El drama invisible de Julián: una desaparición que estremece a Palma
Fue visto por última vez el pasado miércoles tras realizar varios reintegros en un cajero automático del centro de la ciudad
La incertidumbre y el temor crecen con el paso de las horas en Palma. Desde el pasado miércoles a las 12:50 del mediodía, no se tienen noticias de Julián Sáez Espigares, un hombre de 60 años al que se le perdió el rastro de forma repentina tras realizar varios reintegros en un cajero automático del centro de la ciudad.
Desde ese preciso momento, su rastro se desvaneció como si la tierra se lo hubiera tragado. Su teléfono móvil dejó de dar señal, no ha vuelto a aparecer por las ubicaciones que frecuentaba habitualmente y ninguna persona de su entorno ha podido aportar pistas sobre su paradero. La Policía Nacional mantiene abierta la investigación y ha activado los protocolos de búsqueda, mientras la familia vive horas de auténtica desesperación.
Julián es una persona vulnerable. Tiene reconocida una discapacidad del 70%, toma medicación de manera regular y necesita supervisión. Mide 1,91 metros de estatura y, en el momento de su desaparición, vestía pantalón negro de chándal, zapatillas blancas, una sudadera de tono verdoso y dos chaquetas: una verde y otra azul con detalles rojos.
Su historia está marcada por una vida compleja, pero también por una profunda necesidad de libertad. Desde hace un tiempo, Julián había decidido —de forma totalmente voluntaria— vivir en la calle. Dormía en un portal de una calle peatonal cercana al Corte Inglés de Avenidas, en Palma, un lugar que había convertido en su refugio nocturno. Un gesto que su familia jamás compartió, pero que respetó.
“A pesar de todo, nunca lo abandonamos”, explica una sobrina con la voz entrecortada. “Hablábamos con él todos los días. Lo recogíamos, lo llevábamos a casa para que se duchara, le dábamos comida, le comprábamos ropa de abrigo… Estuvimos con él hasta el último momento. Y ahora no sabemos absolutamente nada. El miércoles hizo cuatro reintegros de 20 euros y, desde entonces, todo es silencio. El móvil está apagado, no aparece por los lugares donde solía estar. Es como si se lo hubiera tragado la tierra”.
La desaparición ha despertado una enorme preocupación en su entorno, que teme que Julián pueda estar desorientado, sin acceso a su medicación o en una situación de peligro. Su fragilidad, unida a las bajas temperaturas y a su condición de persona sin hogar, hace que cada minuto que pasa sea crucial.
La familia ruega máxima colaboración ciudadana. Pide a cualquier persona que pueda haberlo visto que contacte de inmediato con la Policía Nacional o servicios de emergencia. Un pequeño detalle, una ubicación aproximada, una imagen en la distancia… cualquier dato puede marcar la diferencia entre la esperanza y la tragedia.
Asimismo, solicitan respeto absoluto hacia su figura, recordando que Julián es una persona enferma y vulnerable que, pese a su difícil situación, tomó la decisión personal de vivir en la calle en busca de la libertad que tanto anhelaba.
Hoy, esa libertad se ha transformado en silencio, en ausencia, en una angustia que asfixia a quienes lo quieren y lo esperan con los brazos abiertos.
Cada mirada cuenta. Cada mensaje ayuda. Cada difusión puede salvar una vida.
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