España se abisma en el «paraíso socialista»
Al régimen de Pedro Sánchez le han reventado las costuras. Entre Adamuz y Urda no hay solo más de un centenar de kilómetros de la línea AVE de Madrid-Sevilla, con el trágico balance mortal de ambas catástrofes ferroviarias en apenas nueve meses. Lo que hay es una nación en derrota hacia el subdesarrollo, un itinerario premeditado hacia el Tercer Mundo, en lo que ha simbolizado durante tres décadas la punta de lanza de una España a la vanguardia mundial.
El sueño de una España avanzada, segura de sus potencialidades como sociedad de reciente andadura democrática, dio consistencia al proyecto socialdemócrata que consiguió tres mayorías absolutas seguidas con Felipe González al frente del PSOE. La alternancia del PP con los gobiernos de José María Aznar afianzó la voluntad de hacer un país en primera línea de la libertad, el progreso y el bienestar.
Hoy, bajo los espasmos de un PSOE reducido a mera coartada de un proyecto de supervivencia personal, aquel sueño ha terminado descarrilado en una cuneta, entre los hierros retorcidos del Estado, volcado y despedazado en un viaje hacia ninguna parte de ocho años de duración.
Nunca una ambición tan desbocada de poder había producido un choque tan brutal contra los cimientos de la convivencia, la prosperidad y la confianza de la sociedad española como la de Pedro Sánchez.
Las convulsiones a las que el ciclo sanchista nos ha acostumbrado, con su oportunismo radical, su falta de escrúpulos, su incontinencia amoral, sus alianzas mafiosas para intercambiar poder por impunidad, nos han distraído de la ambición esencial del inefable dirigente socialista.
La desarticulación del Estado ante sus enemigos, la forzada claudicación de la Justicia ante los delincuentes, la humillación constante de los servidores públicos, incluidos policías y guardias civiles, la extensión de la impunidad del delito vía indultos y amnistías, son solo los contrafuertes del auténtico proyecto político de Sánchez.
Sánchez ha liderado un proyecto extremista que hunde sus raíces en un pensamiento antediluviano, como es el socialismo irredento, basado en la confrontación civil, la generación de miseria igualitariamente distribuida y la desactivación de toda idea de emprendimiento y autonomía en la sociedad para crear una masa dependiente de la falsa caridad del Estado.
Un proyecto esencialmente inadaptado a la España constitucional, emprendedora y solidaria, trabajadora y sacrificada. Por eso, Sánchez necesita destruir la nación para que en el paisaje resultante de la devastación encaje como un guante su vía plurinacional hacia uno de aquellos «paraíso socialistas» de sociedades controladas, silenciadas y empobrecidas como fórmula de perpetuarse en el poder.
El camino al socialismo siempre está empedrado de buenas intenciones, como el del infierno, y sus consecuencias hoy en España están siendo cada cual más graves y catastróficas.
La primera es el derrumbe de la arquitectura institucional que sostiene el Estado de derecho, con la intención totalitaria de parasitar todos los mecanismos democráticos de control al poder y perseguir a aquellos que no domina, como la Justicia o la prensa independiente.
La impasibilidad de un Gobierno reacio a la asunción de cualquier responsabilidad y a la rendición de cuentas alcanza incluso a la presentación de los presupuestos generales del Estado, que es la primera obligación de transparencia en una democracia, como es exponer cristalinamente el destino del dinero de los contribuyentes.
La segunda consecuencia es el empobrecimiento acelerado de los españoles. Incluso cuando el Estado marca récords de recaudación a causa de la inflación, el impuesto de los pobres, Sánchez ha seguido exprimiendo a las familias. A pesar de ello, ha hecho crecer la deuda pública imparablemente, hipotecando el futuro de varias generaciones.
Otro efecto del sanchismo es el deterioro del sistema energético, pendiente siempre de un cable desde el apagón, lo que está hipotecando el desarrollo de nuevas industrias y la creación de viviendas. Otra prueba de que los indicadores de oportunidades de bienestar se han estrellado para las nuevas generaciones en estos últimos ocho años.
La cuarta consecuencia es el colapso de la administración estatal en servicios públicos tan sensibles como el del transporte ferroviario, el empleo o la seguridad social. Las temerarias apuestas de Sánchez por las nacionalizaciones masivas, pucherazos aparte como el pretendido con la «Ley de Nietos», tensarán aún más la sostenibilidad y calidad de los servicios públicos como sanidad, educación y ayudas sociales, gestionados por las comunidades autónomas.
La sumisión al líder y al partido han sido las únicas credenciales para copar los puestos de responsabilidad en ministerios, empresas y organismos públicos, mientras se purgaba a los técnicos cuyo único aval era el conocimiento y la experiencia en sus responsabilidades.
Esa es la causa primordial de las desquiciadas gestiones de las empresas públicas, cuyos casos más paradigmáticos son Adif, con criterios directivos más propios de una casa de lenocinio en algunas contrataciones, o Correos, hundida insólitamente en medio del «boom» de la paquetería.
La quinta prueba de la depauperación del Estado es la crisis de la educación, una competencia esencial para el futuro de cualquier nación. Las políticas socialistas han llevado a España a un suspenso sin paliativos en el último informe PISA. Generaciones desarticuladas de pensamiento y voluntad por su incapacidad de comprensión lectora y dominio del lenguaje serán el resultado de las utopías pedagógicas buenistas apadrinadas por la izquierda.
A la postre, el Estado en manos de Sánchez sólo ha funcionado como una gigantesca explotación privada de inacabables filones de corrupción y como un inmenso altavoz de propaganda. A estas dos colosales putrefacciones ha entregado el Gobierno todas sus energías y todos los recursos que los ciudadanos confiaron en sus manos.
Hoy clama al cielo de los justos el caso del Ministerio de Transportes, con competencias vitales de las que sus sucesivos ministros se desentendieron diariamente: el encarcelado Ábalos para robar a manos llenas y el dimitido Puente para actuar como mero agitador gubernamental.
Al servicio de este «agit-prop» se contratan figuras en los medios públicos pagándolas como estrellas de Hollywood mientras se racanea o se niega la financiación para mejorar la seguridad de la red ferroviaria, atender a enfermos de la ELA o costear tratamientos farmacológicos inalcanzables para los bolsillos de las familias.
Sánchez ha decidido aferrarse al poder apostando por el desplome de la nación española como garantía para su permanencia en La Moncloa: divide, destruye, arruina… y vencerás. El precio de esta estrategia política destructiva ha sido el de un nuevo balance mortal bajo su mandato, ya tan caro en vidas de españoles.
Pero hasta aquí hemos llegado. El 29-N, los españoles tenemos la oportunidad de hacer que España funcione, reparar sus costuras y tapar las trincheras reabiertas por un nefasto individuo cuya única meta ha sido tratar de imponernos a todos el proyecto de la destrucción de España como algo asumible.
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