Ángel Martín desmonta el mito de que el artista torturado es más creativo: «Es mentira, cuanto peor estás, peor trabajas»
El cómico y guionista publica El día que lo fuimos todo, su primera novela de ficción, una historia sobre la memoria, la familia y la manera en que los recuerdos terminan construyendo quiénes creemos ser. Ángel Martín visitó nuestro plató, reflexionó sobre las redes sociales, la pérdida de las conversaciones cara a cara y la necesidad de no convertir el sufrimiento en una condición para crear.
Ángel Martín lleva años encontrando historias en las palabras, los silencios y las contradicciones humanas. Lo ha hecho desde el humor, los monólogos, la televisión y sus libros anteriores, Por si las voces vuelven y Detrás del ruido. Ahora cambia de registro y se estrena en la novela de ficción con El día que lo fuimos todo, una historia que invita a preguntarse cuánto hay de verdad en los recuerdos que conservamos y hasta qué punto nuestra memoria cuenta las cosas tal y como sucedieron.
El protagonista es Abel, un hombre que recibe la noticia de que alguien cercano está a punto de morir y debe decidir si quiere ir a verlo. Finalmente, emprende un viaje en tren que se convierte en mucho más que un desplazamiento. Durante el trayecto, los recuerdos, las situaciones inesperadas y los encuentros van alterando el rumbo de la historia. Martín tenía claro el punto de partida, pero no todo lo que sucedería después. «No tenía nada hilado, no sabía dónde iba en ningún momento», reconoce.
La novela supone un cambio importante respecto a sus anteriores libros. Si en ellos partía de su propia experiencia, aquí se enfrenta al reto de construir una historia que funcione por sí misma. «Con El día que lo fuimos todo pretendo escribir una novela que entretenga a alguien y te tiene que pellizcar en algún momentito», explica. Y añade que, si además consigue que el lector cierre el libro y se quede pensando, el objetivo estará cumplido.
Los recuerdos no siempre cuentan la verdad
Una de las cuestiones que atraviesa la novela es la manera en que reconstruimos nuestro pasado. ¿Recordamos lo que ocurrió o la versión de los hechos que hemos terminado fabricando con el tiempo? Para Ángel Martín, la memoria no es un archivo inalterable. Los recuerdos cambian, se adornan y, en ocasiones, hasta se confunden con los de otras personas.
Lo descubrió de una forma bastante curiosa cuando un amigo le contó como propia una anécdota que, en realidad, le había sucedido a él. «Le dije: Pero si es que esto me ha pasado a mí, te lo conté yo a ti. Y me dijo: Ah, ¿sí?». Su amigo estaba convencido de haber vivido aquella experiencia en primera persona.
A partir de situaciones como esta, el cómico plantea una reflexión sobre la fragilidad de nuestra memoria. «Yo creo que el tiempo distorsiona los recuerdos, pero nosotros los vamos dando por buenos y ya está», afirma. El problema es que, con los años, podemos terminar construyendo una historia personal que no coincide del todo con lo que sucedió.
También influye la importancia que cada uno concede a una experiencia. El cómico recuerda una época en la que viajaba mucho con un amigo para actuar en distintas ciudades. En una ocasión, su compañero se enfadó porque no recordaba una noche en la que habían tenido que compartir habitación de hotel por falta de dinero. Para él había sido una anécdota divertidísima; para él, un episodio que había pasado prácticamente inadvertido.
«Cada uno guarda el momento en base a lo que a él le genere», explica. Una misma experiencia puede quedarse grabada para siempre en una persona y desaparecer casi por completo de la memoria de otra. No todos vivimos las cosas de la misma manera, ni les atribuimos el mismo significado.
La vida que enseñamos en redes sociales
La conversación sobre la memoria conduce inevitablemente a las imágenes que compartimos y a la forma en que contamos nuestra vida. En una época en la que fotografiamos casi todo, cabe preguntarse si terminamos recordando mejor aquello que hemos publicado que lo que realmente hemos vivido.
Ángel Martín distingue entre las fotografías que subimos a las redes y los vídeos en los que contamos nuestras experiencias. «Cuando compartes imágenes, las sensaciones son el barco, el acantilado, la playa, el amanecer feliz con la familia. La foto es eso. Y, sin embargo, cuando el contenido es en vídeo siempre es como: Os voy a contar lo que me ha pasado y lo mal que estoy».
No tiene una respuesta definitiva sobre esta contradicción, pero sí una sospecha: la búsqueda de atención puede influir en la manera en que nos mostramos. Cuando las redes dejan de ser un álbum personal y se convierten en una posible vía para ganar popularidad o construir un negocio, la exposición de la intimidad también adquiere otra dimensión.
«Hay mucha gente que cree que las redes sociales no las utiliza como un álbum de fotos personal para compartir con los suyos, sino como un creo que esto podría ser un negocio a futuro, o creo que podría hacerme famoso o hacerme popular», señala.
En ese proceso, la felicidad y el malestar pueden acabar convertidos en contenidos que se alternan en función de la respuesta que reciben. La vida que enseñamos no siempre es la vida que recordaremos, y lo que contamos de nosotros mismos puede terminar influyendo en la manera en que interpretamos nuestro propio pasado.
Más mensajes, menos conversaciones
Hay otra reflexión de El día que lo fuimos todo que preocupa especialmente al autor: la forma en que nos comunicamos. Martín observa con inquietud cómo las conversaciones presenciales han ido cediendo terreno a los mensajes escritos, incluso cuando se trata de asuntos que merecerían algo más que unas líneas en una pantalla.
«Tengo la sensación de que cada vez nos comunicamos más, hablamos menos, hablamos de cosas todavía menos importantes», afirma.
Para él, escribir un mensaje no equivale a mantener una conversación. En un texto desaparecen los gestos, los silencios, la actitud del otro y buena parte de los matices que permiten entender lo que alguien quiere decir. «Te cargas el 90% de lo que es la comunicación entre dos personas», sostiene.
A eso se suma la interrupción constante que supone el teléfono móvil. Estamos hablando con alguien y una notificación reclama nuestra atención. Interrumpimos la conversación para leer un mensaje que, probablemente, podría esperar. Martín lo resume con un ejemplo cotidiano: dejar de escuchar a la persona que tenemos delante para comprobar que alguien nos ha escrito que por fin ha encontrado aparcamiento.
El resultado es una paradoja: nos contamos tantas cosas por mensajes que, cuando llega el momento de vernos, apenas queda nada nuevo que compartir. «Nos lo contamos todo por mensaje y cuando nos podemos ver ya no tenemos nada de qué hablar. Porque ya te he leído, ya me lo has dicho», explica.
No se trata únicamente de una cuestión tecnológica, sino de lo que perdemos cuando dejamos de dedicar tiempo y atención a los demás. La comunicación también necesita presencia, escucha y espacio para que una conversación pueda desarrollarse sin interrupciones.
No hace falta sufrir para ser creativo
Martín también cuestiona una idea muy extendida en el mundo artístico: que para crear algo interesante hay que atravesar una etapa de sufrimiento. Durante mucho tiempo, reconoce, él mismo estuvo de acuerdo con esa imagen del artista torturado, como si la infelicidad fuese una condición indispensable para escribir o hacer reír.
Ahora lo ve de otra manera. «No hace falta estar torturado», afirma. Y lo explica con una observación tan sencilla como práctica: cuando uno está bien, quizá cueste más imponerse la disciplina de sentarse a trabajar, pero eso no significa que la creatividad desaparezca. «Si estás bien, puedes crear también. Solo ponte un horario. Ya está».
Su manera de abordar los proyectos tiene mucho que ver con esa disposición a probar cosas nuevas, incluso sin saber exactamente cómo saldrán. La novela es un buen ejemplo: aunque llevaba años escribiendo ficción para otros formatos, nunca se había planteado utilizarla para contar una historia larga. Fue después de publicar sus dos primeros libros cuando descubrió que quería explorar ese territorio.
«Me fascina el vértigo de no saber cómo saldrá algo la primera vez que lo haces», confiesa. No parece dispuesto a quedarse quieto en una sola disciplina: «Al final a mí lo que me interesa es la comedia y las palabras. El formato me da lo mismo».
Abel, un personaje con algo de Ángel Martín
Aunque El día que lo fuimos todo es una novela de ficción, el autor reconoce que hay algo de sí mismo en su protagonista. No porque Abel reproduzca su biografía, sino porque Martín necesitaba partir de una base conocida para construir un personaje creíble.
«La forma más sencilla que tengo de escribir siempre es basándome en cosas que yo sienta o que yo piense, o que me hayan pasado o que haya visto que me hayan contado», explica. A partir de ahí, el personaje puede tomar decisiones que él jamás tomaría, vivir situaciones que nunca ha experimentado y desarrollar reflexiones que no necesariamente comparte.
El nombre también tiene su pequeña historia. Ánge quería que su primer protagonista de ficción tuviera un nombre asociado a los primeros hombres, pero descartó Adán porque le parecía poco habitual y Caín porque condicionaba demasiado la imagen del personaje. Abel le permitía mantener esa referencia sin que el nombre resultara extraño dentro de la novela.
No pretendía escribir una versión novelada de sí mismo, sino encontrar un punto de partida desde el que poder contar una historia propia. Y, sobre todo, aprender a hacerlo de otra manera.
Con El día que lo fuimos todo, Ángel Martín se adentra en la ficción sin abandonar las preguntas que atraviesan buena parte de su trabajo: cómo nos relacionamos, qué contamos de nosotros mismos y cuánto de lo que creemos recordar forma parte de una historia que hemos ido modificando con el tiempo. Porque quizá el pasado no sea exactamente lo que ocurrió, sino aquello que hemos conseguido conservar de él.
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