`
Economía
Opinión

La hambruna de Ormuz

El estrecho de Ormuz es una vía estratégica para el suministro mundial de los fertilizantes, imprescindibles para las cosechas

Llevamos varias semanas hablando del Estrecho de Ormuz como una arteria principal para el suministro de gas (GNL), el gas helio para los semiconductores, el queroseno de aviación y el petróleo. Sin embargo, poco se ha escuchado sobre la importancia de esta vía estratégica para el suministro mundial de los fertilizantes, que son imprescindibles para garantizar unas mejores cosechas en los países más poblados de la tierra.

La disponibilidad de fertilizantes es un pilar de la seguridad alimentaria global, y su colapso por razones geopolíticas puede terminar con décadas de avances en la reducción del hambre en el mundo.

La profunda interdependencia entre la geopolítica energética del Medio Oriente y la estabilidad alimentaria de continentes enteros, de Brasil, India y numerosos países africanos, puede hacer colapsar una agricultura que se ha construido basada en fertilizantes asequibles y abundantes. Estas áreas se enfrentan a un escenario de rendimientos colapsados y de una hambruna potencial si no se produce una diversificación urgente de las fuentes actuales de energía y se desarrollan como alternativas los fertilizantes orgánicos.

Los riesgos incluyen menores cosechas, una inflación alimentaria y una mayor inseguridad alimentaria, especialmente en las poblaciones más pobres.

Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, UNCTAD, aproximadamente un tercio del comercio mundial de fertilizantes transportados por mar, una cantidad de 16 millones de toneladas anuales, pasa por este chokepoint, que también canaliza unos volúmenes significativos de gas natural licuado que es esencial para producir fertilizantes nitrogenados como la urea y el amoníaco. El Golfo representa cerca del 49 % de las exportaciones marítimas de urea.

El tráfico ha desaparecido, con buques paralizados, cancelaciones de seguros y suspensiones de exportaciones desde los productores clave del Golfo Pérsico que son Qatar, Arabia Saudita, Irán y Emiratos Árabes Unidos.

Esta interrupción no solo afecta el flujo de productos terminados, sino también insumos clave como el azufre y el amoníaco, generándose cuellos de botella en la cadena de suministro global y obligando a algunas plantas productoras a reducir o detener sus operaciones.

Ya se ha producido un fuerte aumento de los precios de los fertilizantes, con la urea alcanzando unos máximos inéditos desde el año 2022 con subidas de precios superiores al 40 % en algunos mercados. Se están encareciendo los costes de producción agrícola en todo el mundo, ya que estos productos son vitales para cultivos extensos como el trigo, el maíz, el arroz y la soja.

La escasez actual retrasa las aplicaciones de primavera en el hemisferio norte y reduce los rendimientos esperados para las cosechas del año en curso, lo que está generando un efecto dominó, menor oferta de alimentos y mayores presiones inflacionistas en los precios de los productos básicos de la cesta de la compra.

La dependencia del gas natural para fabricar fertilizantes nitrogenados agrava la crisis, pues las exportaciones de GNL desde la región del Golfo también se han visto muy limitadas. Esta disrupción amenaza la seguridad alimentaria global al elevar los costes energéticos y logísticos, impactando especialmente en las economías más vulnerables con unos presupuestos limitados para los subsidios agrícolas.

El Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, advierten del aumento en la inseguridad alimentaria que va a afectar a decenas de millones de personas, con riesgos ciertos de hambrunas en aquellas regiones dependientes de las importaciones de alimentos. Los países más afectados se encuentran en África subsahariana y el sur de Asia. Algunos de los más afectados son Sudán, Somalia, Tanzania, Mozambique, Kenia, Pakistán, Sri Lanka y Bangladés que destacaban por obtener más de la mitad de sus fertilizantes del Golfo.

India tiene una exposición cercana al 81 % del amoníaco proveniente del Golfo, mientras que Brasil muestra una alta dependencia en urea y fosfatos. India, que acaba de enviar barcos de guerra a la zona del conflicto, es uno de los mayores importadores mundiales, ha visto detenidas sus plantas productoras locales por falta de gas, mientras que Brasil, Tailandia y México se enfrentan a subidas importantes de sus costes que amenazan a su agricultura intensiva.

Los países en desarrollo son los que corren el mayor riesgo de sufrir una crisis humanitaria prolongada. Brasil, uno de los mayores exportadores agrícolas del planeta y líder mundial en producción de soja, maíz y caña de azúcar, importa alrededor del 80 % de los fertilizantes que utiliza en sus vastas extensiones cultivadas siendo el mayor importador mundial de fertilizantes, con unos 49 millones de toneladas en 2025. Su dependencia de los fosfatos, del potasio y del nitrógeno de importación hace que cualquier alza en los precios o interrupción en el suministro tenga un efecto devastador, incrementando el riesgo de inflación alimentaria y de desabastecimiento de productos básicos en las regiones más pobres.

India, con más de 1.400 millones de habitantes y una agricultura dependiente de los subsidios masivos a los fertilizantes para mantener su producción de arroz, trigo y leguminosas, es especialmente vulnerable. El país importa grandes volúmenes de urea y fosfatos, y el encarecimiento global derivado del cierre de Ormuz esta obligando al gobierno a elegir entre recortar los subsidios o enfrentarse a un déficit fiscal insostenible. En un país donde millones de pequeños agricultores viven al borde de la subsistencia, esta crisis podría traducirse en una gran hambruna localizada en estados rurales como Bihar o al súper poblado y dependiente de la agricultura Uttar Pradesh, estado que pude visitar en 2016, con unas migraciones masivas hacia las grandes ciudades lo que puede generar disturbios sociales.

En África, la agricultura es de subsistencia y los cultivos comerciales conviven en economías frágiles y la dependencia de los fertilizantes importados es aún mayor, destacando los problemas en naciones como Nigeria, Etiopía, Kenia o Ghana. Muchos de estos Estados carecen de una capacidad industrial propia y compran el nitrógeno y los fosfatos en el mercado global. Las cosechas de maíz, sorgo y mandioca se ven en peligro, incrementando la ya crónica inseguridad alimentaria en el inestable Sahel y en el Cuerno de África.

La FAO ha advertido que una crisis de esta magnitud en el comercio de fertilizantes duplicará el número de personas en riesgo de hambruna en regiones que ya están afectadas por las sequías y los conflictos bélicos. La cadena de suministro agrícola se está viendo afectada más allá de los fertilizantes, los costes del diésel para la maquinaria, el transporte de las semillas y los pesticidas, así como la refrigeración de los productos perecederos están subiendo de manera exponencial.

En Brasil y la India, donde la logística de la cadena alimentaria depende de las carreteras y de puertos de gran escala, los retrasos y las pérdidas post-cosecha están agravando la escasez. En África, con infraestructuras más precarias, la interrupción es letal, con regiones enteras aisladas de cualquier posible suministro.

La hambruna resultante no sería un evento aislado, sino más bien una crisis multifactorial que afectaría primero a las poblaciones más vulnerables. En Brasil, el aumento de precios de los alimentos básicos podría generar una inflación superior al 20 % anual en los productos de primera necesidad, golpeando a las clases humildes urbanas. En la India, los programas de distribución pública de grano se pueden ver desbordados, y en África, los campamentos de refugiados y las zonas rurales ya castigadas por la pobreza se van a enfrentar a un incremento de las tasas de mortalidad infantil.

En resumen, aunque la crisis es muy reciente y los impactos en los rendimientos y la posible hambruna se materializarían en meses, dependiendo de la duración del cierre y de las reservas existentes, todos los informes coinciden en que Brasil con una alta dependencia de importaciones, India con una exposición crítica a la urea y al GNL y algunas áreas de África donde pequeños incrementos en el precio producen una reducción en el uso de los fertilizantes, son los países particularmente más vulnerables.

Señalar, que en el marco de la geoeconomía estratégica, varios países fuera del Golfo Pérsico tienen disponible una capacidad de producción y exportación de fertilizantes, nitrógeno, fosfatos y potasio, y que podrían suplir, al menos parcialmente, la disrupción causada por el cierre del Estrecho de Ormuz.

Para los fertilizantes nitrogenados, la urea y el amoníaco, los más afectados por el gas del Golfo, destaco que China es el mayor productor mundial de urea con más de 55 millones de toneladas previstas en 2026, un 31 % del total global. Rusia destaca por ser el exportador más resiliente y flexible, produciendo 12 millones de toneladas de urea y ha redirigido envíos urgentes hacia Brasil, India y África, consolidándose como el mayor exportador global de fertilizantes durante el presente año a pesar de las sanciones existentes por la invasión de Ucrania.

Estados Unidos dispone de prácticamente 20 millones de toneladas de urea y es un gran exportador de amoníaco gracias al gas de esquisto. Sus envíos están llegando fácilmente a Brasil y pueden compensar parte de las importaciones perdidas del Golfo. Egipto se posiciona como el suministrador más resiliente del Mediterráneo, exportando urea y amoníaco a Europa, África y Asia sin pasar por Ormuz, y sus precios, libre a bordo o FOB, han ganado mucha competitividad durante el año 2026.

Indonesia ha aprobado licencias para exportar 1,4 millones de toneladas adicionales en 2026, enfocándose en el sudeste asiático y África. Noruega y Países Bajos, también aportan nitrogenados de alta calidad para Europa y los mercados premium.

Para los fosfatos (DAP, MAP, TSP y roca fosfórica), Marruecos es el líder mundial indiscutible y el suministrador más estratégico al no depender de Ormuz y está incrementando sus envíos a África, Brasil y Latinoamérica como una alternativa directa a Arabia Saudita.

Canadá lidera la producción mundial de potasas con 15 millones de toneladas dominando los mercados de América y Europa. Es la alternativa más estable y de mayor volumen para este producto. Rusia y Bielorrusia son los siguientes grandes exportadores y la realidad es que Rusia se está expandiendo con éxito hacia Brasil y la India.

No hay un proveedor único que cubra la totalidad del gran hueco dejado por la Crisis del Golfo, esto es 20 millones de toneladas anuales de urea y derivados, por lo que se requiere la diversificación y la combinación de diferentes proveedores, con nuevos fletes alternativos vía Cabo de Buena Esperanza alargando la logística y la utilización de las rutas terrestres.

Una vez más, la duración del bloqueo del Estrecho de Ormuz determinará si el incremento de la producción de estos nuevos proveedores logrará estabilizar los precios y así evitar las caídas en los rendimientos agrícolas y el impacto de una casi segura hambruna en numerosas áreas de nuestro planeta.

Fames stabilitatem mundi minatur

José Luis Moreno, economista ha sido director de Economía en la Comunidad de Madrid y en el Ayuntamiento de Madrid. Autor de Geoeconomía estratégica con ESIC.