Cambio climático e incendios para torpes
Nuestro país arde física y políticamente mientras los tecnócratas instrumentalizan las desgracias para engañar a los que no saben lo que es el CO2.
Primero, lo aburrido pero innegociable: el planeta se ha calentado poco más de un grado desde el siglo XIX; lo miden termómetros, no correligionarios (a un termómetro de mercurio le da exactamente igual tu sesgo ideológico). Y la mayor parte de ese calentamiento, desde 1950, lo causamos los hombres (y las mujeres) quemando petróleo, gas y carbón. Esto no es dogma de fe, es química de laboratorio: el CO2 atrapa calor. Los científicos lo comprueban de varias formas: midiendo el propio CO2 en la atmósfera, comparando modelos climáticos con y sin actividad humana y analizando su «huella» isotópica (de dónde viene el carbono que hay en la atmósfera). Negar esto a estas alturas es como negar que fumar es malo: puedes hacerlo, pero es un suicidio intelectual.
¡Ah! El CO2 (dióxido de carbono) es un gas incoloro e inodoro formado por un átomo de carbono y dos de oxígeno, que existe de forma natural en la atmósfera desde siempre: lo expulsamos al respirar, lo producen los volcanes, lo absorben las plantas para hacer la fotosíntesis. El problema no es que exista, es la cantidad: al quemar petróleo, carbón y gas (que son básicamente carbono almacenado bajo tierra durante millones de años), liberamos de golpe, en apenas dos siglos, un carbono que la Tierra había ido guardando durante eras geológicas enteras. Ese exceso en la atmósfera actúa como una manta: deja pasar la luz del sol, pero atrapa parte del calor, el llamado efecto invernadero. Un poco de efecto invernadero es bueno y necesario; sin él, el planeta sería un helado inhabitable. El problema actual es que hemos engordado esa manta mucho más rápido de lo que el planeta puede regular.
Ahora lo divertido, lo que admite discrepancia legítima sin que necesariamente uno sea analfabeto: cuánto de grave es exactamente, qué políticas sirven y cuáles son postureo manipulativo, ¿el tono apocalíptico ayuda? No se dedica ni un porcentaje mínimo de esta cantidad extraordinaria de preocupación, dinero y activismo al suicidio, al descenso de la natalidad, a la financiación de la brecha maternal, a la investigación médica, a la pobreza, al envejecimiento de la sociedad y su cuidado, a la tragedia de la ausencia de vivienda digna, a educar en feminismo…
¿Por qué una prioridad tan desmedida? ¿Quién lo decide? ¿Quién se beneficia de ello? Porque (esto no te lo cuentan en RTVE entre incendio e incendio) el mundo mueve al año más de dos billones de dólares en financiación climática, más de ocho veces toda la ayuda internacional al desarrollo junta, mientras la salud mental global recibe de media unos tres dólares por persona al año. Puedes pensar que el clima lo merece por su magnitud a largo plazo y su irreversibilidad, o pensar que hay urgencias más humanas, más inmediatas y más silenciadas. Las dos posturas son legítimas y las puede defender gente razonable.
¡Negacionista! Esta es otra de las manipulaciones más obscenas: Lo que no es legítimo es fingir que esa discusión de prioridades es la misma que negar la física atmosférica, porque son dos debates de naturaleza completamente distinta y mezclarlos solo sirve para polarizar desinformados. De ahí esta columna dulce y colegial.
¿Y los incendios de este verano? Aquí el clima no actúa de villano solitario, actúa de cómplice necesario, pero no único. Pone la mecha más seca, la humedad por los suelos y el viento más caliente y errático, condiciones que hace treinta años eran la excepción y ahora son casi la norma en julio. Pero el monte español lleva décadas sin pastor, sin agricultor, sin gestión forestal seria, acumulando combustible vegetal como un salón que nadie barre desde el 92.
Culpar solo al clima es tan simplista como no mencionarlo. La sequía persistente y las olas de calor extremo son el escenario que hace posible el desastre; el abandono rural, la falta de prevención y, en no pocos casos, la negligencia o la mano criminal, son la chispa.
Protocolo: Si te venden el cambio climático como devoción religiosa incuestionable, en clave Greta Thunberg, profeta ecológica, Torquemada de la superioridad moral, dispuesta a hacerte sentir culpable solo por haber nacido, no estás ante un debate, estás ante una excomunión.
Si te dicen que es un cuento o un timo inventado por burócratas interesados, pregunta de qué parte están hablando exactamente: de la física (no admite discusión razonable) o de la política y el reparto de prioridades, que sí se puede rebatir y mucho. Confundir ambas cosas, adrede o por cinismo, es la trampa.
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