Incendios forestales

Fuego contra el fuego: así se protegen estos pueblos originarios americanos de los incendios forestales

Los incendios arrasaron aproximadamente 355.000 hectáreas en España el pasado año

Las quemas controladas están muy restringidas en nuestro país

En California se han vuelto a permitir las quemas culturales tras más de un siglo de prohibición

Los incendios forestales quemaron cerca de 355.000 hectáreas en España a lo largo de todo el 2025, según el primer balance realizado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO). Para encontrar un año que arroje peores datos, hay que remontarse más de tres décadas atrás, al año 1994, cuando ardieron más de 437.000 hectáreas de territorio.

Actualmente, la superficie forestal afectada por las llamas en España en lo que va de año se acerca a las 120.000 hectáreas, más del triple que en el mismo periodo de 2025, tras una semana marcada por el incendio de la Sierra Norte de Guadalajara, que ya es el segundo por superficie quemada.

Entre las principales causas de este nefasto resultado figuran el abandono del medio rural, la falta de personal, medios y coordinación de los servicios de extinción de incendios y el cambio climático. Todas ellas son cuestiones sobre las que debemos actuar justo en estos momentos porque, como dice la ya célebre frase, los incendios se apagan ahora, en invierno.

Paradójicamente, el fuego podría convertirse en un aliado clave en esta tarea: las quemas controladas se han mostrado eficaces para reducir la excesiva biomasa forestal que se acumula en los bosques mal gestionados. Toda esta materia vegetal es el combustible que alimenta las llamas cuando se declara un incendio.

Quemas controladas

En España, las quemas controladas existen, pero su uso está sujeto a una regulación especialmente estricta. La Ley 7/2022 de Residuos restringe de forma general estas prácticas, permitidas sólo en tres supuestos muy concretos:

California

Pero en otros lugares, el panorama es completamente diferente. Un claro ejemplo es el estado norteamericano de California, donde, después de más de un siglo de prohibición, se ha aprobado una ley que permite a los pueblos originarios recuperar la quema cultural que practican desde tiempos ancestrales tribus como los Yurok y los Karuk.

Hablamos de fuegos de baja intensidad, controlados y muy localizados, que requieren una serie de permisos, así como su comunicación previa a las autoridades locales y forestales y el servicio de bomberos.

Su objetivo nunca es extinguir incendios activos —como ocurre con el llamado contrafuego o fuego técnico, una maniobra utilizada por los bomberos para eliminar combustible en el avance del frente—, sino actuar antes de que el fuego se produzca, reduciendo el riesgo y la intensidad de futuros incendios.

Biodiversidad

Más allá del control de la biomasa forestal, las quemas culturales han demostrado su impacto positivo para la biodiversidad. Al eliminar de forma selectiva parte del matorral y del sotobosque acumulado, estos fuegos ayudan a que vuelvan a prosperar especies vegetales nativas que habían quedado desplazadas por décadas de supresión total del fuego.

El resultado es un paisaje en mosaico, con una combinación de claros, zonas arbustivas, praderas y bosques más abiertos. Esta heterogeneidad rompe la continuidad del combustible y, al mismo tiempo, multiplica los hábitats disponibles para plantas, insectos, aves y pequeños mamíferos.

Salud del suelo

La quema cultural también puede mejorar la salud del suelo cuando se aplica de forma planificada y a baja intensidad. A diferencia de los grandes incendios forestales, no suele degradarlo ni impermeabilizarlo.

Al contrario: la quema controlada de biomasa seca genera cenizas ricas en nutrientes como calcio y potasio, que se reincorporan rápidamente al sustrato y favorecen la fertilidad del terreno.

Agua y polinizadores

Además, este tipo de quemas contribuye a reducir la escorrentía y la erosión, al eliminar el exceso de materia vegetal muerta y favorecer un rebrote rápido de la vegetación nativa. De este modo, se mejora la infiltración del agua y se limita la pérdida de suelo tras episodios de fuego, uno de los impactos más graves asociados a los incendios de alta intensidad.

Muchas especies están, además, adaptadas al fuego de baja intensidad. Tras las quemas, rebrotan con fuerza plantas herbáceas y arbustos que florecen rápidamente, lo que favorece a los polinizadores y reactiva procesos ecológicos clave.

Comunidad científica

Todos estos beneficios están siendo reconocidos también por la comunidad científica. Así lo demuestra un estudio liderado por la Universidad de Stanford junto con el Servicio Forestal de los Estados Unidos, en colaboración con los pueblos Yurok y Karuk.

Los responsables de este trabajo recomiendan, incluso, la incorporación de estas técnicas tradicionales a las prácticas actuales de extinción de incendios, asegurando que las quemas culturales pueden contribuir a revitalizar las culturas, las economías y los medios de vida de los indígenas americanos, a la vez que continúa reduciendo el riesgo de incendios forestales.

Tallos de avellano

El estudio señala que estas quemas culturales incrementaron hasta diez veces la producción de tallos de avellano de California. Con el material procedente de este arbusto, los indígenas elaboran artículos de alto valor cultural y económico, como sus cestas tradicionales para cocinar o portar bebés y sus trampas para peces.

Como señala el paper: «Expandir el área y la frecuencia de los tratamientos forestales basados en incendios del sotobosque en tierras privadas, públicas y tribales en California y el noroeste del Pacífico aumentaría sustancialmente la disponibilidad de estos recursos ecoculturales mejorados por el fuego que actualmente tienen una oferta limitada y una gran demanda».

Cestas elaboradas por estos pueblos originarios.

Relación con el territorio

En definitiva, la experiencia de estas tribus americanas muestra que la clave en la lucha contra los incendios no reside sólo en los medios de extinción, sino también en la relación que mantenemos con el territorio.

Una gestión activa puede convertir al fuego en una herramienta eficaz de prevención, siempre que esté regulada, planificada y orientada al interés ecológico. La alternativa es seguir viendo el fuego únicamente como un enemigo, una estrategia que nos condena a combatirlo cuando ya es demasiado tarde para evitar el incendio.