legitimidad simbólica ante una sociedad crítica, plural y permanentemente conectada.

Felipe VI y la Princesa Leonor en la audiencia a premiados de la Universidad de Oviedo en 2023. (Foto: Gtres)
Ocho siglos de reinas… con matices
España presume de una tradición singular en Europa: las mujeres han podido reinar desde hace más de ocho siglos. La primera fue Urraca de Castilla y León, nacida en 1081, considerada la primera mujer en toda Europa que asumió la jefatura del reino por derecho propio. Sin embargo, ese avance temprano convivió siempre con un matiz fundamental: los varones tenían prioridad sucesoria.
Esa preferencia masculina se reforzó en el siglo XVIII cuando Felipe V intentó implantar la Ley Sálica francesa, que excluía totalmente a las mujeres del trono. Las Cortes de Castilla se opusieron, pero el resultado fue una solución intermedia: la Ley Semisálica de 1713, que permitía reinar a una mujer solo si no existía ningún varón en la línea familiar. El mensaje era claro: la mujer podía gobernar, pero solo en ausencia de hombres.




La Princesa Leonor durante la lectura de Don Quijote por el Día del Libro, en Madrid, el 23 de abril de 2020. (Foto: Gtres)
La norma duró 76 años. Carlos IV promovió la Pragmática de 1789 para abolirla, aunque no entró en vigor hasta 1830, ya con Fernando VII. Aquella decisión abriría la puerta al reinado de Isabel II y, con él, a una guerra civil. La historia demuestra, por tanto, que la dificultad femenina en la institución nunca fue solo institucional: también fue política, social y simbólica.
Hoy la Constitución española mantiene la preferencia del varón sobre la mujer en la sucesión, aunque existe consenso político en que debería reformarse. No hay urgencia práctica (la primogénita no tiene hermanos), pero la norma sigue ahí, como un vestigio jurídico de siglos de tradición patriarcal.
“Nunca podrá expresar opiniones políticas”
La disciplina que proyecta la futura Reina no es casualidad ni carácter: es construcción. Gómez y Verdú lo afirma sin rodeos al señalar que su principal fortaleza es «la conciencia del papel que encarna», una lucidez institucional impropia de su edad que se traduce en precisión gestual, control emocional y dominio del tiempo público. La hija mayor de Felipe VI y Letizia, explica, no actúa como alguien que ocupa un lugar privilegiado, sino como quien entiende que representa algo que la trasciende. Esa comprensión precoz es, paradójicamente, su mayor escudo y su mayor carga. Porque, como advierte la analista, esa misma formación que la protege es la que limita su espontaneidad: no es un rasgo personal, sino una consecuencia de una preparación muy estructurada.




Posado de los Reyes de España junto a sus hijas Leonor y Sofía con motivo del 40 cumpleaños de Letizia. (Foto: Gtres)
Nada en la conducta de Leonor es improvisado, y precisamente ahí reside el vértigo de su papel. Su vestimenta, su tono de voz y su postura corporal (recta, contenida, sin gestos expansivos) comunican un mensaje estudiado: continuidad, neutralidad y respeto institucional. «No busca protagonismo personal, sino encarnar una función», explica la especialista. Esa frase resume la paradoja de toda monarquía moderna: cuanto menos visible es la persona, más sólida parece la institución. Pero ese equilibrio exige renuncias. La experta lo deja claro: nunca podrá expresar opiniones políticas, ni mostrar preferencias ideológicas, ni reaccionar emocionalmente ante críticas públicas. Su libertad visible está limitada porque debe representar también a quienes no creen en la institución.
“A un Rey se le tolera más la informalidad”
Según señala la especialista en protocolo, una Reina continúa siendo evaluada con mayor severidad que un Rey en su apariencia, su tono emocional y su vida privada. A ella se le exige elegancia constante, moderación y coherencia sin fisuras, mientras que a un hombre se le tolera mayor informalidad. Por eso, concluye, hay una parte de la Princesa que jamás conoceremos. Su mundo emocional íntimo (sus dudas, miedos o frustraciones) permanecerá protegido porque hacerlo público debilitaría el símbolo. La monarquía necesita misterio para sobrevivir, y en el caso de una mujer, ese misterio es aún más vigilado.




La Reina Letizia y la Princesa Leonor durante la Pascua Militar 2026 en el Palacio Real de Madrid, el 6 de enero. (Foto: Gtres)
A ese margen de error casi inexistente se suma otro factor decisivo: el peso de la herencia femenina dentro de la propia institución. Para Gómez y Verdú, el futuro dependerá en gran medida de su capacidad para integrar dos modelos de Reina que han definido épocas distintas de la monarquía española. De su madre, doña Letizia, debería asumir la disciplina comunicativa, la conciencia mediática y la preparación constante, herramientas indispensables en una era de exposición permanente. De su abuela Sofía, en cambio, conviene heredar la discreción, y el sentido del deber a largo plazo. El desafío, explica, está en equilibrar ambas herencias.
La importancia de ese control quedó patente en episodios aparentemente menores que, sin embargo, adquirieron dimensión simbólica. La escena vivida en la misa de Pascua de 2018 en Palma, interpretada entonces como un desencuentro entre Letizia y Sofía durante una sesión fotográfica, mostró hasta qué punto un gesto mínimo puede transformarse en relato mediático, familiar y político a la vez. Durante días se habló de tensión y de gestos leídos como hostiles, hasta que el paso del tiempo y nuevas apariciones públicas diluyeron aquella interpretación. El episodio confirmó una regla no escrita: no existen los detalles inocentes cuando se pertenece a la Corona, y mucho menos cuando se es mujer dentro de ella.




La Reina Sofía y la princesa Leonor en Marivent. (Foto: Gtres)
Esa misma lógica explica por qué su primer discurso en los Premios Princesa de Asturias fue leído como algo más que una intervención institucional. Mientras el auditorio aplaudía, las miradas cómplices entre Letizia y Sofía parecieron condensar una cadena simbólica de transmisión femenina: la Reina que sostiene, la Reina que enseña y la Reina que deberá reinar. Porque, como advierte la analista, el verdadero riesgo para la heredera no es equivocarse, sino parecer que podría hacerlo. «Nunca debería improvisar en un contexto institucional sensible», subraya. «Un gesto mal calculado, una palabra fuera de lugar o una reacción espontánea pueden interpretarse como falta de neutralidad o de preparación. En su caso, incluso el silencio comunica». Y esa es la paradoja que define su destino: representar a todos implica renunciar a actuar como cualquiera.