Dictadura catalana
A mediados de los 80, Josep Tarradellas se reunió con un grupo de periodistas -progres, por supuesto- y dijo que Cataluña avanzaba hacia una «dictadura blanca». La crónica de la reunión fue publicada en El País el 2 de noviembre de 1985. Estaba escrita por un periodista que, con los años, se hizo indepe: José Antich. Entonces, yo era muy joven. Cuarenta años menos, imaginen. Y la afirmación de Tarradellas me pareció una exageración. Al fin y al cabo, él y Pujol no se podían ni ver. Ni en lo personal ni en lo político. Personalidades opuestas. A un año de las primeras elecciones autonómicas el expresidente ya envió una carta a La Vanguardia denunciando la «conducta nacionalista» de su sucesor y sus intentos de romper con España. Una premonición del proceso, sin duda.
Sin embargo, los hechos le están dando la razón poco a poco. La Comisión del Estatuto del Diputado acaba de sancionar -a instancias de ERC- a dos representantes de la soberanía popular por decir lo que piensan: uno la alcaldesa de Ripoll, Sílvia Orriols. El otro, el número dos de Vox en Cataluña, Joan Garriga.
Al final, ha sido sólo por «faltas leves». No se han atrevido a más. A pesar de que llegaron a plantearse suspender el acta de diputada a la líder de Aliança. Son más bien de tirar la piedra y esconder la mano. Ahora lo pasarán a los grupos parlamentarios a ver si llevan la denuncia a fiscalía por un delito de odio. Intuyo que la cosa quedará en nada. Pero son los mismos que colgaban pancartas en Palau a favor de la «libertad de opinión y de expresión». O proclamaban que, en la cámara, «se tiene que poder hablar de todo».
Para más inri, cuando Josep Rull fue elegido presidente recordó que el artículo 57 del Estatut establece que los diputados «son inviolables» por lo que dicen o hacen. Y transmitió, «con toda solemnidad», que la «Mesa del Parlament garantizará este principio de inviolabilidad parlamentaria». «Ningún diputado puede ser perseguido por expresar sus opiniones», insistió. Ha quedado en evidencia una vez más.
Hay otro detalle que no es menos baladí: el presidente de la citada comisión es un protegido de Puigdemont: Toni Castellà. De hecho, empezó en Unió, donde llegó a ser secretario de organización con Duran i Lleida. Cuando los números tres -como José Zaragoza en el PSC o Santos Cerdán en el PSOE- eran los que de verdad mandaban en el partido. Aquella frase atribuida a Alfonso Guerra: «El que se mueve no sale en la foto». Es decir, no va en las listas.
Luego dinamitó Unió y fundó un partido minoritario (Demòcrates de Catalunya) que le ha permitido seguir viviendo del cuento. A él y a alguna más. Primero se arrimó a Esquerra, luego a CDC, más tarde a Junts. Lo digo porque esta misma comisión evitó sancionar -con los votos del PSC, Junts, ERC, Comunes y la CUP- a aquella parlamentaria de la CUP, Laure Vega, que tras varias noches de disturbios en Salt dijo que «lanzar piedras a los Mossos y quemar contenedores es un hecho cultural propio». Hasta felicitó a la «comunidad islámica» por los incidentes. No le pasó nada.
Sin olvidar que a la mencionada Sílvia Orriols la han comparado varias veces con el nazismo. A pesar de que no hay constancia de que haya gaseado nunca a nadie. El diputado de los Comunes David Cid ya la llamó un día «nazi» desde su escaño durante un pleno mientras ella estaba en la tribuna. Parece que Rull, a la misma distancia, no oyó nada. Y tuvo que ser la propia oradora la que se lo advirtiera. El presidente de la cámara conminó al diputado en cuestión a retirar esta «acusación gravísima». Éste meneó la cabeza en señal de negativa. O sea que, además, admitió los hechos. Rull se limitó a decir que no constaría en acta.
El presidente del grupo parlamentario del PSC, Ferran Pedret, tampoco se quedó atrás aunque fue más sutil. Durante otra sesión parlamentaria, afirmó que los discursos de Orriols le recordaban el «repicar de las botas encima de los adoquines en la Baviera del 36». Mientras que la portavoz de ERC, Ester Capella, aseguró por su parte que la líder de Aliança «señalaba» y «deshumanizaba» como hacían «durante la Europa de entreguerras determinadas fuerzas políticas en los estados en los que el fascismo se implantó». Es decir, otra vez los nazis.
Finalmente, la entonces diputada de Esquerra -y exconsejera- Tània Verge hizo un llamamiento a toda la cámara para tomar medidas contra Orriols. Dijo que practicaba la «violencia política» y la «estrategia clásica del fascismo». Pidió «tolerancia cero» y reformar el reglamento porque estaba «muy harta». Verge, por cierto, fue la que aprobó el uso de burkinis en piscinas públicas. Una medida adoptada por el gobierno de Pere Aragonès que se definía, entre otras cosas, como «feminista».
Lo bueno es que, con tanta polémica, le están haciendo la campaña gratis a la alcaldesa de Ripoll. En mis redes veo cada vez más comentarios a favor. Incluso de castellanohablantes. En plan: «muy bien dicho, mi voto para Alianza», «por el bien de todos votemos a Sílvia Orriols», «conozco a muchos no indepes que la votarán», «no soy independentista pero lo que dice es coherente” o “dice verdades como puños”. Incluso hay alguna declaración de amor: “Creo que me estoy enamorando”. Juro que no me las he inventado. Son citas que he ido recopilando en los últimos meses.
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