Jordi Pujol jr. a una multinacional suiza: «Mi padre está muy contento con vosotros, pero podría estar aún más contento…»
La historia la relata un antiguo miembro del consejo de administración de los laboratorios Ciba-Geiby en Barcelona, ya jubilado, e ilustra a la perfección cómo ha funcionado durante décadas el mecanismo de cobro de mordidas puesto en marcha por varios miembros de la familia Pujol entre los más significados empresarios de Cataluña.
A principios de los años 90, la multinacional suiza llevó a cabo una inversión de 45 millones de euros (7.500 millones de pesetas de la época) para construir sus nuevos laboratorios situados en Barberá del Vallés (Barcelona).
Las instalaciones se pusieron en marcha en junio de 1994, con una plantilla de 200 empleados. Ciba-Geigy centralizó así en Barcelona buena parte de su producción del sur de Europa, con la fabricación de grageas y compridos para distribuirlas a toda Europa.
Cuando todavía se estaban llevando a cabo las obras de construcción de la planta, un miembro del consejo de administración de la firma farmacéutica en Cataluña recibió la llamada de un joven Jordi Pujol Ferrusola, cuyo padre llevaba ya más de diez años en el Palau de la Generalitat.
Una inversión millonaria
«Mi padre está muy contento con vosotros, pero podría estar aún más contento…» Este fue el mensaje transmitido por teléfono por el hijo mayor del entonces presidente de la Generalitat. El consejero de Ciba Geiby no supo muy bien cómo interpretar estas palabras, más allá de la satisfacción que podía crear en Cataluña una inversión tan ambiciosa como la emprendida por su grupo, y despachó la llamada con un par de fórmulas de cortesía.
Cuando el mismo consejero recibió, dos semanas después, una llamada muy similar del hijo mayor de los Pujol, decidió ponerle en contacto con el presidente de la compañía. Y nunca quiso preguntar a cuánto ascendía el acuerdo económico que pudieran haber alcanzado éste y Pujol Ferrusola, que tan interesado se mostraba por la inversión millonaria que la multinacional estaba realizando en Barberá del Vallés.
Cuando las obras de construcción del laboratorio ya estaban prácticamente concluidas, a principios de 1995, el consejero de Ciba-Geigy recibió una tercera llamada de Jordi Pujol junior en los siguientes términos: «Ya sabes que mi padre está muy contento con vosotros, pero podría estar aún más contento para asistir a la inauguración de la planta». De nuevo, el consejero decidió dejar el asunto en manos del presidente de la compañía.
Las instalaciones de Ciba-Geigy se inauguraron el 1 de junio de 1994 y el acto oficial contó, efectivamente, con la presencia del entonces presidente de la Generalitat, Jordi Pujol Soley, quien expresó el orgullo que debían sentir todos los catalanes por el hecho de que una firma internacional tan importante hubieran elegido el municipio de Barcelona para construir una de las plantas más modernas de Europa.
El «jardín japonés» de Marta Ferrusola
Los nuevos laboratorios se ubicaron en un solar industrial de 70.000 metros cuadrados, cuyas instalaciones se embellecieron con un jardín japonés diseñado por Hidroplant, la empresa de jardinería y floristería de Marta Ferrusola, la esposa del presidente Pujol. Pero el antiguo consejero de Ciba-Geigy que relata estos hechos sospecha que el jardín japonés fue solo una pequeñísima parte del peaje que tuvo que pagar su empresa para satisfacer a la familia Pujol.
Y aventura, con cierta ingenuidad, que quizá el entonces presidente de la Generalitat ni siquiera era consciente de que uno de sus hijos utilizaba su nombre para recaudar fondos entre las grandes empresas instaladas en Cataluña.
La Fiscalía Anticorrupción ha podido acreditar ahora que buena parte de la fortuna amasada por la familia Pujol procedía de las comisiones cobradas por las obras de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92.
Pero los miembros del clan no solo cobraban un peaje por las grandes obras públicas ejecutadas o por la implantación de nuevas industrias en Cataluña, sino incluso por la marcha de estas.
Grandes multinacionales como Sharp, Yamaha y Sony habrían pagado a Oriol Pujol y su esposa cifras que alcanzan los 6,9 millones en tres operaciones de «deslocalización» para desmantelar sus instalaciones en Cataluña, a través de un empresario afín, Sergi Alsina. Todo un mecanismo de «extracción» de fondos a las grandes compañías, que ha permitido a la familia Pujol amasar una fortuna millonaria y que sólo ha despertado el interés de la Justicia en los últimos años.
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