Opinión

La flotilla deluxe de Iglesias y el debate sobre los ‘tontos útiles’

Hay viajes ideológicos y viajes turísticos; hay viajes en camello por el desierto y viajes en limusina por el decorado de una obra que se quiere convincente, aunque sólo convence al que ya está convencido. Lo de Pablo Iglesias en Cuba huele más a free tour de brochure que a compromiso con la realidad de un pueblo: un paseo por el centro histórico lleno de aplausos prefabricados, luz de neón en los hoteles de lujo y la eterna foto de carnet con el castrismo. Bienvenidos al parque temático de la izquierda internacional, patrocinado por la propaganda oficial y retransmitido con la solemnidad de quien cree que criticar a tu enemigo político —aunque sea a miles de kilómetros y varias dictaduras al sur— es un acto de heroísmo moral.

El editorial del The Washington Post, con su irreverente título «Useful idiots visit Cuba, right on time» –»Los tontos útiles visitan Cuba, justo a tiempo»–, no deja margen para ambigüedades: «Nada expresa mejor la solidaridad que ir a un país empobrecido y alojarse en un hotel de cinco estrellas». Esa frase, digna de un cronista con el sarcasmo de un escritor que sabe de qué va la realidad cubana, pone el dedo en la llaga del disparate político: se quiere llevar ayuda humanitaria a un país en crisis energética mientras se come canapés con aire acondicionado y se posan sonrisas fotogénicas a costa del contraste entre luces brillantes y apagones totales en la isla.

Cuba, 60 años después de la revolución, sigue siendo un palimpsesto de contradicciones históricas y tragedias humanas. Más de un millón de cubanos han huido desde 2021, escapando de una economía en ruinas, de apagones interminables y de una represión que jamás ha dejado de estrangular la libertad de expresión y asociación. Mientras tanto, las visitas ideológicas con pamelas de solidaridad se hospedan en cinco estrellas. El poeta cubano Guillermo Cabrera Infante, con su ironía implacable, describió hace décadas la isla como un lugar donde «todo está permitido excepto pensar con libertad»; hoy parece que algunos visitantes vienen a comprobar que eso sigue siendo cierto.

Hay que recordar que Cuba posee una historia cultural rica en voces que han luchado por la libertad a pesar del cerco informativo y de los actos de repudio, esas humillaciones colectivas dirigidas a disidentes, que han alcanzado la brutalidad física y verbal bajo la mirada complaciente del poder. Figuras como el escritor y periodista Raúl Rivero, encarcelado por defender la libertad de expresión, representan una tradición de resistencia que choca frontalmente con la complacencia de determinados intelectuales de sofá que saltan de La Habana al Hilton sin entender que la libertad no es un eslogan turístico.

La ironía suprema es que se organice una flotilla de ayuda con generadores solares, comida y medicinas —gesto loable en teoría— mientras se ignora que el propio régimen controla los medios, restringe los derechos humanos fundamentales y reprime sistemáticamente a opositores. Quizá para algunos viajeros de conciencia sea suficiente posar con banderitas y gritos contra el bloqueo; para los cubanos que han visto desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias o persecuciones judiciales por pensar diferente, la visita se parece más a un desfile de escaparate que a una súplica real de justicia.

Pablo Iglesias, el podemita del casoplón, podría aprender de la ironía de Lezama Lima, desde dentro de la revolución: «Cuba es también una tierra donde el arte de perder puede enseñarnos algo». Perder la ingenuidad, perder la complacencia, perder la mirada de turista político sería un primer paso para entender que las luces de La Habana no son los reflectores del progreso, sino los focos que iluminan un circo de espejos donde la ilusión socialista aplaude a sus propios reflejos.