Qué significa que tu hijo se ponga tus zapatos, según el psicólogo Javier de Haro: no sólo está jugando
Un psicólogo explica que los niños se ponen los zapatos de papá o mamá por motivos bastante importantes para su desarrollo
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Hay escenas que en una casa con niños se repiten tanto que casi pasan desapercibidas. Una de ellas es esa en la que tu hijo aparece caminando por el pasillo con tus zapatos puestos, intentando mantener el equilibrio mientras arrastra un calzado que le queda tres tallas más grande. A veces lo hace riéndose. Otras, imitandote y además de una forma seria. Y lo cierto es que es importante que haga eso, ya que aunque a primera vista sólo parezca un juego simpático, este gesto dice mucho sobre cómo se desarrollan los más pequeños entre los dos y los cinco años.
El psicólogo Javier de Haro, que comparte en redes sociales vídeos sobre crianza y educación, dedica uno de sus capítulos a explicar por qué tantos niños pasan por esta fase y a muchos les sorprenderá lo que explica ya que deja claro que no es un comportamiento casual. Forma parte de un momento evolutivo muy concreto en el que el niño empieza a mirar a los adultos de otra manera. Les observa más, les copia casi sin darse cuenta y utiliza esos momentos de juego para entender cómo funciona el mundo que tiene delante. El experto resume esta etapa como una mezcla de curiosidad, exploración y necesidad de imitar. Los niños quieren saber cómo se mueven los adultos, qué hacen con los objetos que consideran importantes y cómo se organizan los roles dentro de la familia. Así, lo que para un adulto es un simple gesto, probarse unos zapatos que no son suyos, para ellos es casi un experimento emocional y social con consecuencias en su identidad futura.
Qué significa que tu hijo se ponga tus zapatos, según el psicólogo Javier de Haro
Cuando un niño decide ponerse los zapatos de mamá o de papá no busca únicamente un juego divertido. Hay algo más profundo que se activa en su cabeza. «Durante estos años, los niños empiezan a verse a sí mismos como personas que también pueden ocupar otros roles», explica De Haro. Y ese pequeño cambio es importante ya que deja de observar al adulto como alguien lejano para empezar a imaginar cómo sería convertirse en alguien mayor, algo que conecta con el hecho de comenzar a desarrollar su propia identidad.
Ese «hacer como si…» es además la base del juego simbólico. A través de este tipo de representaciones, los niños prueban diferentes identidades, ensayan comportamientos y exploran emociones que todavía no saben nombrar.
Así el simple acto de calzarse unos zapatos puede convertirse en un ensayo sobre cómo se mueven los adultos, cómo ocupan su espacio, cómo toman decisiones o cómo actúan en situaciones que el niño ve cada día. Es un entrenamiento que, sin que nadie lo dirija, le prepara para comprender mejor la dinámica familiar.
Una forma de sentirse más cerca de los padres
Además de lo simbólico, hay un componente emocional evidente. Para muchos niños, usar algo que pertenece a sus padres tiene un efecto inmediato: les hace sentir cerca de ellos. «Es una manera de formar parte de su universo», explica el psicólogo.
Esa sensación de pertenencia refuerza el apego, una pieza clave en los primeros años. Los niños buscan constantemente señales que les indiquen que están conectados con sus figuras de referencia. Y compartir objetos que son de sus padres, les da una especie de permiso para imaginarse dentro del mundo de los mayores. Ese vínculo emocional, aunque parezca un detalle sin importancia, aporta seguridad. Y un niño seguro explora mejor, se atreve más y desarrolla con mayor solidez su autonomía.
Imitación como una forma de empatía
De Haro insiste en otro punto interesante. Este gesto también tiene que ver con aprender a mirar desde los ojos de otra persona. Imitar a los adultos (cómo caminan, cómo hablan o qué objetos usan) es una forma temprana de construir empatía. En cierto modo, el niño está practicando cómo sería ocupar el lugar de otro, sentir como siente otro y comportarse como ese otro. No piensa todo esto conscientemente, claro. Pero su cerebro sí está haciendo ese trabajo, pieza a pieza, mientras juega. Por eso este tipo de imitaciones son tan frecuentes y tan valiosas: preparan el terreno para comprender normas sociales, emociones ajenas y dinámicas familiares.
Por qué no conviene cortar este tipo de juego
Ante esta escena, muchos padres tienden a retirar los zapatos por miedo a que el niño se caiga o por pensar que es una travesura sin más. De Haro anima a observarlo de otra manera. «Cuando veas a tu hijo caminando torpemente con tus zapatos gigantes, no se los quites», comenta. No porque los zapatos sean importantes, sino porque ese instante lo es.
En ese paseo torpe está practicando autonomía, construyendo identidad, reforzando vínculos y aprendiendo a mirar el mundo con los ojos de otra persona. Puede que para ti sea parte de su juego, pero es también un paso más en su desarrollo emocional, social y simbólico. Un gesto cotidiano que, sin que lo pensemos demasiado, contiene una parte valiosa de su crecimiento.