El informe contra Vox que olvidó escuchar a los jóvenes
Hay informes que nacen para comprender la realidad y otros que parecen escritos para interpretarla antes incluso de analizarla. El reciente estudio entre el cuestionamiento y el cambio. Discursos de la juventud sobre la democracia en España, impulsado por el Consejo de la Juventud de España con financiación pública, pertenece peligrosamente a esta segunda categoría.
Su tesis de partida resulta impecable al exponer que los jóvenes españoles viven peor que sus padres. No pueden acceder a una vivienda, encadenan contratos precarios, retrasan su emancipación y contemplan el futuro con más incertidumbre que ilusión. Hasta ahí, poco que discutir. De hecho, el propio informe identifica la vivienda, el empleo y la precariedad como las grandes causas del malestar generacional. Del altísimo nivel de corrupción que envuelve al ejecutivo, curiosamente, se habla poco o nada, poniendo en duda, si me lo permiten, que a los jóvenes les resulte indiferente que les roben a manos llenas.
Sin embargo, cuando llega el momento de explicar por qué una parte creciente de esa juventud decide apoyar a VOX, el informe cambia de terreno. Deja de describir la realidad para empezar a construir un relato. Y ahí aparece el verdadero objetivo político del documento.
Lo primero que llama la atención es una contradicción difícil de ocultar. Los autores reconocen expresamente que las encuestas del CIS no permiten saber qué significa exactamente que algunos jóvenes manifiesten mayor distancia respecto al funcionamiento de la democracia. Admiten que esa respuesta puede reflejar desencanto con los partidos, frustración con las instituciones, demanda de mayor eficacia política o crítica al sistema existente, no necesariamente un rechazo a la democracia como principio. Es decir, el propio informe reconoce que los datos no permiten concluir que exista una deriva antidemocrática.
Pero apenas unas líneas después introduce una asociación que cambia completamente el marco interpretativo al sostener que esa menor adhesión a la democracia «se concentra especialmente entre quienes votan a VOX o se autoubican en posiciones más a la derecha» y añade que ello «sugiere una asociación entre problematización de la democracia y desarrollo de posiciones de ultraderecha».
No demuestra una relación causal, pero sí una insinuación que es precisamente la que termina ocupando el espacio político del informe. El viejo truco de convertir el voto de protesta en sospecha democrática.
La lógica es sencilla. Si los jóvenes están desencantados con el sistema y muchos terminan votando a VOX, el problema deja de ser la incapacidad del Gobierno para resolver los problemas reales de esa generación y pasa a ser el crecimiento de VOX.
La atención se desplaza, dejándose de hablar de una generación abocada a un futuro ennegrecido por la pésima gestión de un gobierno, para que el debate gire, por ende, alrededor de si esos jóvenes representan un riesgo para la democracia. Es un cambio de foco extraordinariamente conveniente para quienes llevan años mal gobernando, saqueando nuestro país, pisoteando nuestro estado de derecho y virando a un modus operandi más anárquico que democrático, convirtiendo el efecto en la causa.
El propio informe ofrece, paradójicamente, argumentos para una interpretación completamente distinta. Los jóvenes no dicen que quieran menos democracia, sino que la democracia actual no les resuelve los problemas. Criticar a partidos, la burocracia, la profesionalización de la política, la distancia entre representantes y representados, la falta de meritocracia, la nula escucha de sus demandas, entre otras cosas, no describe un rechazo a la democracia. Describe una profunda desconfianza hacia el ejecutivo.
Y ahí aparece una cuestión que el informe evita explorar con la misma intensidad. Por qué precisamente VOX conecta con una parte creciente de esos jóvenes, precisamente, sin necesidad de capitalizar el odio. Mientras otros partidos llevan años hablando a los jóvenes desde el paternalismo institucional, VOX les habla desde el conflicto que viven cada día. Habla de esfuerzo, mérito y oportunidades frente a una generación que siente que estudiar más ya no garantiza vivir mejor.
Y por supuesto que es lícito discrepar de esas propuestas. Lo que resulta intelectualmente deshonesto es explicar su crecimiento únicamente como una consecuencia de una supuesta erosión democrática. Una explicación que evita afrontar la, mucho más incómoda, pregunta de por qué tantos jóvenes consideran que los partidos tradicionales ya no representan sus intereses.
Demonizar al votante nunca ha solucionado el problema, pero la tentación, esa que vive arriba, se ha alojado cada vez más frecuentemente en determinadas élites políticas e intelectuales y, cuando los ciudadanos votan lo que no deben, el problema deja de ser la política y pasa a ser el votante. Ocurrió con el Brexit, con Trump, con Meloni, con Milei… Y ahora, le ha tocado el turno a la juventud española, construyéndoles un marco a medida que los transmuta de huérfanos de representación a «malos» votantes.
No es casualidad que el propio informe dedique amplios apartados al crecimiento de la extrema derecha, mientras la responsabilidad acumulada de quienes han gobernado durante años queda en un segundo plano.
Pero, pese al Sr. Sánchez y su banda, el crecimiento de VOX entre los jóvenes no puede entenderse únicamente como un fenómeno ideológico, pues es, sobre todo, un fenómeno de representación, no encontrando en VOX un partido perfecto, pero sí un partido que lucha por problemas que consideran reales y que perciben silenciados o minimizados por el consenso político dominante.
Eso da sentido a por qué una parte de la juventud ha dejado de votar por inercia y ha empezado a votar por ruptura y no porque quiera menos democracia, sino porque exige un sistema que vuelva a servir a quienes trabajan, estudian, pagan impuestos y aspiran simplemente a construir un proyecto de vida. Una inconveniente conclusión que algunos informes, este incluido, prefieren no destapar.
El mayor riesgo para quienes llevan años monopolizando el relato institucional no es que los jóvenes cuestionen la democracia. Es que descubran que la forma más democrática de expresar su hartazgo sigue siendo introducir una papeleta de VOX en la urna.
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