Opinión
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León XIV y la geoeconomía del encuentro

La presencia durante el presente mes junio en Madrid del Papa León XIV no ha dejado a nadie indiferente y ha contribuido a saciar muchas conciencias y preocupaciones. Sus palabras y discursos, de una cuidada manufactura, están siendo escrutados desde diferentes perspectivas y son útiles para conocer cuál es el mensaje que nos ha dirigido, esta vez desde una perspectiva de la geoeconomía de la conducta.

El Papa León XIV, Robert Francis Prevost, es el primer pontífice estadounidense que ha visitado Madrid como parte de un viaje apostólico por España y como el mismo nos recordó, en el Congreso de los Diputados, se dirige a nosotros como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro, coloca a la Santa Sede en diálogo con los pueblos y con los Estados.

La Iglesia se dirige a la vida pública respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar.

Sus intervenciones en la capital, especialmente el discurso ante las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático en el Palacio Real, en la vigilia con los jóvenes en la Plaza de Lima, en la misa en Cibeles, en el encuentro «Tejer Redes» con el mundo de la cultura, arte, economía y deporte y en su intervención en el Parlamento, contienen unos mensajes con implicaciones geoeconómicas claras que me dispongo a destacar.

Desde un punto de vista geoeconómico de la conducta, entendido como el estudio de cómo los actores, la propia Iglesia, España y nuestra sociedad civil utilizamos las narrativas, los valores y los comportamientos para moldear los flujos económicos, las inversiones, la cooperación y el poder en un contexto geográfico y geopolítico concreto.

En su discurso ante nuestros parlamentarios, el Papa reconoció públicamente que España siempre ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como una criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir.

La Iglesia, un actor transnacional con influencia moral y cultural, soft power, orienta e influye en aquellas conductas que afectan al capital humano, a la cohesión social, a la inversión en bienes públicos y a los alineamientos geopolíticos.

En este contexto, León XIV ha puesto un claro énfasis en defender la «cultura del encuentro» frente al «enfrentamiento polarizante», hablando en todos sus discursos sobre la necesidad de promover en todo momento la reconciliación y el encuentro, más aún hoy, en un contexto de complejidad histórica de desorden mundial.

Lo ha hecho con citas continuadas a la inversión en educación y en investigación, con una opción clara por la atención a los más necesitados, los descartados, los pobres y los emigrantes.

Este planteamiento apoya directamente los incentivos conductuales para una geoeconomía de la cooperación y la resiliencia frente a la confrontación y competencia de suma cero. En el Palacio Real, el Papa afirmó que «no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera una duradera estabilidad y prosperidad». Nos ha invitado a «abandonar las narrativas divisivas y polarizantes».

Para ello ha citado nuestra rica y compleja historia, con ejemplos de convivencia entre las religiones cristiana, judía y musulmana en ciudades como Toledo y Córdoba. Es un hecho que un exceso de polarización eleva los riesgos políticos, disuade a la inversión extranjera directa y fragmenta los mercados internos debido a las tensiones territoriales.

Frente a ello, promover el diálogo y la reconciliación reduce el «riesgo soberano percibido», facilita los flujos de capital y fortalece la posición de España como un hub estable en un mundo volátil caracterizado por los conflictos bélicos, en Ucrania y en el Golfo, así como las tensiones comerciales entre los EE.UU. y China.

Desde el punto de vista del comportamiento, este tipo de mensajes incentiva a los principales responsables políticos y económicos a priorizar el desarrollo de una gobernanza colaborativa sobre un permanente cortoplacismo electoral. España como «protagonista original» de Europa puede reforzar su papel en la integración europea, como una pieza clave para las escalas económicas, las cadenas de suministro y el poder negociador colectivo.

El Pontífice llama a dar un «salto cualitativo» en las inversiones en la educación escolar, la universidad, la investigación y la sociedad civil, criticando implícitamente el hecho de priorizar «el rearme y los muros» sobre la educación y la inversión cultural. Con menciones a Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila y Juan de la Cruz que enfatizan la necesidad de discernimiento, interioridad y acción en la realidad.

También ha hecho referencia a la Escuela de Salamanca en lo que se refiere al establecimiento de límites morales al poder y el valor del ser humano. También citó a fray Francisco de Vitoria como contribuyente a la formación de una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Una cita que, como profesor que soy de la Universidad Francisco de Vitoria, me ha producido además un gran orgullo.

Los discursos del pontífice son un claro elogio de la estrategia de crecimiento basado en la productividad y en la resiliencia, frente a otras políticas de tipo extractivo o de mero rentismo. En el contexto actual, con un gran envejecimiento demográfico en Europa y una insuficiente natalidad, con una creciente competencia tecnológica global y una transición digital, priorizar el capital humano es una clara apuesta geoeconómica que impulsa la mejora de la ventaja comparativa en aquellos sectores de alto un valor añadido como las renovables, los microprocesadores, la inteligencia artificial ética, la biotecnología o el turismo cultural.

Nos ha recordado sus palabras de Magnifica humanitas, sobre la falta de neutralidad de la tecnología, ya que esta toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y utiliza.

A su vez, sus palabras deslegitiman el cortoplacismo financiero, promoviendo la inversión mediante la colaboración público privada en I+D, potenciando la cohesión social y reduciendo aquellas desigualdades que generan inestabilidad, por ejemplo, en los planteamientos populistas simples sobre cómo afrontar la inmigración desordenada.

La visita realizada al Centro de Cáritas para personas sin hogar, refuerza la apuesta por la «opción por los pobres» como un correctivo moral frente a la cultura del descarte por las posibles externalidades negativas del posible desajuste del mercado, como de la mala gestión de las políticas públicas.

En la vigilia realizada en la Plaza de Lima, con más de medio millón de jóvenes asistentes, León XIV nos habló de la necesidad de «comportarnos de manera humana», ser rostros fiables, buscadores de justicia con una vida honesta frente a la ambición de la riqueza, el placer, el poder, las redes sociales engañosas, la indiferencia y la violencia. Nos ha llamado a construir una «nueva humanidad» y no temer las nuevas vocaciones, incluida la formación de una familia.

Los jóvenes son el futuro stock del capital humano y de la capacidad de emprendimiento. Se trata de unas narrativas que promueven la ética y la visión a largo plazo con propósito, frente a un hiperindividualismo consumista, un nihilismo digital obsesionado con las redes sociales, que erosionan la productividad y la cohesión social.

En sus discursos, se fomentan los comportamientos de alto «capital social», como la cooperación generosa, algo esencial tanto para la innovación mediante clústeres como para la resiliencia económica.

Un mensaje de apoyo al aumento de la demografía, la creación de nuevas familias, de la integración de la inmigración y de la transición generacional, contrarrestando nuestro claro declive demográfico frente a las potencias más dinámicas en esta materia. Como vemos, la «misión» papal actúa como un mecanismo bien engranado de coordinación conductual a gran escala.

Los discursos de León XIV han incluido expresamente unos claros elogios al compromiso español con el derecho internacional, con el multilateralismo y la solidaridad. España, ha afirmado, es una clave geoestratégica que relaciona África, el Atlántico y el Mediterráneo con Europa. En esta línea, promover la acogida y la integración de los emigrantes es una política de apoyo a la incorporación de nueva mano de obra a favor del crecimiento demográfico en un área de baja natalidad.

Rechazar los «muros», sociales y reales, en la tesis del Pontífice, es una política que favorece el crecimiento de los flujos demográficos controlados que contribuirán al sostenimiento de las pensiones y al necesario crecimiento económico.

Por su parte la defensa del multilateralismo contribuye al fortalecimiento de las cadenas de valor globales, reduciendo los riesgos de fragmentación (friendshoring). De esta forma la Iglesia legitima aquellas narrativas a favor de la cooperación, influyendo de manera expresa y directa tanto en la opinión pública como en la aprobación de aquellas políticas públicas que favorecen los flujos comerciales y la inversión.

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia unos acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso de la fuerza.

Los discursos de León XIV realizados en Madrid no han sido neutrales. Como hemos visto, configuran unas preferencias conductuales claras hacia una geoeconomía de la «casa común», que afecta tanto a la inversión en las personas, al diálogo complejo, al multilateralismo y a la toma de partido a favor de los más vulnerables, frente al cortoplacismo que supone la polarización o los nacionalismos económicos cerrados.

Unas propuestas que, de adoptarse, potenciarían nuestra posición relativa en un mundo multipolar, donde el capital fluye sobre todo hacia aquellos entornos más estables, más cohesionados y más innovadores.

La Iglesia, como el actor no estatal que es, amplifica estos incentivos morales que, por razones de los ciclos electorales de cuatro años, los países no suelen adoptar de una manera clara y expresa.

En términos de la geoeconomía de la conducta, León XIV ha sido un verdadero inspirador, un «emprendedor normativo», que nos propone reducir los costes de transacción de una cooperación basada en la confianza y en un sentido compartido, elevando los costes reputacionales de la confrontación, la ausencia de escucha y de la polarización paralizante.

En los discursos del Pontífice, se apoya un escenario abierto con un mayor atractivo para la inversión sostenible, un mejor capital humano y un alineamiento estratégico con un orden internacional basado en reglas internacionales compartidas, siempre que los mensajes escuchados se conviertan en políticas públicas concretas.

El impacto real sobre nuestra economía dependerá de cómo nuestros legisladores transformen los discursos papales basados en un discernimiento, en verdaderos precursores de las futuras decisiones políticas y económicas. ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​

Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En palabras del Pontífice a los integrantes de nuestras Cortes, es clave que cada vez que el legislador comience su noble tarea, se pregunte cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.