Opinión

La Cup dice que la policía «racializa» a los pobres chicos

  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

Por suerte, los violentos no pudieron actuar. Pero, viendo cómo se ha atajado el tsunami (no el independentista de hace poco, sino el izquierdomagrebí de ahora), la izquierda catalana se indigna. No le gustó el dispositivo policial, vaya. Si la noche del sábado 24 de octubre, con la convocatoria de Blocus, las calles del centro parecían una zona de guerra o el patio de recreo de unas bandas criminales, la del 30, coincidiendo con Halloween, resultó insólitamente pacífica. Casi aburrida. Y eso, claro, a algunos les parece intolerable.

Y es que no tuvo nada que ver. Una semana antes tuvimos caos, ataques violentos a agentes, destrozos y miedo. Y, siete días después, orden. Más de 700 agentes de los Mossos d’Esquadra y la Guardia Urbana reforzaron la vigilancia en Plaza de Cataluña, el Paseo de Gracia y el Arco de Triunfo. Los Mossos practicaron 1.440 identificaciones; la Guardia Urbana, 464 más. Establecieron controles preventivos en los accesos de transporte público. ¿Y qué pasó? Ni un solo disturbio grave. 127 actas administrativas por objetos potencialmente peligrosos y sustancias estupefacientes, tres adultos detenidos con órdenes de búsqueda y captura pendientes y un menor arrestado por resistencia y desobediencia. El truco del almendruco: cuando la policía actúa como policía y no como espectadora obligada, los vándalos prefieren quedarse en casa por si acaso.

Pero, ya les digo, esta paz tan deseada no ha gustado al entorno de la izquierda woke, que la considera una limitación de derechos y cuestiona el «sesgo racial» de las identificaciones. «Sesgo racial», no me digan. En lugar de apoyar actuaciones que protejan a la ciudadanía de la espiral de violencia que está sufriendo, deciden, una vez más, ponerse del lado de los delincuentes. Porque razas había muchas por la calle. Y no hay noticias de que parasen a los chinos, por ejemplo. Pero la CUP está indignada y ha pedido la comparecencia de la consejera Parlon. No creo que les hagan caso ni sus papás. Hasta quienes votan (o votaban) a la CUP ahora les deben de besar los pies a los Mossos y a la Guardia Urbana, contentos de que por fin tengan permiso para desplegar un dispositivo con cara y ojos capaz de impedir que les ataquen, de evitar destrozos urbanos y de proteger a ciudadanos como ellos. Y no digamos a los comerciantes, verdaderos héroes que durante todo el día blindaron sus locales y contrataron seguridad privada. Barato no les habrá salido, pero al menos no tuvieron que barrer cristales rotos.

La CUP y las voces habituales. El antropólogo Manuel Delgado y el director de Ara, Enric Borràs, han criticado el operativo con esa superioridad moral que les es propia. La portavoz de la CUP en el Parlament, Pilar Castillejo, ha afirmado incluso que «ser adolescente y vestir de determinada manera no debería convertirte en sospechoso». Qué bonito suena. Una aseveración llena de buenas intenciones y completamente vacía de sentido común. Al parecer, andar encapuchado y con pinta de magrebí debería resultar tan sospechoso para un agente como ser rubio y llevar un polo Ralph Lauren. La prevención inteligente, según esta lógica, es racismo. Negar patrones reales de riesgo es pureza ideológica. Bravo.

Si se hubiera usado esa contundencia años atrás, nos habríamos ahorrado los desmanes de los cachorros del procés, que tanto daño nos hicieron a los catalanes y que nos tuvieron en vilo durante meses (e incluso años) en la Meridiana. Entonces también se invocaban derechos abstractos mientras se destruía el espacio público y se amedrentaba a quien no comulgaba con la fantasía. Este fin de semana, con casi dos mil identificaciones, centenares de intervenciones preventivas, tres detenciones y cero disturbios graves, los comerciantes pudieron respirar, los vecinos pudieron pasearse y los agentes no terminaron con una brecha en la cabeza. No hace falta ser de derechas para defender que el orden público es un bien común. Los Mossos y la Guardia Urbana han demostrado que, con medios y voluntad, no tenemos que ser víctimas de los salvajes.