Cinco sentidos y una burbuja perfecta: qué hace única, inimitable e insuperable a la tónica Schweppes
A veces, para entender realmente algo que forma parte de nuestra rutina, hay que detenerse y cambiar la mirada. O, mejor dicho, cambiar los sentidos. Hace unos días asistimos a un taller diferente: no era una cata técnica al uso, sino un juego de percepción guiado por Verónica Cortés, directora de I+D de Suntory Beverage & Food Spain, compañía que fabrica la icónica marca Schweppes, y Borja Cortina, Mixing Master de Schweppes, donde el objetivo no era solo beber una tónica, sino experimentarla a través de los cinco sentidos.
Borja desde el principio nos desafió: «Olvidad todo lo que creéis saber sobre un gin-tonic». A partir de ahí, la barra se convirtió en un laboratorio donde la ciencia de la carbonatación y el arte de la mixología se fusionaron para demostrarnos por qué este líquido, nacido hace más de dos siglos, sigue siendo insuperable.
El oído: primer aviso del frescor
La experiencia comenzó antes incluso de que el líquido tocara el cristal. Verónica Cortés nos pidió taparnos los ojos con un antifaz y prestar atención al “ritual del descorche”. Ese siseo inicial, ese pssh seco y rotundo, no es sólo gas escapando su botella; es la liberación de una energía contenida bajo una presión específica que solo Schweppes maneja. Es el primer aviso de que lo que vamos a degustar tiene “nervio” y una estructura diseñada para durar.
Una vez servida en la copa, el ejercicio continuó acercando el oído al borde del cristal. Escuchar una tónica Schweppes es como escuchar una pequeña orquesta de cámara: las burbujas estallan con una frecuencia constante y rítmica. Cortés nos explicaba que ese sonido más alto y nítido que el de la competencia es el indicador acústico de una carbonatación superior.
Si el sonido es débil o desaparece rápido, la experiencia está muerta; si suena con fuerza, la copa está viva.
La vista: persistencia cristalina
Al abrir los ojos de nuevo, nos fijamos en la arquitectura del líquido. Lo primero que llama la atención es la transparencia absoluta, una nitidez que sólo se consigue con procesos de filtrado y agua de máxima calidad. Pero lo verdaderamente hipnótico es el “rosario”: esas columnas de burbujas que ascienden desde el fondo de la copa de forma incansable.
Borja Cortina entró en escena para mostrarnos cómo, tras diez minutos, Schweppes mantiene el doble de burbujas activas que cualquier otra tónica, algo que pudimos comprobar visualmente al comparar copas en reposo.
Esa persistencia visual no es casualidad. El taller nos enseñó a observar cómo la burbuja interactúa con los hielos y la pared del cristal. Una burbuja de calidad no se agolpa de forma caótica, sino que fluye de manera ordenada, creando una efervescencia que invita a beber.
El tacto: la estructura de la burbuja perfecta
Solemos asociar el tacto a las manos, pero Borja nos llevó a explorar la “textura del gas” en el paladar. Al dar el primer trago, el tacto se manifiesta en la lengua como una vibración física. No es una sensación agresiva ni punzante, sino una caricia efervescente que recorre las papilas.
Además, el tacto juega un papel crucial en la temperatura. La burbuja de Schweppes, al ser más duradera, ayuda a mantener la sensación de frío en la boca durante más tiempo.
Durante el taller, tocamos los ingredientes botánicos y las cortezas de cítricos, pero fue la textura del líquido la que nos sorprendió: una suavidad inicial que rompe en mil pedazos de frescor gracias a una carbonatación que, literalmente, se puede sentir.
El olfato: el secreto de la maceración
Antes de tragar, el aroma. Schweppes no utiliza simplemente “aromatizantes”; utiliza un proceso de maceración interna que es el secreto mejor guardado de la casa –solo cuatro personas en el mundo conocen la fórmula exacta–. Al acercar la nariz, recibimos un golpe cítrico inmediato, pero Cortina nos enseñó a buscar las notas secundarias. Hay un fondo herbáceo y un punto terroso que proviene de la quinina natural, algo que solo se percibe cuando los granos están bien integrados.
Lo fascinante es cómo el gas carbónico actúa como un ascensor para estos aromas. Las burbujas, al estallar en la superficie, proyectan las partículas aromáticas directamente hacia nuestra nariz, creando una cúpula de fragancia sobre la copa. Es un perfume complejo que cambia a medida que la tónica se oxigena, revelando matices de frutas y botánicos que jamás habríamos detectado en una cata rápida. Es un olfato “en movimiento”.
El gusto: equilibrio en dos tiempos
Finalmente, llegamos al sabor, el cual no es lineal; como bien define Verónica Cortés, es un sabor en “dos tiempos”. El primer tiempo es un estallido de frescura cítrica y acidez equilibrada que limpia el paladar y lo prepara para lo que viene. Es un sabor «adulto», complejo, que huye de los excesos de azúcar (la marca ha reducido un 70% el contenido de azúcar en los últimos años) para centrarse en la pureza del ingrediente.
El segundo tiempo es el que marca la diferencia: el amargor elegante de la quinina. Es un final largo, seco y persistente que te envuelve el paladar. Gracias a que la burbuja sigue presente hasta el final de la copa, este equilibrio entre dulce, ácido y amargo no se desvanece.
Pudimos comprobar cómo el sabor evoluciona, permitiendo que afloren todos los matices de la maceración en una experiencia que la marca califica como inimitable e insuperable.
Una mirada nueva a un icono
El taller concluyó con una reflexión: la tónica no es solo un acompañante; es el ingrediente que estructura la copa. Al jugar con los cinco sentidos, entendimos que lo que hace única a Schweppes no es solo su historia bicentenaria, sino la obsesión técnica por una burbuja perfecta y unos aromas que respetan el producto original.
Tras este viaje sensorial, queda claro que Schweppes sigue compitiendo en una liga propia donde la calidad es, sencillamente, innegociable.
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