Internacional
CRISIS EN ORIENTE MEDIO

Tormenta perfecta: la crisis iraní devuelve a Putin una palanca de presión inesperada

El conflicto iraní ya está agotando reservas críticas de misiles Patriot y otros sistemas antiaéreos que Ucrania necesita

Eslovaquia amenaza con unirse a Hungría para bloquear un vital macrocrédito europeo a Kyiv

La geopolítica mundial atraviesa uno de sus momentos más críticos y volátiles de la década. La reciente escalada militar liderada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha desencadenado un efecto dominó que trasciende las fronteras de Oriente Medio, impactando de lleno en el corazón de Europa y amenazando con desestabilizar por completo el apoyo sostenido a Ucrania. Mientras los focos mediáticos y los recursos financieros y militares se desvían hacia el Golfo Pérsico, Europa se enfrenta a una fragmentación política interna severa y a un renovado dilema energético.

En este contexto de «tormenta perfecta», la pregunta central es ineludible: ¿Qué debe hacer Europa con Ucrania frente a este nuevo orden de prioridades y amenazas?

El shock energético: El renacer de la influencia rusa

Para entender el riesgo que corre Ucrania, primero hay que comprender la magnitud del golpe económico que está sufriendo Europa. El cierre del Estrecho de Ormuz por parte de Irán —ruta por la que transita una quinta parte del petróleo mundial y un volumen crítico de gas natural licuado (GNL)— ha provocado un colapso en las cadenas de suministro. Con Qatar paralizando sus exportaciones, Europa se ha visto forzada a competir desesperadamente con Asia por los cargamentos de GNL estadounidense.

Los resultados son devastadores: en apenas una semana, los precios en el hub europeo TTF se han disparado, saltando de 402 a 674 dólares por cada mil metros cúbicos. Para la industria pesada europea (como Alemania e Italia), este umbral convierte la producción en insostenible.

Es aquí donde el tablero de ajedrez se complica para Kyiv. La Unión Europea había logrado reducir drásticamente su dependencia rusa (pasando de un 40% a un 13% en gas), planificando el corte total de importaciones de GNL ruso para este mismo año. Sin embargo, la crisis iraní le ha devuelto a Vladímir Putin una palanca de presión inesperada. Anticipándose al cierre de puertas europeo, Moscú amenaza ahora con redirigir preventivamente todo su GNL hacia mercados asiáticos. Europa corre el riesgo de quedarse sin luz y sin calor, obligada a elegir entre el colapso industrial o la claudicación diplomática.

Occidente, Oriente y el factor estadounidense

El conflicto en Irán no solo ha roto los mercados, sino también el consenso político europeo, aislando a Estados Unidos de sus aliados tradicionales y afirmando los bloques diferenciados de respuesta que afectan directamente a la cohesión pro-ucraniana:

Líderes que hasta ahora mantenían posturas firmes contra Rusia han empezado a marcar distancias con la operación militar en Irán. El canciller alemán, Friedrich Merz, ha roto su habitual línea más conciliadora con Washington al declarar que el alivio de las sanciones a Rusia es «equivocado». Ha destacado que el conflicto en Oriente Medio solo beneficia a Moscú, al disparar los ingresos energéticos rusos por el alza de precios del petróleo.

Aunque hay un matiz importante: en el fondo, Washington ya había salvado de facto los deals que estaban en curso para los traders. Las sanciones no se aplican a los tankers que ya estaban en camino (licencia temporal de 30 días para petróleo ruso varado en el mar, emitida el 12 de marzo de 2026), por lo que el impacto real es limitado y más simbólico que estructural.

Veremos qué pasa en abril, cuando expire esta medida temporal y se evalúe si se extiende o se endurece la postura europea ante el posible beneficio indirecto para la economía de guerra rusa.

En España, el presidente Pedro Sánchez ha sido más contundente: ha condenado los ataques como una violación flagrante del derecho internacional y ha restringido estrictamente el uso de las bases clave de Rota y Morón, negando apoyo logístico para operaciones ofensivas contra Irán. Esta decisión ha enfurecido a Donald Trump, quien ha amenazado con represalias comerciales y ha calificado a España de «aliado terrible».

Por su parte, el Reino Unido ha adoptado una postura más cautelosa: ha cedido acceso limitado a instalaciones como la base de Akrotiri en Chipre solo para fines defensivos (destrucción de misiles iraníes en origen o protección de aliados). Keir Starmer ha calificado la ofensiva inicial de EE.UU. e Israel como ilegal y ha criticado que Washington carece de un «plan viable y bien pensado» para el posconflicto.

El bloque del Este y el maximalismo anti-ruso

Mientras Europa Occidental se centra en evitar verse arrastrada al conflicto iraní, países como Lituania y Estonia figuran entre los pocos aliados europeos que han ofrecido apoyo incondicional (o casi incondicional) a EE.UU. e Israel: han condenado duramente la respuesta iraní, respaldado abiertamente los strikes como un golpe indirecto a la alianza Irán-Rusia (dado el suministro masivo de drones Shahed a Moscú), y expresado disposición a considerar asistencia logística, uso de territorio para operaciones o incluso envío de tropas si Washington lo solicita formalmente.

Sin embargo, está claro que cuanto más se involucre el mundo (y especialmente EE.UU.) en Oriente Medio, menos atención, dinero y armas llegarán a Ucrania. El conflicto iraní ya está agotando reservas críticas de misiles Patriot y otros sistemas antiaéreos que Ucrania necesita contra los ataques rusos; y la distracción diplomática y militar occidental reduce la presión sobre Rusia para negociar o ceder terreno. Para los bálticos y Polonia, esto genera una paradoja: apoyar firmemente a Washington contra Irán podría, a medio plazo, debilitar el frente ucraniano y exponer más su flanco oriental.

Hungría y Eslovaquia

La crisis ha envalentonado a los actores europeos más afines al Kremlin. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ya ha exigido formalmente a la Comisión Europea que elimine las sanciones energéticas contra Rusia para paliar la crisis de precios. Paralelamente, Eslovaquia amenaza con unirse a Hungría para bloquear un vital macrocrédito europeo a Kyiv de 90.000 millones de euros. ¿El motivo? La negativa de Ucrania a reabrir el tránsito de petróleo ruso a través del oleoducto Druzhba hacia estos dos países.

Esta divergencia interna en Europa —con España y Occidente más cautelosos y reacios a escalar, frente a un bloque oriental más hawkish y pro-EE.UU.— subraya las tensiones crecientes en la OTAN ante una multipolaridad y una escalada que benefician indirectamente a Rusia y fuerzan priorizaciones dolorosas.

La estrategia de supervivencia de Ucrania

Consciente de que la pérdida de atención global puede resultar fatal para su esfuerzo bélico, el gobierno de Volodímir Zelenski ha reaccionado con pragmatismo extremo. Ucrania no quiere —ni puede— permitirse quedar relegada a un conflicto secundario en los presupuestos occidentales.

Por ello, Kyiv ha tendido puentes directamente con Washington e Israel, ofreciendo enviar a sus «mejores especialistas» en defensa antiaérea y tecnología interceptora de drones para contrarrestar los ataques con drones Shahed iraníes en Oriente Medio. Esta maniobra demuestra un acentuado instinto de supervivencia diplomática: al posicionarse como un activo útil en el nuevo teatro de operaciones estadounidense, Zelenski busca evitar que la administración de Trump y el Congreso corten o reduzcan drásticamente el flujo de ayuda a su país.

Trump ha declarado públicamente que EE.UU. «no necesita» ayuda directa de Ucrania en defensa antiaérea (enfatizando que Washington maneja la situación por sí solo). Mientras tanto, Arabia Saudí (y otros países del Golfo) sí están avanzando en acuerdos concretos con Ucrania: se reportan contratos para interceptores y un «enorme acuerdo» en negociación para armas y expertise, precisamente porque los Shahed iraníes han forzado a estos países a quemar reservas caras de misiles Patriot y buscar alternativas low-cost.

Está claro que esta jugada puede tener un doble filo. Cuanto más se involucre el mundo (y especialmente EE.UU.) en Oriente Medio, menos atención, dinero y armas llegarán a Ucrania —el conflicto ya está desviando reservas críticas de sistemas antiaéreos que Kyiv necesita desesperadamente contra Rusia. Además, al alinearse tan abiertamente con la ofensiva de EE.UU. e Israel, Ucrania arriesga alienar a la facción europea más crítica (liderada por España, Francia y en parte Alemania), que condena la guerra en Irán como violación del derecho internacional.

¿Qué podría hacer Europa para navegar esta crisis?

La Unión Europea enfrenta un dilema existencial en marzo de 2026. Ceder a las presiones de Hungría y Eslovaquia por urgencia energética y miedo al invierno que viene destruiría la credibilidad de sus sanciones contra Rusia y entregaría a Putin una victoria estratégica que debilitaría aún más a Ucrania. Mantener una postura inflexible arriesga arrastrar a la economía europea a una recesión severa, financiada por los altos costes del gas y petróleo no rusos, agravados por la guerra en Irán.

Hay que hacerlo con realismo: la situación ha cambiado y ya no abre tantas puertas para mecanismos legales que garanticen el desembolso del paquete de 90.000 millones de euros en préstamos para 2026-2027 (por ejemplo, mediante coaliciones voluntarias de Holanda, Polonia y los bálticos, o el marco de «cooperación reforzada»). Los países están menos motivados que antes: la fatiga de donantes crece, la corrupción persistente en Ucrania genera desconfianza y el contexto global desplaza las prioridades hacia lo interno primero —seguridad, estabilidad y economía propia— antes de sostener al vecino. Apostar todo a Ucrania sin blindar el frente interno (energía, defensa, cohesión) se vuelve insostenible y puede forzar recortes en la ayuda. Mantener la resistencia ucraniana es vital, pero Europa debe equilibrar: priorizar su propia supervivencia para poder seguir apoyando a Kiev a largo plazo.

Bruselas debe ofrecer algo atractivo mutuamente: a cambio del paraguas de seguridad estadounidense en el flanco este, obtener suministros garantizados y prioritarios de GNL a precios pactados y estables. Trump ha mostrado disposición a deals energéticos, pero no cree en Europa como voz única, por lo que las negociaciones bilaterales fragmentadas siguen debilitando la posición europea.

¿Mantener a Ucrania en la agenda estratégica y unificar el mensaje?

Líderes como Kaja Kallas, Ursula von der Leyen y António Costa deben reforzar un discurso coherente: Irán y Ucrania no son tableros desconectados —los mismos drones Shahed iraníes atacan infraestructuras europeas y ucranianas, fruto de la alianza Teherán-Moscú. Los cambios recientes de opiniones ayudan a diluir esta conexión.

La lección de marzo de 2026 es clara: la independencia energética, militar y diplomática es la condición de supervivencia en un mundo multipolar y coherente en bloques. La guerra en el Golfo acelera la diversificación: más GNL de EE.UU. y Qatar, impulso a la nuclear (Polonia y otros avanzan), renovables y electrificación masiva. Europa no confiará ciegamente en Washington ni volverá a la dependencia rusa como antes de la guerra.

En el frente militar, los avances rusos se concentran en Donbás (ganancias limitadas), mientras en Zaporiyia Ucrania frena progresos. El «espíritu de Anchorage» podría tener eco informal, pero renegociar con vecinos solo será viable desde una posición clara y unida.

Europa no puede elegir crisis: ignorar Ucrania por shock energético fortalecería a Rusia a la larga; ayudar sin rumbo no lleva a ningún sitio. La salida pasa por diversificar energía (incluida nuclear), blindar apoyo a Kiev con pragmatismo y recordar que la paz es el objetivo. Europa no está acostumbrada ni preparada para vivir en guerra, y menos con su vecino. De lo contrario, el coste será existencial.