Zapatero, culpable
Incluso a pesar de mi escrupuloso respeto a la presunción de inocencia, es evidente que Zapatero es culpable. Cuando fue imputado el pasado 19 de mayo, proclamó solemnemente en un vídeo que era inocente. Palabra de ex presidente, pensé.
Personalmente, me llamó la atención que en 1,21 minutos utilizó la palabra «reafirmo» hasta tres veces para rechazar las acusaciones. Y el adverbio «jamás», uno de los más contundentes en la materia, dos.
También la coletilla final. Anunció que «atenderé en los próximos días a los medios de comunicación». Todavía estamos esperando. Nada de ello se ha cumplido. Seguramente aconsejado por su abogado. Han pasado desde entonces 51 días. Tiempo suficiente para dar explicaciones. O, como mínimo, intentarlo.
De hecho, toda su estrategia de defensa persigue más invalidar las pruebas que negarlas. Es decir, que deben ser ciertas. Aquello de que quien calla, otorga. Ni siquiera ha tenido el detalle de desmentir los indicios, anunciar querellas para los que publicaran informaciones supuestamente falsas o soltar aquella frase habitual en estos casos de «mis abogados estudiarán medidas legales». Bla, bla, bla.
Cuando en el ejercicio del periodismo me advertían siempre con esta cantinela, sabía que iban de farol. A mí me han llegado a amenazar con querellas hasta dos directores de TV3 de los que piadosamente voy a omitir los nombres porque son árboles caídos. Como el proceso. Bueno, uno era entonces director del diario Avui, que ya ni siquiera existe. O, mejor dicho, fue absorbido por El Punt.
Con el caso Zapatero –del que las joyas son solo una ramificación– cae, pues, un mito. El de la ceja, el Bambi, el de la sonrisa permanente. No solo es todo un ex presidente del Gobierno, como decía al principio, sino también el ex líder del PSOE. Me atrevería a decir que el faro, la lucecita, el referente moral. Sin Zapatero no habría habido Sánchez.
Por eso, lo que más me ha sorprendido, es el silencio del PSOE ante semejante aluvión de evidencias. El cerrar filas. Nadie le ha pedido explicaciones. Eso de tener joyas valoradas en más de un millón de euros en una caja fuerte es lo más normal del mundo. Ya saben: «Ser socialista es tener poco y dar mucho», se atrevió a decir en un mitin.
Pedro Sánchez se apresuró a expresar, por su parte, el «respaldo, la empatía y el apoyo del PSOE» en cuanto surgió el escándalo. Porque un escándalo es seguro. «Confiamos en su inocencia», añadió el sucesor. Ni siquiera cuestionó las baratijas. «Cuando uno viaja, recibe regalos», se atrevió a decir. Mientras que Salvador Illa, antes del último comité federal, también sacó pecho: «Venimos a decir que no tenemos miedo de nada, ni nos hacen callar ni nos doblan». Cero autocrítica. No pasarán.
Sospecho que el mirar hacia otro lado se extiende no solo al resto de dirigentes de la formación —al fin y al cabo, incluso la gerente está imputada—, sino también a sus votantes y simpatizantes. El otro día me encontré a dos charos en mi muro de Facebook. Una se quejaba de que solo hablaba, en un vídeo en mi canal de YouTube, de José Luis Rodríguez Zapatero cuando «hay muchos juicios del PP y familiares». La otra me preguntó si realmente me creía «todo este montaje». En su opinión, era una operación de acoso y derribo. España quizás no tiene solución. Pero el PSOE, desde luego, menos.
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