Sílvia Pérez Cruz, elevada a los altares por un público ya entregado sin más
Para gran parte del público, la inmersión de la cantante es una entrega genuina, mientras para otros su teatralidad y extrema intensidad rozan el exceso
Mujer laureada y de larga trayectoria, bendecida con una voz de extremada proximidad, camaleónica, de atractivo fraseo libre y gran capacidad para la fusión de géneros como el jazz, el flamenco, el fado y la canción de autor y especialmente a gusto con la samba, el bolero y la música mediterránea.
Es, en cierto sentido, la reencarnación de los cantautores en la España de los 60 y 70, con quienes comparte espíritu poético y compromiso social, aunque va más allá gracias a su capacidad de comunicar a través de voz tan singular la suya, que alguien —no recuerdo su nombre— describe con acierto al señalar «ese tonillo que tiene, que te aloja un pajarillo en el pecho, como un abrazo que remueve». Así es a grandes rasgos Sílvia Pérez Cruz, hija de músico y de poetisa, y que ha mamado desde la cuna la geometría de su arte.
El domingo 17 de mayo era el turno del Auditórium de Palma en la agenda de su gira 2026, iniciada el 9 de marzo en el Olympia de París y cuyo eje es la presentación de su nuevo álbum Oral Abisal, que su entorno define así: «Mezcla de sonidos que transitan entre la calidez de una boca y la frialdad del abismo», aunque Sílvia Pérez Cruz resulta más precisa: «Un cambio de estado», describiendo Oral, la raíz, el hogar; mientras Abisal representa el agua, lo onírico. Un manto de misticismo envolviendo el presente.
Aquí entramos en la primera impresión, observando cómo respiraba la sala magna con todas las entradas vendidas: elevada a los altares por un público ya entregado de antemano. Esa es la insistente sensación que me llegaba. Y como conclusión, esa delgada línea entre una emoción auténtica y un cierto misticismo impostado. Algo que depende de la perspectiva del espectador.
Para gran parte del público, puede que todo él, la inmersión de Sílvia Pérez Cruz es una entrega genuina, mientras para otros su teatralidad y extrema intensidad rozan el exceso. Lo cierto es que en directo fuerza su fraseo hasta el extremo de ser conveniente llegarse al teatro conociendo sus canciones o, de lo contrario, perderte buena parte de su contenido. Se recrea y se recrea, tal vez consciente de ser una de sus principales bazas, su seña de identidad.
La otra es, como ya se ha dicho, su extremada proximidad con el público, lo que en ocasiones puede resultar cansino, aunque la mayoría del tiempo bien le sirve para alimentar su condición de icono porque así lo ha querido parte de sus incondicionales, si no todos, y me atrevería a aventurar que en gran medida de izquierdas, lo que me regresa a ver en Silvia Pérez Cruz versión siglo XXI de los cantautores de los años 60 y 70 del siglo XX: cambiando la llamada directa a la resistencia por construir un ambiente de calidez que invita a leer entre líneas, con espaciadas referencias directas, como cuando se refirió a los «cretinos gobernantes» en clara referencia a la derecha y ser explícita al finalizar el concierto con Gallo rojo, gallo negro, remake a lo posmoderno de Los dos gallos, la canción de 1963 compuesta por Chicho Sánchez Ferlosio como himno de resistencia antifranquista y ahora, puesta en su voz, y cito, «un lamento íntimo, desgarrador, profundamente emotivo en la voz de Sílvia Pérez Cruz». De eso va la extremada calidez.
El concierto comenzó entre penumbras, acompañándose ella a la guitarra y secundada por un exquisito trío de cuerdas: Carlos Monfort (violín), Marta Roma (violonchelo) y Bori Albero (contrabajo). En la segunda parte llegó la luz y con ella el alboroto gracias a un sexteto de viento-metal, un trío de cuerdas adicional y un coro femenino que pasaba por allí. Fue el capítulo manierista de la velada, porque, en efecto, coexistían algo de sofisticación y artificio, bañándose todo ello en un expresionismo subjetivo. Y durante todo el concierto, un clima de euforia, de aplauso incondicional.
Un directo característico de Sílvia Pérez Cruz, solo que esta vez teniendo a Mallorca en su corazón; de hecho, la segunda parte fue un reconocimiento a sus contactos en la isla, y me permitiré elegir de todo el repertorio la cita a Federico García Lorca a través del Pequeño vals vienés, con tono onírico bien rociado de melancolía, inspirada ella en la versión de Morente, aunque la melodía siempre me guiaba hacia Take this waltz de Leonard Cohen.
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