Era uno de los oficios más sucios de la posguerra española, pero el país los necesitaba para funcionar correctamente
Este sacrificado oficio de la posguerra española se veía por todo Madrid
El desconocido oficio de la posguerra española que se veía a diario por Madrid
En la posguerra española fue comida de subsistencia: hoy es de lo más humilde
La España de la posguerra era un país sin gas de red, sin calefacción central y sin las infraestructuras energéticas que llegarían décadas después. En la inmensa mayoría de los hogares, el calor venía de la leña y el carbón que ardía en chimeneas, cocinas económicas y braseros. Ese modelo de vida dependía, en buena parte, de que los conductos de humo funcionaran bien.
Sin chimeneas limpias, el riesgo de incendio era constante. El hollín (el residuo negro que deja la combustión) se acumulaba en las paredes internas de los conductos hasta obstruirlos o, en el peor de los casos, hasta provocar un fuego que se propagaba rápido por edificios construidos con materiales poco resistentes. Ante este problema, apareció un oficio que daría la solución.
¿Cuáles eran los oficios más sucios de la posguerra española?
Dos figuras distintas compartían este sucio espacio de trabajo en la posguerra. El deshollinador se encargaba de limpiar el interior de los conductos: el hombre que se manchaba de negro de pies a cabeza para retirar el hollín acumulado con cada temporada de frío.
El fumista, por su parte, era el artesano que instalaba, reparaba y mantenía chimeneas, estufas y cocinas de combustión.
Aunque sus tareas no eran idénticas, ambos eran presencias habituales en los barrios de cualquier ciudad española durante los años cuarenta y cincuenta.
El deshollinador trabajaba principalmente desde los tejados. Subía con una saca de herramientas al hombro (cuerdas, pesos de plomo, cepillos de cerdas metálicas y varillas de madera de distintas longitudes) y desde la boca superior del conducto introducía los útiles hacia abajo, removiendo el hollín hasta que caía al hogar o a una bolsa colocada en la base.
En chimeneas de pequeño calibre, el trabajo se hacía también desde abajo, con cañas largas rematadas en cepillo. El resultado era siempre el mismo: una nube de polvo negro que lo cubría todo.
El fumista, en cambio, era más artesano que limpiador. Conocía el funcionamiento de los sistemas de tiro, sabía detectar grietas en los conductos y reparar obturaciones. En una época en que el carbón de mala calidad y la leña verde eran lo habitual, ajustar una chimenea para que tirara bien sin desperdiciar combustible era una habilidad que se pagaba.
El deshollinador, un oficio que viene desde el norte de Europa
El origen del oficio se rastrea hasta el norte de Italia, desde donde cruzó los Alpes hacia Alemania y Austria. En varios países centroeuropeos, la figura del deshollinador se organizó pronto en gremios y más tarde fue regulada por ley: en Alemania, cada barrio tenía su deshollinador asignado, que recorría la zona con periodicidad obligatoria.
Esta estructura nunca llegó a España con el mismo rigor, pero el oficio existió con fuerza en las ciudades durante todo el período de autarquía.
Buena parte de estos trabajadores procedía de regiones con larga tradición migratoria hacia las capitales. Galicia y Asturias aportaron mano de obra a Madrid y a otras ciudades durante décadas, y los oficios más duros del extrarradio y los servicios domésticos fueron cubiertos, en gran medida, por familias llegadas del norte.
El deshollinador era uno de esos trabajos que nadie elegía como primera opción, pero que muchos acababan ejerciendo por necesidad.
¿Cuál era el precio de trabajar con hollín?
Las condiciones eran duras en todos los sentidos. La exposición continua al hollín (un residuo altamente peligroso tanto por inhalación como por contacto dérmico) tenía consecuencias muy serias a largo plazo.
Los estudios médicos del siglo XIX ya habían identificado una relación directa entre este oficio y ciertos tipos de enfermedades, una de ellas descrita por primera vez en trabajadores de este gremio en Inglaterra en 1775.
En España no existía ningún tipo de protección laboral ni equipo de seguridad para estos trabajadores. Sin mascarillas, sin guantes específicos, sin cobertura médica, los deshollinadores y fumistas enfermaban con frecuencia de afecciones pulmonares crónicas.
Su esperanza de vida era notablemente inferior a la media. Y aun así, el oficio se mantuvo activo porque no limpiar las chimeneas era un riesgo que los propietarios de los edificios no podían asumir.
¿Qué ocurrió con los deshollinadores y fumistas tras la posguerra?
El declive llegó con el cambio energético. El Plan de Estabilización de 1959 y los Planes de Desarrollo de los años sesenta abrieron España a la inversión extranjera y aceleraron la industrialización del país. Con ello llegaron el gas butano, el gasóleo y, más tarde, el gas natural de red.
Las cocinas económicas de carbón fueron sustituidas por hornillas de gas. Las chimeneas dejaron de ser la única fuente de calor y, en muchos pisos nuevos, desaparecieron directamente del diseño.
El hollín ya no se acumulaba al mismo ritmo. Los deshollinadores fueron escaseando en las calles hasta quedar reducidos a una anécdota.
A principios del siglo XXI, apenas cuatro empresas del sector operaban en toda España. Hoy hay más de doscientas, impulsadas en parte por la vuelta a la leña como alternativa económica.
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