LeBron cierra el círculo con su anillo más preciado
LeBron James completó en la bahía de San Francisco una de las historias más bellas del deporte y que, a buen seguro, Hollywood se encargará de encarnar en la gran pantalla dentro de poco tiempo. El Elegido estuvo a la altura de su apodo y devolvió a la ciudad de Cleveland a lo más alto después de no haber podido celebrar ningún título de una Gran Liga –beisbol, fútbol americano, hockey y baloncesto– en 52 años. El alero lo había prometido en su regreso a casa en 2014 y dos años después cumplió con su palabra. Es su tercer anillo en la NBA, pero a buen seguro el que mejor sabor de boca le ha dejado por el cómo y el dónde.
Las Finales de 2016 entran de lleno en los libros de historia de la NBA. Nunca jamás en 70 años de Liga se había remontado un 3-1 en contra con el título de campeón en juego. Los Warriors del 73-9, la mejor marca de todos los tiempos, dejan con asterisco esa cifra tras dilapidar sus opciones al anillo en un séptimo partido que se lo llevó el equipo más hambriento y el jugador con más instinto asesino.
LeBron lideró las Finales en todos los aspectos fundamentales: 29,7 puntos, 11,3 rebotes, 8,9 asistencias, 2,2 robos y 1,8 tapones. Se llevó el MVP a casa y dejó para el recuerdo jugadas como el tapón a falta de 90 segundos para el final a Andre Iguodala, anterior MVP de las finales, que acabaron por minar la frágil moral de unos Warriors que quisieron jugar a funambulistas y acabaron cayéndose por el precipicio de sus errores. Si es quien vive del triple al final acaba muriendo de él.
A falta de 4:45 fue cuando se le apagó la luz a los Warriors, que ya no volverían a sumar un punto en el resto del choque. El equipo ganaba por 89-85 a unos Cavaliers que parecían agotados en sus ideas. Fue entonces cuando el equipo de Steve Kerr buscó la puntilla con un triple y uno detrás de otro fueron teniendo su oportunidad y fallando cada lanzamiento, mientras LeBron recortaba una y otra vez la distancia hasta poner a los suyos con el empate a 89 a falta de un minuto.
En ese momento, fue su secundario perfecto, Kyrie Irving, quien dijo eso de ‘Aquí estoy yo’. Miró a los ojos a Stephen Curry, totalmente desdibujado por su obsesión por conseguir triples antes que penetraciones fáciles, y le enchufó un triple que sentó como una daga al corazón de los aficionados de los Warriors, que no daban crédito a lo que acontecía.
Golden State no iba a traicionar sus ideales y Curry buscó su réplica en forma de tres puntos que no entró. Los Warriors decidieron defender y el tiempo se consumió con una tremenda falta de Draymond Green a un casi mate de LeBron James, que dejó su mano herida en la caída. El Rey sólo anotó uno y los Warriors aún podían hacer el milagro. Sin embargo, no eran las Finales ni de Curry ni de Thompson. Ninguno pudo anotar ese triple milagroso para terminar el choque con un 6 de 24 en tiros de tres. Terrible.
Nada más acabar el partido LeBron lloró como un niño y se humanizó ante toda norteamérica. «He conseguido mi sueño. Me he dejado el sudor, la sangre, el alma y todo lo demás por conseguir traer este título a mi casa», dijo entre lágrimas. El superhombre había conseguido el anillo más emotivo de su carrera en el escenario más improbable. LeBron, esta vez sí, se ganó hasta a sus detractores con una serie final inolvidable.
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