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¿Cómo distinguir un diamante natural de uno de laboratorio? Dos expertos responden: «A simple vista es imposible»

Hubo un tiempo en el que el valor de un diamante parecía depender exclusivamente del lugar del que había salido. Cuanto más profunda la mina, más poderosa la historia. Durante décadas, el lujo construyó su relato alrededor de la rareza, la extracción y el tiempo geológico. Hoy, sin embargo, el verdadero lujo ya no se define únicamente por el origen de una piedra, sino por la historia que es capaz de contar. Los diamantes creados en laboratorio han dejado de ser una curiosidad científica para convertirse en uno de los grandes protagonistas de la joyería contemporánea. No porque sean una alternativa al diamante natural, sino porque obligan a replantear una pregunta mucho más interesante: ¿qué hace realmente valiosa una joya?

«A simple vista es imposible distinguir un diamante natural de uno creado en laboratorio»

Así de rotundos se muestran Jose De Eiros, director de arte de Locco, y David Río Ríos, director creativo. «Hay indicios que un profesional puede empezar a valorar con una lupa, pero la confirmación sólo puede realizarse en un laboratorio gemológico mediante equipos específicos». Esta realidad desmonta uno de los prejuicios más extendidos sobre los diamantes de laboratorio. No son imitaciones. Tampoco son equivalentes a una circonita o una moissanita.

«El diamante de laboratorio es el análogo del diamante de mina; poseen la misma composición química, estructura cristalina y propiedades ópticas. La única diferencia es el proceso de formación: uno se crea en la naturaleza y el otro en un entorno controlado»

Es precisamente esa diferencia en el relato, y no en la piedra, la que está cambiando la conversación dentro del sector del lujo. Cada vez importa menos de dónde viene un objeto y más cómo ha sido creado y qué significado tiene para quien lo lleva.

(Foto: @bydavidlocco)

En esa transformación se sitúa Locco, firma española que lleva diez años trabajando exclusivamente con diamantes creados en laboratorio. Lejos del imaginario clásico de la joyería, la marca ha desarrollado un lenguaje propio en el que el proceso creativo adquiere tanta importancia como el resultado final. Su propuesta más singular consiste en crear diamantes a partir del carbono de flores. Antes de convertirlas en piedra, esas mismas flores se utilizan para extraer un perfume, de manera que un mismo elemento da lugar a dos formas distintas de memoria: una efímera y otra eterna.

«Transformar una flor en un diamante es convertir un recuerdo en algo que puede durar para siempre»

La idea resume a la perfección cómo está evolucionando el concepto de lujo: menos ostentación y más significado. Pero, si hay un aspecto sobre el que Jonathan González insiste especialmente, es en desmontar otro de los grandes mitos del diamante: el tamaño no lo es todo. Cuando se habla de las famosas cuatro C, carat (peso), color, claridad y talla, la mayoría de los compradores presta atención al peso o al color. Sin embargo, para un experto, la auténtica protagonista es otra. «La talla es la esencia del diamante. Es la que determina el recorrido de la luz en su interior y cómo se refleja y refracta. Sólo un corte excelente produce el brillo, el fuego y el centelleo ideal», explica.

«Un buen corte siempre ofrecerá un mejor rendimiento óptico que un diamante más grande con una talla deficiente»

La explicación es sencilla: dos diamantes del mismo tamaño pueden parecer completamente distintos dependiendo de cómo hayan sido tallados. Las proporciones y la simetría determinan el comportamiento de la luz y, en consecuencia, la intensidad del brillo que percibe el ojo humano. Por eso, según González, el error más frecuente al comprar un diamante es fijarse primero en los quilates y dejar la talla en un segundo plano. Después de una década trabajando con este material, sigue habiendo algo que continúa sorprendiéndole. «Variaciones prácticamente imperceptibles en la talla o en las proporciones pueden cambiar completamente el comportamiento de la luz», añade.

(Foto: @bydavidlocco)

Los avances tecnológicos también han ampliado enormemente las posibilidades creativas. Hoy es posible controlar con una precisión extraordinaria parámetros como el color o la pureza del diamante, obteniendo desde piedras completamente incoloras hasta tonalidades muy poco frecuentes, como azules, rosas o rojas. Además, la disponibilidad de diamantes de laboratorio permite explorar nuevas tallas, calibres y diseños con una libertad que sería mucho más limitada si dependiera únicamente de piedras extraídas de minas.

Aun así, los prejuicios siguen existiendo: «Lo más habitual es pensar que son imitaciones». Sin embargo, esa percepción cambia rápidamente cuando se comprende que la diferencia no está en el material, sino en el proceso mediante el cual se ha formado. Quizá esa sea la gran revolución silenciosa que vive actualmente la joyería. Durante décadas, el lujo se construyó sobre la idea de la escasez. Hoy empieza a construirse sobre la creatividad, la innovación y la capacidad de generar vínculos emocionales.