El último supremacista catalán
Si ustedes quieren saber lo que es un supremacista catalán, les recomiendo encarecidamente que pasen por el perfil de X de un tal Jordi Mas Font.
Creo que, en este caso, confluyen dos complejos de superioridad: uno, el indepe. El otro, ser de izquierdas. Aunque sólo se define como «socialdemócrata».
No sé si es su caso, pero tras la caída del Muro de Berlín (1989), es muy difícil definirse como «comunista». De hecho, los que todavía lo son prefieren presentarse como «antisistema» o «antifascista».
Tuve suerte porque, durante el largo fin de semana, estuve jugando al ping-pong. Que conste, sin embargo, que empezó él. Se me ocurrió hacer un post en X sobre los gritos racistas durante el España-Egipto en Cornellá.
Absolutamente execrables. Pero que revelan el estado de ánimo de una parte de la ciudadanía. El último ejemplo es el intento de robo a plena luz del día de una familia con bebé en Barcelona del que ha dado buena cuenta OK Diario.
El tuit simplemente decía que «la gente está hasta el moño». El citado Jordi Mas Font no desaprovechó la ocasión: «Esto es lo que representa la mayoría de españoles que viven en Cataluña: ignorancia, garrulismo, fascismo y racismo».
«Sí, aquí somos más de fair play», repliqué con una imagen de una pintada de «Puta Espanya» -ya me perdonarán ustedes- de las que han jalonado el paisaje catalán durante los años del proceso.
Pillado a contrapié, volvió a la carga: «Pero no somos de utilizar proclamas fascistas/xenófobas». Me lo volvió a poner a huevo y le colgué, en este caso, otras imágenes con el citado lema.
Tampoco se dio por vencido y entonces aseguró que «una persona normal no puede estar de acuerdo con estos inmigrantes españoles». Repliqué con fotografías de frikis que han proliferado durante el procés: gente enfundada en monos amarillos, con cucuruchos en la cabeza, uniformes de presidiario, desnudos en performances independentistas o con caretas con la imagen de Puigdemont.
Hay un diputado de Junts que, todo hay que decirlo, hasta la puso en el asiento al lado del conductor de su coche. Como si llevara al expresidente de copiloto. Y, lo mejor de todo, es que hasta lo colgó en las redes.
En fin, al cabo de un rato me cansé de jugar. Igual que el scalextric, que, después de media hora, ya te sabías todas las curvas. Especialmente si el circuito era pequeño. Yo no pasé nunca del que tenía forma de ocho.
Lo dejé insultando a otros usuarios de esta red social. Y creo que allí sigue. Lo más divertido es que hasta tiene una novela publicada… ¡en castellano! Entonces alegó que la editorial había elegido el idioma, pero que habla «ocho idiomas» y que no tiene «ningún tipo de problema con el español».
Debe ser a la hora de intentar vender algún ejemplar. De hecho, el tuit fijado anuncia que estará firmando en la parada de Abacus de Sant Jordi en Paseo de Gracia. … ¡del año 2022! Han pasado casi un lustro desde semejante acontecimiento cultural.
Ni que decir que, con el intercambio, atraje a otros usuarios. Uno se metía con mi madre, que falleció en el 2011. Otro, de Esquerra, decía que follaba poco. He coleccionado, por otra parte, todo tipo de calificativos: «subnormal», «rata», «tontísimo», «ñordo» y hasta «ñordo subnormal».
En fin, no les aburriré más con tanto improperio. Es uno de los problemas del proceso: ha quedado la mala leche. Como les prometieron la independencia a los 18 meses en el 2015 —Rufián incluido—, alguien tiene que pagar ahora el pato. Y no van a ser ellos mismos.
También es por la amnistía. La clase dirigente del proceso —política y mediática, porque iba a unísono— no es que haya pedido perdón, es que ni siquiera ha hecho reflexión ninguna o ha llegado a conclusión alguna.
Claro, Pedro Sánchez los convirtió automáticamente en los buenos de la película. Solo querían votar. La culpa es de España. Y, por supuesto, de los jueces. A pesar de que las batallas judiciales perdidas en Europa se cuentan ya por decenas. La última sobre la prisión preventiva de Junqueras & cia.
Es lo que más temo: la amnistía ha dejado intacto el ancestral complejo de superioridad de algunos catalanes. En junio del año pasado, ya con Illa de presidente, la Generalitat presentó una campaña con el lema «Catalunya, la mejor cocina del mundo».
Estoy de acuerdo en que aquí, como en el resto de España, se come muy bien. En los cánones oficiales, las mejores gastronomías son la francesa, la china y la española. Creo que por este orden. De aquí a decir que somos «la mejor cocina del mundo» hay un trecho.
O las declaraciones institucionales del Parlament. La última ocurrencia es que el PSC, ERC, Comunes y la CUP quieren condenar la reforma de la pena de muerte en Israel. Como si Netanyahu tuviera que saber de la existencia de la cámara autonómica.
Entre otras, también hay sobre la escalada bélica internacional, la República Árabe Saharaui, el conflicto en el norte de Siria o la guerra de Ucrania. Creo que, en este caso, Putin también tiembla. Se creyeron lo de «el món ens mira».
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