El proverbio de los agricultores que los altos ejecutivos ponen en práctica todos los días: «Cada cosa a su tiempo, y los nabos en Adviento»
Qué significa el proverbio chino: "Dame un pez y comeré hoy, enséñame a pescar y comeré toda la vida"
"El que mueve una montaña es el que comenzó por retirar las piedras más pequeñas"
Proverbio egipcio del día: "Aunque la mona se vista de seda, mona se queda"
«Cada cosa a su tiempo, y los nabos en Adviento» es un proverbio que suena casi a broma la primera vez que se escucha, sobre todo si quien lo pronuncia acaba de salir de una reunión de resultados trimestrales. Sin embargo, quienes lo repiten en voz baja aseguran que resume, mejor que cualquier informe de consultoría, cómo hay que gestionar el tiempo cuando se dirige un equipo.
El origen de este proverbio está lejos de cualquier escuela de negocios: nace del campo, de generaciones de agricultores que aprendieron a fuerza de cosechas perdidas cuándo convenía sembrar, esperar o recoger. Rescatar ese saber popular y trasladarlo a un despacho no es casualidad, y entender por qué exige mirar primero de dónde viene la frase.
Por qué «cada cosa a su tiempo» es mucho más que un consejo de abuela
Este proverbio forma parte del refranero agrícola español, ese conjunto de frases breves que los campesinos fueron puliendo durante generaciones para condensar en pocas palabras la experiencia acumulada sobre cuándo arar, sembrar o recolectar.
Su primera gran recopilación escrita se atribuye al Marqués de Santillana, que en el siglo XV reunió los dichos que, según explicaba, «dicen las viejas tras el fuego» para dejar constancia de un saber que hasta entonces solo se transmitía de boca en boca.
El nabo, en concreto, era una hortaliza que se recogía en su punto justo durante el Adviento, las semanas de diciembre previas a la Navidad.
Sembrarlo antes o dejarlo más tiempo en la tierra del que tocaba solo servía para malograr la cosecha. De ahí que el refrán use la rima entre «tiempo» y «Adviento» para fijar en la memoria una idea muy concreta: cada tarea tiene un momento en el que rinde de verdad, ni antes ni después.
Trasladado a una empresa, el mensaje no habla de nabos, sino de decisiones: un lanzamiento, una contratación o un cambio de estrategia solo funcionan bien cuando llegan en su momento, por buena que sea la idea de fondo.
¿Cuántas decisiones se toman antes de tiempo por miedo a quedarse atrás?
La cultura empresarial actual premia la velocidad casi por encima de cualquier otra cosa. Lanzar antes que la competencia, contratar antes de tener el puesto bien definido, anunciar un cambio antes de haberlo probado del todo: la prisa se ha convertido casi en una virtud en sí misma, aunque nadie se pare a comprobar si el terreno estaba realmente preparado.
El proverbio de los nabos invita a hacerse una pregunta incómoda: ¿Cuántas de esas prisas nacen de una necesidad real y cuántas nacen, simplemente, del miedo a parecer lento?
El agricultor que siembra el nabo fuera de temporada no gana nada por adelantarse; pierde la cosecha entera. Merece la pena pensar cuántas decisiones de una empresa se toman con esa misma urgencia mal entendida.
Saber esperar también es una forma de trabajar
Esperar el momento adecuado no es lo mismo que no hacer nada. El campesino que aguarda a que llegue el Adviento para recoger sus nabos no se cruza de brazos mientras tanto: prepara la tierra, cuida el resto de cultivos y vigila el tiempo, para que todo esté listo en cuanto llegue el momento justo.
Algo parecido debería ocurrir en cualquier equipo de dirección. Esperar para lanzar un producto, para cerrar una contratación clave o para tomar una decisión importante no significa quedarse parado, sino usar ese tiempo para preparar el terreno: Formar al equipo, ajustar los procesos, escuchar al cliente. La paciencia bien entendida es, en este sentido, preparación.
¿Qué se pierde cuando todo se hace a destiempo?
El coste de ignorar este proverbio rara vez se ve de inmediato. Un nabo sembrado demasiado pronto no muestra ningún problema en las primeras semanas; el desastre llega después, con la primera helada que encuentra la planta sin haber madurado lo suficiente para resistirla.
En una empresa pasa algo parecido. La contratación precipitada que no cuaja a los pocos meses, el lanzamiento apresurado que hay que retirar del mercado, la reorganización que se deshace en cuanto aparece el primer problema serio.
Ninguno de esos fracasos avisa con antelación. Se presentan como la helada de diciembre, cuando ya es demasiado tarde para dar marcha atrás.
Lo último en Curiosidades
-
Antoine de Saint-Exupery, autor de El Principito: «Los niños deben de tener mucha tolerancia con los mayores»
-
La enseñanza de vida de Antonio Machado, poeta español de la generación del 98: «Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar»
-
Arturo Pérez-Reverte: «¿Por qué nadie llama vándalos a los partidos políticos que llenan las paredes con su basura en vísperas de elecciones?»
-
La reflexión de Antonio Machado, poeta sevillano, sobre el amor: «Dicen que el hombre no es hombre mientras que no escucha su nombre de labios de una mujer»
-
Friedrich Nietzsche, pensador alemán: «La forma más segura de corromper a un joven es enseñarle a tener en mayor estima a quienes piensan como él que a quienes piensan diferente»
Últimas noticias
-
Varapalo histórico a Sánchez: el Congreso tumba por primera vez la Cuenta General por sus trampas presupuestarias
-
La hermana de Puente con Bolaños el día que el Supremo le vapulea por el pucherazo que preparaba con la Ley de Nietos
-
Zapatero fracasa en la búsqueda de los certificados de las joyas en Arabia, Emiratos y Qatar y pedirá al juez Calama que los consiga él
-
Pescado de acuicultura: el superalimento sostenible aliado en la vuelta al cole
-
La Federación pasa de Marruecos: «Es un movimiento político, la final la tenemos que hacer nosotros»