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Unamuno: «Cada uno es, en realidad, tres: el que uno cree que es, el que los demás creen y el que es de veras»

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

«Cada uno de nosotros es, en realidad, tres: el que uno cree ser, el que los demás creen que es y el que es en verdad». Esta frase de Miguel de Unamuno pertenece a su obra más importante, «Del sentimiento trágico de la vida», publicada en 1912. Un tratado filosófico en el que reflexiona sobre la angustia existencial, la inmortalidad y la identidad humana. En los capítulos dedicados a la personalidad y al yo interior, desarrolla esta paradoja para explicar la fragmentación que atraviesa el ser humano.

Esta reflexión resume la búsqueda que intenta descifrar quiénes somos realmente cuando se disuelven todas las versiones que construimos de nosotros mismos. Un siglo después, esta frase cobra especial relevancia porque el mundo ha evolucionado en esta dirección; no mostramos únicamente quiénes somos o creemos ser, sino que también construimos cómo queremos que los demás nos perciban. El problema es que, cuanto más tiempo invertimos en construir una identidad pública, más fácil resulta confundir el límite entre esa representación y la persona real.

La reflexión de Unamuno sobre la identidad del individuo

Lo interesante de esta reflexión es que casi todos reconocemos de inmediato a qué se refiere. Está la persona que creemos ser: la historia que construimos sobre nosotros mismos, con nuestras intenciones, valores, virtudes y también nuestras justificaciones. Luego está la persona que los demás perciben. Una versión que cambia según el contexto y quien la observe. Para algunos puede ser alguien cercano y afable, para otros distante o incluso difícil de leer, sin que la esencia haya cambiado.

Y finalmente aparece el tercer personaje, el más escurridizo: el que somos en realidad. No coincide del todo con la imagen que tenemos de nosotros mismos ni con la que proyectamos hacia fuera, sino que se sitúa debajo de ambas, más complejo y más difícil de controlar. Unamuno intuía que acceder a ese nivel era lo más difícil de todo, quizá porque implica aceptar que rara vez coincidimos plenamente con la imagen que tenemos de nosotros mismos.

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