80 años: de Auschwitz a la cancelación
Se cumplen 80 años desde que Auschwitz fue liberado y pienso que la tarea para nosotros y los venideros no se trata solo de recordar, sino de entender, sin candores, y prevenir, desde el análisis de la conducta humana, sus motivaciones y su espeluznante potencia destructiva. Y dejar un rato al inquieto (asperger) Elon Musk, uno de los genios indiscutibles del contemporáneo.
Reflexiono y me acuerdo de Viktor Frankl, el famosísimo psiquiatra, que logró sobrevivir y, de paso, nos dejó su brillante interpretación en un ensayo que leí hace años con estupor y que recomiendo.
Frankl fue artífice de la tercera escuela vienesa de psicoterapia -tras el psicoanálisis de Freud y la psicología individual de Adler- y durante 25 años director de la politécnica neurológica de Viena, catedrático de psiquiatría en San Diego, Harvard, Stanford, Cambridge… Pero será recordado por su éxito El hombre en busca de sentido; sólo en Estados Unidos supera nueve millones de ejemplares -149 ediciones- traducidos a más de 20 idiomas.
El relato, que cuenta la estancia del propio Frankl en Auschwitz y Dachau, sin anestesia, también desarrolla una propuesta psicológica y filosófica accesible (y no por eso menos elevada) acerca del Hombre y su capacidad de sobreponerse o no a la adversidad y el absurdo.
El psiquiatra (creyente, judío, pero muy cercano al cristianismo), nos conduce, a través de las distintas reacciones de la mente y la moral humanas, al límite. Porque en los campos de exterminio -dice- sólo existían dos posibilidades, la muerte inmediata o en su lugar, los trabajos forzados, el hambre, el frío y la amenaza de la muerte constante. Esta segunda opción, al menos albergaba la supervivencia temporal.
Lo que más me impacta de esta obra es la parte en la que hace referencia al nivel cultural como salvavidas (que a más culto el prisionero más vivía): contra todo pronóstico -asegura- las personas más cultas creaban mundos interiores blindados donde refugiarse e incluso disfrutar de la belleza a través del recuerdo (por ejemplo, de una ópera…). Las personas más sencillas, por muy fuertes que fueran corporalmente, vivían más pegadas a lo prosaico, a los acontecimientos y la realidad, una realidad demencial donde rápidamente se abandonaban, decaían y se convertían en sujeto del aniquilamiento físico y mental.
Frankl cuenta cómo las personas capaces de aislarse del entorno y retrotraerse a su vida interior, a su riqueza intelectual y su libertad espiritual, tenían más posibilidades que las que carecían de los recursos intelectuales para evadirse del horror.
Una de las cosas que más le sorprendieron, además de la potencial crueldad e indolencia del hombre, fue su resistencia física: «El ser humano puede acostumbrarse a cualquier cosa». Describe cómo los hombres en situación de comodidad, sentimos que, si no nos abrigamos, dormimos o comemos convenientemente, enfermaremos e incluso desapareceremos; sin embargo, en los campos apenas comían ni dormían y permanecían sin zapatos ni prendas de abrigo, incluso desnudos durante horas, días, meses, en pleno invierno, sin que nadie enfermara.
Frankl habla de lo simpático que sonaba el suicidio, donde «lanzarse contra la alambrada», el método más popular, era sencillo. Sin embargo, las expectativas de vida aplicando el cálculo de probabilidades eran tan escasas que no tenía ningún objeto suicidarse, sino probar suerte y continuar.
Para entonces, el alma estaba completamente anestesiada y la distancia emocional para sobrevivir frente a los golpes continuos, el dolor, el agotamiento, la podredumbre y la irracionalidad hacían que cualquier emoción humana como «asco, piedad y horror» fueran imposibles de experimentar. En su lugar, se imponía la apatía para todo, excepto para conseguir alimento, que era el instinto más primitivo y el único que conservaban. Por ejemplo, Frankl desvaloriza el psicoanálisis contando cómo el instinto sexual desaparecía casi en la primera fase de internamiento y no reaparecía ni soterrado, ni indirectamente a través de fantasías ni sueños. El sexo, un lujo psicológico y físico.
Lo más polémico del libro de Frankl es la parte en la que asegura que las buenas personas no podían sobrevivir: «Se empleaba la fuerza bruta, el robo, la traición o lo que fuera con tal de sobrevivir. Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros -como cada cual prefiera llamarlos- lo sabemos bien: los mejores de nosotros no regresaron».
Sin embargo, no prescinde del libre albedrío e insiste en la libertad del hombre en cualquier situación y en todas las capas sociales: «A un hombre le pueden robar todo, menos la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias».
«¿Qué es el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. El que ha inventado las cámaras de gas, pero, asimismo, el que ha entrado en ellas, valiente y con paso firme, musitando una oración».
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