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Psicología

Según la psicología, las personas que tratan mejor a los desconocidos que a su propia familia suelen descargar en casa la frustración acumulada

  • Laura Mesonero
  • Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.

Probablemente conozcas a alguien cercano que parece tener dos caras. Una que enseña de puertas para afuera y otra que muestra de puertas para dentro. Como si tuviera dos personalidades y, en función del lugar en el que se encuentra, saliera una u otra.

Son personas que, fuera de los límites de su hogar, se muestran respetuosas, amables, divertidas y encantadoras, una versión que encaja con lo que socialmente se considera más adecuado. Sin embargo, cuando cruzan la puerta de casa, su actitud cambia por completo y se vuelven más tensas, ariscas, bordes o impacientes con quienes tienen más cerca. 

Aunque pueda parecer que este comportamiento se limita a determinados hogares o que responde simplemente a la falsedad de algunas personas, la realidad es más compleja. La psicología ha estudiado los mecanismos que pueden explicar por qué alguien es capaz de mantener la paciencia con un desconocido y perderla con su propia familia por un detalle insignificante.

Por qué algunas personas se comportan de forma diferente dentro y fuera de casa

Cuando estamos en un entorno social, solemos prestar más atención a nuestra manera de hablar, a nuestros gestos y a las reacciones que provocamos en los demás. Queremos causar una buena impresión, evitar conflictos innecesarios y cumplir ciertas normas de educación. Este autocontrol puede llevarnos a mantener la calma incluso cuando estamos cansados, enfadados o tenemos un mal día.

En cambio, cuando llegamos a casa, es posible que bajemos la guardia y dejemos de controlar tanto nuestras reacciones.

El hogar suele ser un espacio en el que sentimos que podemos mostrarnos tal y como estamos, sin necesidad de mantener constantemente una imagen determinada. El problema aparece cuando esa sensación de seguridad se convierte en una excusa para descargar el mal humor sobre la pareja, los hijos, los padres o los hermanos. 

Sentirse cómodo con alguien no debería significar tener menos consideración hacia esa persona. Aunque la confianza permite expresar emociones que quizá ocultamos en otros contextos, no implica que los familiares deban soportar respuestas desagradables, desprecios o enfados desproporcionados.

La frustración acumulada puede acabar afectando a los seres queridos

Hay una diferencia importante entre sentirse desbordado y convertir a los demás en receptores habituales de ese malestar. Una reacción puntual puede estar relacionada con un día complicado, pero si los gritos, las malas contestaciones o la irritabilidad se repiten, conviene analizar qué está ocurriendo y cómo afecta a la convivencia.

Las expectativas también influyen en el trato hacia la familia

Otro elemento que puede intervenir en estas situaciones son las expectativas que depositamos en las personas más cercanas. Con un desconocido, normalmente esperamos poco más que un trato correcto. Sin embargo, con nuestra pareja, nuestros padres o nuestros hijos podemos dar por hecho que comprenderán nuestro estado de ánimo, tolerarán nuestras malas respuestas o sabrán interpretar lo que nos ocurre sin necesidad de explicaciones.

Esta confianza puede hacer que algunas personas se esfuercen menos en cuidar las formas dentro de casa. También puede provocar que reaccionen con más intensidad cuando sienten que un familiar no ha actuado como esperaban.

Por ejemplo, alguien puede responder con una sonrisa a un compañero que le pide un favor a última hora y, minutos después, enfadarse con su pareja por hacerle una petición similar. La diferencia no siempre está en la petición, sino en las emociones, las expectativas y la dinámica que existen en cada relación.

No obstante, dar por sentado el cariño de los seres queridos puede deteriorar los vínculos si lleva a descuidar el respeto cotidiano. La familia no tiene por qué aceptar un trato peor por el simple hecho de existir una relación de confianza.