Mario Conde (78 años), sobre la crisis de identidad de Europa: «La arquitectura moral del ser humano que hemos fabricado en los últimos años en Occidente es muy detestable»
Mario Conde plantea que los valores que guían al ser humano occidental contemporáneo no son fruto de una evolución natural
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Mario Conde cumplió 78 años en 2025 y sigue siendo una de las figuras más controvertidas y más citadas del panorama intelectual y mediático español. Banquero, escritor, condenado y rehabilitado en los tribunales, el que fuera presidente de Banesto en los años de mayor esplendor de la banca española lleva décadas construyendo un pensamiento sobre el poder, la moral y la decadencia de Occidente que resulta incómodo precisamente porque viene de alguien que vivió desde dentro los mecanismos que critica.
Una de sus reflexiones más recientes lo resume sin rodeos: «La arquitectura moral del ser humano que hemos fabricado en los últimos años en Occidente es muy detestable». Una afirmación que no admite términos medios y que invita a preguntarse qué quiere decir exactamente con arquitectura moral, y si tiene razón.
Qué entiende Mario Conde por arquitectura moral
La expresión que utiliza Mario Conde no es casual. Hablar de arquitectura es hablar de construcción deliberada, de algo que no surge de forma espontánea sino que se diseña, se planifica y se levanta con materiales y criterios concretos. Aplicado a la moral, sugiere que los valores que rigen el comportamiento humano en Occidente no son el resultado de una evolución natural sino de decisiones tomadas por instituciones, medios de comunicación, sistemas educativos y estructuras de poder que han ido configurando un determinado tipo de ser humano.
Ese ser humano, en la visión de Mario Conde, es el producto de una época que ha priorizado el relativismo sobre los principios, la imagen sobre la sustancia, el éxito inmediato sobre el mérito sostenido y la gestión del relato sobre la búsqueda honesta de la verdad. Un individuo que ha aprendido a adaptarse a las reglas del juego sin cuestionarlas, que mide su valor por lo que tiene o por cómo aparece ante los demás, y que ha perdido la capacidad de sostener una posición incómoda cuando el entorno presiona en sentido contrario.
Europa y la pérdida de referentes
La reflexión de Conde se enmarca en un debate más amplio sobre la crisis de identidad europea que lleva años ocupando a filósofos, politólogos y pensadores de muy diversas tradiciones. Europa, argumentan quienes comparten esa preocupación, ha llegado a un punto en el que ya no sabe muy bien qué es ni qué defiende. Ha abandonado los fundamentos que la construyeron, ya sea la tradición cristiana, el humanismo ilustrado o el proyecto político de la posguerra, sin haber encontrado nada sólido que los sustituya.
El resultado es una cultura que tiende a definirse más por lo que rechaza que por lo que afirma, y que ha convertido la gestión del presente en el único horizonte disponible, renunciando tanto a la memoria del pasado como a cualquier proyecto coherente de futuro. Esa orfandad de referentes, para quienes suscriben este diagnóstico, es el caldo de cultivo en el que prospera exactamente el tipo de ser humano que describe Conde: adaptable, funcional, relativista y, en el fondo, moralmente desorientado.
Lo que hace especialmente llamativa esta reflexión es la posición desde la que se pronuncia. Mario Conde no es un filósofo de cátedra ni un intelectual ajeno a los engranajes del poder. Es alguien que ascendió a la cúspide del sistema financiero español, que conoció de primera mano los mecanismos de influencia, corrupción y manipulación que operan en las instituciones, y que fue condenado precisamente por haber participado en las prácticas que ahora critica desde una distancia que él mismo ha contribuido a construir.
Eso no invalida su diagnóstico, pero sí añade una capa de complejidad que resulta difícil ignorar. La arquitectura moral que denuncia no fue construida sólo por otros. Fue también obra de personas como él, que durante décadas jugaron con las reglas de un sistema que ahora describe como detestable.
Un diagnóstico compartido, aunque incómodo
Más allá de la figura de quien lo pronuncia, el fondo de la reflexión de Conde conecta con una inquietud que atraviesa espectros ideológicos muy distintos. Desde pensadores conservadores como Roger Scruton hasta críticos de izquierda como Zygmunt Bauman, pasando por liberales como Michael Sandel, son muchas las voces que han señalado en las últimas décadas el empobrecimiento moral de las sociedades occidentales contemporáneas: la reducción del individuo a consumidor, la desaparición del bien común como categoría relevante, la sustitución de la ética por la estética y del carácter por la marca personal.
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