Los progres utilizan el derecho a la vida
El pasado abril, la justicia británica sentenció que un hospital infantil debía desconectar a un bebé, a Charlie Gard, que necesitaba respiración asistida para poder sobrevivir. Y una sentencia sin sentimientos fallaba, nunca mejor dicho, sobre una opinión médica contra de la voluntad de sus padres, quienes en una incansable y denodada lucha por la esperanza pretendían llevar a EEUU a su hijo para someterle a un tratamiento experimental y conseguir salvarlo. Por lo menos conseguir la inexistencia de mácula de duda en el esfuerzo. Los doctores que trataron al bebé aconsejaban a los padres que dejaran morir al niño, y aun dando la razón a los médicos, los padres presentaron el caso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Hace dos semanas, los padres de Charlie también perdieron su recurso.
Varios médicos de hospitales extranjeros, entre ellos el Vall d’Hebron de Barcelona, España, enviaron una carta al Great Ormond Street asegurando tener nuevas pruebas sobre el éxito del tratamiento experimental para curar la enfermedad de Charlie. Los padres insistieron desde su infinito dolor en dar Charlie una última oportunidad de vivir, mientras una fría sentencia determinaba que los derechos de un niño debían tener prioridad sobre los de los padres. Derechos de una norma, generalidad, uniformidad, excepción al hecho de que el hombre, el individuo, es portador de valores eternos por encima de su ideología, raza o religión.
Para el físico austriaco Schrödinger, la clave se encuentra en el “cristal o sólido aperiódico”, es decir, un “orden de átomos, capaz de mantener permanentemente dicho orden”. Como si tuviéramos que describir un ordenador o el funcionamiento de los chips de los teléfonos móviles. Nada de sonrisas, sentimientos o sudores. Carencia absoluta de lágrimas, de abrazos, de emociones. Falta de miradas, susurros o desconsuelos. En el yoga, apartado de la barata profundidad, el sentido de la vida se denomina Dharma y supone cada una de las acciones que realizamos por el bien común, sin pedir nada a cambio y cuyo único fruto no es el bien personal, sino el de todo orbe vital.
Epicuro y el utilitarismo afirmaron que el sentido de la vida está en los demás. Afrenta al progresismo generalista inane y vacuo, negador de la visión pasional del individuo. Igual rama del árbol que proclama el bien común lo encontramos en el cristianismo. Charlie representa la dura y profunda lucha en nuestro mundo de hoy. Es la lucha de quienes creemos en la vida como vida de todos los que nos rodean, frente a la mentalidad presuntamente dominante desde el último cuarto del siglo XX que aboga desde su relativismo por una vida que sólo tiene sentido para cada uno, donde la búsqueda de la propia felicidad es un camino individual, diferente en cada uno, lejano a todos y cuyo fin único es la autorrealización.
Los padres del nuevo ángel se lo plantearán ante el fallo judicial, ¿tiene algún significado la vida? Frente a la humana necesidad de alejarnos de la nada, del miedo a la muerte, el mero acto de vivir, de querer vivir y necesitarlo, es un valor positivo para la negación de la muerte, pero sobre todo es la reafirmación de la vida misma. Porque la vida tiene sentido por sí misma. No pertenece al individuo sino a quienes la comparten y luchan por ella. Que desgraciada sentencia la que usurpa a unos padres de luchar hasta la extenuación. Que asco de norma la que nos priva, la que priva a una sociedad de hacer latir sus corazones para que perdure el latido de un corazón chiquitito.
Difícil. Como dijo George Santayana, filósofo y escritor español: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.
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