¿Tiene cuajo Sánchez para ir a la amnistía?
Es la pregunta del millón dentro de la actualidad política española. Durante la semana que agoniza, observando con atención, se ha podido ver y oír a los mejores intérpretes del sanchismo -principalmente al pequeño ministro Bolaños y al arcaico López-que han huido de esta pregunta, repetidamente cien veces por los informadores: ¿la amnistía ayudará a la convivencia entre españoles que ustedes proclaman? Silencio y a los cerros de Úbeda.
Resulta más que evidente que el Gobierno y sus coaligados están ya triturando el ajo para formalizar el guiso. Verde y con asas. Pese a dichas y fundadas sospechas, hay numerosos observadores de la realidad española, sesudos y leídos, que creen que, finalmente, no tendrá cuajo para perpetrar la voladura de la Transición, que es lo que en primer lugar supondría una Ley de Amnistía hecha a la carta escrita por Puigdemont y demás golpistas.
Es un hecho cierto que la presión en el entorno presidencial para oponerse a las pretensiones de los sediciosos va aumentando a medida que pasan las semanas. Son muchos los militantes socialistas los que están haciendo llegar sus pareceres y, por vez primera, intelectuales y prescriptores de izquierda que se oponen pública y abiertamente a que Sánchez perpetre tamaño dislate.
Vistos los antecedentes parece evidente que una personalidad como la sanchista -entre otras cosas porque no le ha ido del todo mal- no se para en barras ni examina con detenimiento y cuidado las consecuencias de sus actos. Por ello, el que esto escribe entiende que está tratando de buscar una fórmula para no hablar directamente de amnistía, sino, por ejemplo, de «abaratamiento de penas», invocando lo de la «convivencia» y saturación de fracturas.
Como en ocasiones tuvo éxito (indultos a los golpistas sin ir más lejos) entiende que ahora sucederá igual y el precio a pagar entre la sociedad española será asumible. Y es ahí donde empiezo a creer que se equivoca.
La amnistía liquidaría ipso facto todo el andamiaje levantado durante casi medio siglo, uno de los mejores de toda la Historia de España, y abriría un camino rumbo a lo desconocido.
Insisto, el problema no es Puigdemont y sus cuates que son igual a media malversación, sino la persona que juró defender la Constitución y al Estado.
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