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John Stuart Mill, filósofo británico del siglo XIX: «La educación consiste en enseñar a los hombres a pensar, no lo que deben pensar»

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

John Stuart Mill fue el flamante artífice de una de las frases más repetidas en la historia de la filosofía sobre lo que implica la importante tarea de educar. La pronunció en pleno siglo XIX, cuando la enseñanza se basaba en la memorización y en la obediencia a la autoridad, sin espacio para el pensamiento propio.

Y como toda postura, tiene que tener un trasfondo que la justifique. La reflexión que abordaremos a continuación tiene raíces muy concretas en la propia biografía de este hombre, en la forma en que él mismo fue educado desde niño y en un episodio que marcó el resto de su vida.

Pensar por uno mismo, la lección de John Stuart Mill tras una infancia sin descanso

La respuesta a por qué John Stuart Mill llegó a esa conclusión está en su propia infancia. Nacido en Londres en 1806, fue educado por su padre, el economista y filósofo James Mill, bajo un método de una exigencia brutal para la época.

A los tres años ya aprendía griego. A los ocho había leído en su idioma original las fábulas de Esopo, la Anábasis de Jenofonte y las Historias de Heródoto, además de varios diálogos de Platón.

A los diez dominaba también el latín, y a los trece se adentró en la lógica y la economía política de la mano de Adam Smith y David Ricardo. Para muchos, esto podría ser hasta admirable, ¿No? Pero vamos, que tampoco hay que romantizar.

¿Y por qué no habría que romantizar semejante caudal de educación? Pues porque James Mill quería demostrar que la educación podía moldear cualquier carácter, y convirtió a su hijo en lo que él mismo describió después como una especie de máquina de razonar. Apenas hubo juegos, apenas hubo infancia.

Esa formación sin fisuras le dio a Mill un conocimiento enciclopédico, pero también le enseñó, a la fuerza, la diferencia entre repetir ideas ajenas y aprender a razonar por cuenta propia. De ahí nace la frase que lo hizo célebre.

¿Qué es lo que podría ocurrir con una mente que nunca descansa, como la de Mill?

A los veinte años, Mill sufrió lo que él mismo llamó una crisis mental. Cayó en un estado de apatía profunda, incapaz de sentir alegría por nada, ni siquiera por las ideas que hasta entonces habían llenado su vida.

La salida no llegó por más lógica, sino por lo contrario: la poesía. La lectura de los versos de William Wordsworth le devolvió la capacidad de sentir, algo que su educación había dejado completamente de lado.

Aquella experiencia cambió su forma de entender el utilitarismo que había heredado de su padre y de Jeremy Bentham. A partir de entonces, defendió que la felicidad humana también depende de la emoción, la cultura y la libertad individual, no solo del cálculo racional.

La otra faceta de John Stuart Mill: su papel como político y reformista

Mill no se quedó solo en la teoría. Trabajó durante más de tres décadas en la Compañía de las Indias Orientales, donde llegó a dirigir la oficina de relaciones con los estados indios, y entre 1865 y 1868 fue diputado en el Parlamento británico.

Desde su escaño defendió la abolición de la esclavitud y, en un gesto adelantado a su tiempo, reclamó el derecho al voto de las mujeres, una postura minoritaria y muy criticada en la Inglaterra victoriana.

En el terreno económico, publicó en 1848 Principios de economía política, un texto de referencia que analizaba los salarios y el valor de los bienes, y que proponía reformas sobre la herencia y la cooperación entre trabajadores.

Una idea incómoda que envejeció más que bien para la era de la información

La obra que mejor resume su filosofía es Sobre la libertad, publicada en 1859. En ella defendió que ninguna sociedad, por bienintencionada que sea, tiene derecho a imponer una única forma de pensar a sus ciudadanos.

Pero Mill no estuvo solo en esa tarea. El filósofo británico reconoció que su esposa, Harriet Taylor Mill, participó tanto en su redacción que la consideraba más suya que de él mismo. Durante siglo y medio, sin embargo, la autoría oficial recayó solo en él.

Ese error se corrigió recién este año: en marzo de 2026 se publicó la primera edición de Sobre la libertad que reconoce oficialmente a Harriet Taylor Mill como coautora, casi 170 años después de que el libro viera la luz.

Habiendo conocido todo el trasfondo, podemos señalar entonces que la reflexión que dejó este ilustrado sobre pensar por uno mismo cobra hoy un sentido distinto.

Y es que actualmente, con la catarata de información que uno recibe con internet y las redes sociales orquestadas por algoritmos ultra personalizados, lo que más hace falta es el criterio para distinguir lo fiable del ruido, algo que él ya intuía al defender la libertad de pensamiento.