Durante la posguerra fue un oficio muy habitual en España, y sobre todo en Madrid: hoy han desaparecido del todo
Este curioso oficio que se veía a diario en todo Madrid durante la posguerra
El insólito oficio que se veía en todas las calles de Madrid en la posguerra
Fue uno de los oficios típicos de Madrid en la posguerra, pero los niños no lo conocen
La posguerra española transformó cruelmente la vida cotidiana. La falta de materias primas, las restricciones comerciales y la autarquía impulsada por el régimen obligaron a aprovechar al máximo los recursos naturales disponibles. En ese contexto, surgieron o se consolidaron profesiones que hoy resultan casi desconocidas, pero que en ese entonces eran imprescindibles.
Uno de los oficios más representativos de la posguerra fue especialmente visible en ciudades como Madrid. Su trabajo estaba ligado al esparto y a otras fibras vegetales, materiales que se convirtieron en la solución más accesible ante la ausencia de alternativas industriales. Durante años, estos trabajadores fueron habituales en calles, mercados y viviendas.
¿Cuál fue el oficio indispensable para los hogares españoles durante la posguerra?
El oficio que nos compete en esta ocasión es el de esterero. Y decir que era indispensable no es en vano: en plena posguerra, cuando la calefacción era un lujo y los suelos de baldosa o cemento resultaban gélidos en invierno, la estera de esparto cumplía una función esencial.
Esta actuaba como aislante térmico y permitía hacer más habitables las estancias. No era un elemento decorativo, sino una necesidad básica.
El esterero se encargaba de todo el proceso relacionado con las esteras. Algunas de sus tareas más comunes eran las siguientes:
- Preparación de la fibra vegetal, principalmente esparto.
- Trenzado de la pleita, una faja elaborada con varios ramales.
- Cosido con hilo de cáñamo para dar forma definitiva a la pieza.
- Venta, ajuste y colocación en las viviendas.
En muchos casos, especialmente en el Madrid de posguerra, el profesional recorría las calles con rollos de estera al hombro o en pequeños carros. Anunciaba su llegada con un pregón característico y ofrecía no solo el producto, sino también su instalación. Medía la habitación, cortaba la estera y la fijaba al suelo con clavos o grapas, ajustándola de pared a pared.
En otoño e invierno, la demanda aumentaba de forma notable. Las familias retiraban las esteras en primavera y las sustituían por otros elementos más ligeros. De este modo, el oficio tenía un marcado carácter estacional.
La economía del esparto en la posguerra
El auge del esterero no puede entenderse sin el contexto económico de la posguerra. La política de autarquía limitó las importaciones y obligó a recurrir a materias primas nacionales. El esparto, abundante en zonas del sureste peninsular, no requería divisas y podía recolectarse con medios sencillos.
La importancia del sector llegó a tal punto que en los años cuarenta y cincuenta se creó el Servicio Nacional del Esparto, un organismo dependiente del Ministerio de Industria, Comercio y Agricultura. Este dato refleja el peso económico de una actividad que iba mucho más allá de las esteras domésticas.
Recordemos que en ese entonces el esparto se empleaba en múltiples productos:
- Persianas enrollables para proteger del sol en verano.
- Capachos utilizados en almazaras para el prensado de la aceituna.
- Serones y alforjas para el transporte agrícola.
- Cinchos para la elaboración de queso.
En el ámbito doméstico también se fabricaban soplillos para avivar el fuego o leñeros para almacenar combustible. En localidades como Aranjuez, la tradición espartera tuvo un papel destacado durante generaciones, con establecimientos que combinaron la producción artesanal y la venta directa hasta bien entrado el siglo XX.
La relación de Madrid con los estereros ambulantes
En grandes ciudades como Madrid, el perfil más visible fue el del esterero ambulante. A diferencia del artesano de taller, que trabajaba en barrios concretos o pueblos, el ambulante recorría distintas zonas ofreciendo sus servicios.
Su presencia era habitual en distritos populares, donde las viviendas carecían de aislamiento y las soluciones industriales eran inaccesibles. La instalación de esteras no solo aportaba confort térmico, sino que también protegía los suelos y facilitaba la limpieza.
En la literatura de la época, autores como Camilo José Cela retrataron a menudo figuras humildes vinculadas a oficios tradicionales. El esterero aparece en ese imaginario como trabajador itinerante, integrado en la vida urbana, respetado por su habilidad manual y por su utilidad práctica.
La profesión exigía destreza en el trenzado y conocimiento del material. El esparto podía trabajarse en crudo o tras un proceso de cocción que lo hacía más manejable. La calidad del acabado dependía de la experiencia acumulada, transmitida de padres a hijos.
¿Por qué desaparecieron los estereros?
A finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, el oficio empezó a perder peso. Tres factores resultaron determinantes:
- Nuevos materiales: la llegada del plástico, el sintasol y las fibras sintéticas ofrecía productos más baratos y fáciles de limpiar.
- Cambios en la construcción: los nuevos bloques incorporaban mejores aislamientos y se popularizaron estufas de gas y eléctricas.
- Éxodo rural: muchos jóvenes abandonaron el aprendizaje del trenzado para incorporarse a la industria en las ciudades, lo que rompió la continuidad generacional.
Así, lo que fue un recurso básico para miles de hogares quedó relegado a la artesanía especializada y al diseño de interiores con materiales naturales. Hoy, las esteras de esparto se asocian más a la decoración o a la sostenibilidad que a la necesidad.
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