Ciencia
Paleontología

Suena insólito, pero los fósiles lo confirman: la extinción de los dinosaurios provocó el mayor brote de hongos de la historia

  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

El estudio en el que nos vamos a sumergir ahora es obra de Rosanna P. Baker y Arturo Casadevall, investigadores de la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health. Para realizarlo, Baker procesó muestras de roca de la cuenca de Denver, en Colorado, y de dos yacimientos en Dakota del Norte, en la frontera sedimentaria que marca la extinción de los dinosaurios.

La innovación técnica aquí fue decisiva: en lugar de los métodos convencionales con ácidos agresivos (que destruyen las esporas más pequeñas), el equipo usó un procedimiento sin ácidos que permitió conservar y cuantificar microfósiles de diminuto tamaño. Lo que esos microfósiles revelan ha cambiado por completo los conceptos que los científicos tenían.

Los fósiles confirman el mayor brote de hongos de la historia tras la extinción de los dinosaurios

Cuando el asteroide impactó, la Tierra se transformó en un ambiente radicalmente distinto. Sin luz solar, la fotosíntesis se paralizó. Los incendios globales cubrieron el planeta de cenizas. El clima se enfrió.

Lo que quedó fue un escenario oscuro, húmedo y repleto de materia orgánica en descomposición. Se trataba de los cuerpos de millones de organismos que habían muerto en cuestión de días o semanas.

Y esas condiciones son, precisamente, las que los hongos necesitan para prosperar. Casadevall lo describió con una imagen directa: el planeta se convirtió en algo parecido a un sótano.

Y en ese sótano global, los hongos se expandieron como no lo habían hecho nunca. En algunos estratos de las rocas estudiadas, más del 50% de los microfósiles correspondían a hongos, una proporción sin parangón en ningún otro período del registro geológico.

El estudio, publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences bajo la autoría de Baker y Casadevall, confirma además que el brote fue un fenómeno global. Hasta ahora, la evidencia de esta proliferación solo se conocía en yacimientos de Nueva Zelanda. El análisis de rocas norteamericanas la extiende a otro continente.

Lo más insólito de todo: los hongos ya proliferaban 30.000 años antes del asteroide

El descubrimiento más sorprendente del estudio no tiene que ver con lo que ocurrió después del impacto, sino antes. Los investigadores detectaron un primer pico de abundancia fúngica entre 30.000 y 10.000 años antes de que el asteroide golpeara la Tierra.

Ese período coincide con una fase de intensa actividad volcánica en las Trampas del Decán (la actual India occidental), cuyas erupciones enfriaron el clima y comenzaron a estresar los ecosistemas del Cretácico tardío.

«Si preguntas a la mayoría qué mató a los dinosaurios, dirán que fue ese asteroide», declaró Casadevall, «pero nuestros resultados basados en microfósiles fúngicos sugieren que el mundo ya estaba experimentando una catástrofe cuando golpeó el asteroide».

Los hongos funcionan como indicadores biológicos sensibles: cuando el ecosistema se desequilibra, ellos proliferan. El hecho de que ya estuvieran multiplicándose antes del impacto apunta a que la extinción de los dinosaurios fue, probablemente, un golpe doble. Primero el volcanismo, luego el asteroide.

Además de esos dos picos, el estudio identificó un tercer brote de unos 2.000 años de duración en el Paleoceno temprano, unos 10.000 años después del impacto, cuya causa aún no se ha determinado.

Así fue cómo los hongos facilitaron la recuperación de la vida tras la extinción de los dinosaurios

La proliferación masiva de hongos fue también parte de la solución. En un planeta cubierto de millones de toneladas de materia orgánica muerta (árboles caídos, cuerpos de animales, vegetación quemada), los hongos actuaron como el sistema de reciclaje del planeta, descomponiendo esa biomasa y devolviendo nutrientes al suelo.

Sin esa labor, la recuperación de los ecosistemas habría sido mucho más lenta. Los investigadores plantean que la vida moderna podría haber comenzado a reconstruirse, literalmente, sobre una red global de micelio.

Casadevall apuntó también otra dimensión perturbadora y es que los hongos no solo descomponían materia muerta, sino que probablemente también infectaron a supervivientes debilitados, cuyas defensas inmunológicas estaban comprometidas por las condiciones extremas.

La hipótesis del hongo: por qué los mamíferos sobrevivieron mejor que los reptiles

El estudio abre una vía de investigación que vincula el brote fúngico con uno de los grandes enigmas evolutivos de la historia: ¿Por qué los mamíferos prosperaron tras la extinción de los dinosaurios mientras los grandes reptiles desaparecieron? Una respuesta posible tiene que ver con la temperatura corporal.

Los mamíferos son endotermos (generan su propio calor) y mantienen temperaturas corporales más elevadas que los reptiles. Esa diferencia resulta ser una barrera natural contra las infecciones fúngicas, ya que la mayoría de los hongos patógenos no sobrevive bien a temperaturas superiores a los 37 grados.

En un mundo inundado de hongos, los mamíferos tenían una defensa que los reptiles no poseían. El mayor brote fúngico de la historia pudo haber sido, paradójicamente, uno de los factores que inclinaron la balanza evolutiva a favor de los antepasados de todos los mamíferos que hoy habitan el planeta.