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Hay decisiones que parecen insignificantes hasta que el tiempo demuestra que podían haber cambiado una vida por completo. La mañana del 11 de septiembre de 2001, Howard Lutnick, entonces consejero delegado de Cantor Fitzgerald, una de las firmas financieras más importantes de Wall Street, tenía previsto acudir a su oficina en las Torres Gemelas como cualquier otro día. Sin embargo, aquella mañana decidió acompañar a su hijo de cinco años en su primer día de colegio. El pequeño retraso que provocó ese gesto familiar hizo que Lutnick no estuviera en la Torre Norte cuando el vuelo 11 de American Airlines impactó contra el edificio. Él sobrevivió. Su hermano, Gary, no. Tampoco lo hicieron 657 compañeros más de la compañía, convirtiendo a Cantor Fitzgerald en la empresa que sufrió la mayor pérdida de vidas corporativas durante los atentados.
Un primer día de colegio que lo cambió todo
Aquel 11 de septiembre, Howard Lutnick no estaba haciendo nada extraordinario. Su hijo Kyle comenzaba el kindergarten, equivalente al último curso de infantil en Estados Unidos, y Lutnick y su esposa decidieron acompañarlo a la escuela. Según contó posteriormente el propio empresario, ese gesto hizo que llegara tarde a su oficina por unos minutos. Fueron suficientes.
La sede de Cantor Fitzgerald ocupaba los pisos 101 a 105 de la Torre Norte del World Trade Center. A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines impactó contra el edificio. Los empleados que se encontraban en las plantas de Cantor Fitzgerald quedaron atrapados por encima de la zona del impacto y ninguno de ellos sobrevivió. La propia compañía cifra en 658 el número de trabajadores que perdió aquel día, de una plantilla de 960 empleados en Nueva York. Fue la mayor pérdida sufrida por una organización durante los atentados del 11-S.
Lutnick, que todavía no había llegado al edificio, recibió llamadas que se cortaban una y otra vez. Con el tiempo supo que una de ellas procedía de su hermano menor, Gary Lutnick, que tenía 36 años. También murió aquel día su amigo Doug, de 39 años. La tragedia no se limitó, por tanto, a una cifra empresarial: alcanzó directamente a la familia y al círculo más cercano del máximo responsable de la firma.

658 nombres detrás de una cifra
La dimensión de lo ocurrido resulta difícil de comprender si se observa únicamente desde los números. Cantor Fitzgerald perdió a más de dos tercios de su plantilla neoyorquina. En cuestión de minutos desaparecieron departamentos enteros, equipos completos y buena parte de la estructura sobre la que se sostenía el negocio.
Cuando Lutnick llegó a la zona del World Trade Center, comenzó a buscar a sus empleados. Preguntaba a quienes conseguían salir del edificio si sabían algo de las personas que trabajaban en los pisos superiores. Después recorrió hospitales intentando encontrar supervivientes. En los primeros días todavía existía la esperanza de que algunos trabajadores hubieran logrado escapar. Finalmente, esa esperanza desapareció.

La promesa de hacerse cargo de las familias
Dos días después de los atentados, Lutnick apareció en televisión visiblemente afectado. La situación de Cantor Fitzgerald era excepcional: la empresa había perdido a una parte enorme de su plantilla y, al mismo tiempo, cientos de familias acababan de quedarse sin uno de sus principales sustentadores.
En medio de aquel caos, Lutnick asumió un compromiso que terminaría convirtiéndose en una de las principales señas de identidad de la respuesta de Cantor Fitzgerald al 11-S. La compañía destinó el 25% de sus beneficios durante los cinco años posteriores a las familias de los trabajadores fallecidos y asumió además durante una década la cobertura sanitaria de los familiares supervivientes. El compromiso alcanzó aproximadamente los 180 millones de dólares, alrededor de 155.000 millones de euros al cambio.
El fondo creado tras los atentados, el Cantor Fitzgerald Relief Fund, continúa funcionando en la actualidad y amplió posteriormente su misión para apoyar a víctimas de otros desastres, actos terroristas y distintas situaciones de emergencia.
La decisión, sin embargo, no estuvo exenta de polémica. En los días posteriores al ataque, Lutnick decidió dejar de pagar los salarios de los empleados desaparecidos, una medida que provocó la indignación de algunas viudas y familiares. Desde su perspectiva, Cantor Fitzgerald debía sobrevivir para poder cumplir sus compromisos y reconstruir el negocio. Aquella controversia acompañaría durante años a su figura y contribuyó a convertirlo en uno de los personajes más discutidos de Wall Street.

Reconstruir una empresa prácticamente desde las cenizas
El reto de Lutnick no consistía únicamente en gestionar el duelo. También tenía que conseguir que Cantor Fitzgerald volviera a funcionar. La firma había perdido una cantidad extraordinaria de capital humano y buena parte de su estructura en Nueva York.
La reconstrucción comenzó prácticamente desde cero. Mientras los supervivientes intentaban reorganizar el negocio, la compañía se apoyó también en sus oficinas internacionales para mantener las operaciones. El objetivo era evitar que la tragedia terminara destruyendo también la empresa que quedaba.
Con los años, Cantor Fitzgerald no sólo consiguió sobrevivir, sino que volvió a crecer. Lutnick continuó al frente de la compañía durante décadas y convirtió aquella recuperación empresarial en una parte fundamental de su trayectoria. La historia de la firma pasó así de ser la de una de las mayores pérdidas corporativas del 11-S a convertirse también en un relato de reconstrucción.
La memoria de quienes murieron sigue presente en la empresa a través, entre otras iniciativas, de su Charity Day anual, una jornada en la que los empleados y participantes destinan los ingresos generados a organizaciones benéficas. La tradición se ha convertido en una de las formas mediante las que Cantor Fitzgerald mantiene vivos los nombres de los 658 compañeros que no regresaron a casa aquel día.