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La psicología dice que las personas que agradecen que un coche les ceda el paso no lo hacen por amabilidad: reflejan un menor estrés que el resto

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

En el imaginario colectivo, quienes dan las gracias son más educados, más corteses, mejor criados. Uno inmediatamente asimila estas actitudes a la amabilidad. Esta es una conclusión intuitiva, pero que la psicología social parece no terminar de sostener. La diferencia entre quienes agradecen y quienes no lo hacen no está en sus valores, sino en su estado interno.

Varias investigaciones sobre conducta prosocial y gratitud apuntan a que el gesto de reconocer pequeños favores cotidianos no se limita a ser un acto voluntario de urbanidad. Es, en cambio, un síntoma. Una señal de que algo en el sistema nervioso de esa persona funciona de una manera específica.

Los gestos de agradecimiento no salen de la amabilidad: ¿De qué vienen realmente?

Te dejan pasar en medio del tumulto de una calle transitada. ¿Te pones a pensar si agradecer o no? Quienes lo hacen, no calculan fríamente si es lo correcto hacer. Lo hacen porque en ese momento su sistema nervioso tiene capacidad para registrar lo que ocurre a su alrededor y responder socialmente.

Eso implica una cosa concreta: que no está bajo una carga de estrés que consuma toda su atención.

El estrés crónico activa el sistema nervioso simpático, el responsable de la respuesta de alerta o huida. En ese estado, el cerebro filtra el entorno de forma selectiva. Este prioriza las amenazas y descarta los estímulos sociales secundarios. Un coche que frena, en ese contexto, pasa inadvertido como acto de cortesía. Solo queda como un obstáculo resuelto.

Quien tiene un nivel basal de estrés más bajo activa con mayor facilidad el sistema nervioso parasimpático, el que regula la calma y el vínculo social. En ese estado, los gestos de agradecimiento emergen de forma natural, sin cálculo.

¿Ahora se entiende por qué no se trata de una amabilidad consciente? Podríamos señalar entonces que se trata de una expresión espontánea de disponibilidad emocional.

La ciencia de la gratitud y el estrés: lo que muestran los estudios

Una de las investigaciones más citadas en psicología positiva sobre esta relación es la de Robert Emmons y Michael McCullough, de la Universidad de California, publicada en 2003 en el Journal of Personality and Social Psychology.

Su estudio dividió a los participantes en tres grupos: unos registraron cosas que les habían irritado durante la semana, otros anotaron eventos neutros y un tercer grupo apuntó aquello por lo que se sentían agradecidos.

El grupo que practicó la gratitud reportó menos síntomas físicos, mayor bienestar general y un nivel de optimismo más elevado. El hallazgo más concreto fue que quienes se mostraban agradecidos de forma habitual desarrollaban mayor resistencia al estrés percibido.

Cinco años antes, en 1998, un equipo liderado por Rollin McCraty en el Instituto HeartMath midió los niveles de cortisol en 45 personas entrenadas para cultivar emociones de gratitud y apreciación. Cuatro semanas después de la intervención, el grupo registró una reducción media del 23% en el cortisol, la hormona que el organismo produce en situaciones de estrés.

El vínculo, en ambos casos, no es unidireccional. No se trata solo de que quienes tienen menos estrés tiendan a ser más agradecidos: también ocurre al revés. Practicar la gratitud, aunque sea en gestos tan pequeños como levantar la mano al cruzar, regula activamente el sistema nervioso y reduce la carga de cortisol a lo largo del tiempo.

No son más amables: procesan el entorno con más atención y menos estrés

La distinción es importante porque cambia el diagnóstico. Si la clave fuera la amabilidad, el remedio sería una educación más estricta o normas de urbanidad más exigentes. Pero si lo que diferencia a estos peatones es su nivel de estrés basal, el análisis apunta en otra dirección.

Especialistas en psicología del comportamiento describen a estas personas con un perfil consistente. ¿Cómo es esto? Pues, gozan de una mayor empatía, mayor atención plena e inteligencia emocional más desarrollada.

Ninguno de esos rasgos equivale a ser más cortés por convicción. Indican, más bien, que la persona tiene menor saturación cognitiva. Esto es que procesa más de lo que ocurre a su alrededor porque no destina todos sus recursos mentales a gestionar la tensión acumulada.