Nuestros muertos son difuntos
Nuestros muertos son difuntos. Lo demás, para el resto. Antes del cristianismo, en el Imperio Romano, los difuntos no eran los que habían muerto, sino los vivos que ‘habían cumplido su tarea’, aquellos que ‘habían terminado una obligación’.
Con el tiempo, los cristianos llamaron a los muertos difuntos, con la intención de dejar claro que el cuerpo inerme era trascendido por el espíritu. Al cristianizarse, la muerte se volvía sólo un paso, donde el vivo había discurrido por un sendero con sentido. Desde ese momento, el nacer tuvo un para qué en Occidente–no era un accidente biológico ni un capricho del destino– y el nacido, un llamado. Una vocación.
El Cristianismo impregnó así la tenebrosidad de la muerte. Con luz.
El contraste queda reflejado en El luto y la cera, como se llamó a la pragmática promulgada por los Reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. El insigne matrimonio, ante una emergente sociedad española tan pasional y excedida por la manifestación pública del dolor, decidieron estipular quién en las familias podía vestirse de negro –porque todos querían sumarse al luto– y el número máximo de velas a encender por difunto –pues la tristeza suponía unos costes inasumibles en las haciendas–. Isabel y Fernando sólo no pusieron límite a las misas que se podían ofrecer por el alma de los difuntos.
Esta es España. Siempre tan nuestra. Hija de una civilización que se fraguo en los ritos funerarios. Porque hasta que el hombre no buscó a su igual después de la muerte, nuestra historia como seres humanos no echó andar.
El honor comienza ahí. En la conciencia de lo invisible. En los ancestros.
En toda la cuenca mediterránea se practicaron durante siglos ritos fúnebres a los pies de las tumbas. Este es el mimbre de la tauromaquia española. No otro. A semejanza de los juegos fúnebres relatados en La Ilíada, el gran poema de Homero del que casi nadie habla ni reivindica. (Para prueba, búsquese dónde está ubicada la plaza de toros de Badajoz. O la de San Martín de Castañar, en Salamanca).
En La Ilíada está nuestro ADN. Héctor, muerto en combate por Aquiles, en la defensa de Troya. Y la pugna que le sigue a su padre para recuperar el cadáver de su hijo, el príncipe troyano muerto y que custodia Aquiles, en venganza por haber Héctor matado a su amigo Patroclo.
Duelos, lamentos, ritos, honra.
Justicia.
El Día de los Difuntos no es una apología a lo tenebroso. No. No es un ritual de la sangre y la carne. No. El Día de los Difuntos no es necrofilia. No.
Es honor. Es memoria. Es orgullo. Es gra-ti-tud.
La muerte no es final ni el cuerpo nuestra tumba.
El cristiano debe abrazar la muerte hasta con ternura, y no dejar que la muerte le abrace a él con superioridad. «¡Aceptarla, no temerla!», que diría cualquier sabio cartujano. Y los Fieles Difuntos nos ayudan a entender esta compleja verdad, con los buñuelos de viento, sus huesos de santo y los panellets sobre la mesa. Como lo hacen con su asombrosa primigenia, los días de fiesta, nuestros toreros.
Dios nos dio un poder en el que poco se cree hoy: el recuerdo. He ahí otro misterio.
Recordar consiste en volver a pasar por el corazón lo vivido. En el recuerdo encontramos desde el dolor más desgarrador por la ausencia, como el consuelo más íntimo y poderoso para seguir adelante en nuestra tarea que un día también terminaremos incompleta.
Convertidos en polvo, ceniza y esperanza. Como ellos. Los nuestros. Y los que serán.
Este es el verdadero cruce de caminos. Lo que distingue a los muertos de los difuntos. Estas son exactamente las coordenadas de la eternidad. El juego del tiempo donde nunca termina por desaparecer una rosa fresca sobre la tierra y la piedra.
Nuestro final si llega (y está escrito), no sobrevendrá en una muerte atómica, sino el día en que no tengamos tiempo para ofrecer flores.
La muerte ganará a la vida en la amnesia. Olvido es oscuridad perpetua envuelta en un frío inorgánico. Abiótico.
¿Estamos en ello? ¿La dignidad de la mansedumbre o la cobardía del desapego nos empuja al olvido? Porque el olvido no es falta de memoria, sino ausencia de afecto. Dejar de pasar por el corazón lo ya vivido.
¿Hay demasiadas víctimas en nuestra época en peligro de desafección? Sí. Insoportablemente ya. Sí.
Clamo por los desterrados. Los inocentes que la patria destetó por ETA y todos los terroristas con una falsa paz sellada en caseríos que apestan a azufre.
Clamo por los españoles a los que se les censuró sus pompas fúnebres por un estado de alarma que distinguía entre el poder y el pueblo.
Clamo por los ahogados sin auxilio en un temporal inexplicable. Y clamo, como clama rasgada, hecha jirones, la piel de toro por los viajeros de Atocha, de Adamuz, de Gelida, de Urda.
Nuestros muertos son difuntos que deben oler siempre (a) flores frescas y cera en lumbre. Lo demás, para el resto.
(En recuerdo especial a todas las víctimas. Españoles, lloramos, con sus familiares y seres queridos, la ausencia. Sumidos en la tristeza más desgarradora, pedimos justicia y una oración por sus almas).
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