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A mitad del siglo XX este río era uno de los grandes vertederos industriales de Barcelona: en 2026 acoge por primera vez el nacimiento de dos crías de garza real

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

El tramo final del río Besós, entre Santa Coloma de Gramenet y Sant Adrià de Besós (Barcelona), es hoy un pasillo verde rodeado de bloques de pisos, autopistas y polígonos. Por sus orillas pasan cada día corredores, ciclistas y vecinos con perro, a pocos metros de la desembocadura en el Mediterráneo.

Durante décadas, nadie habría imaginado ver allí crías de garza real. Recordemos que el cauce fue, durante la segunda mitad del siglo XX, uno de los grandes vertederos industriales del área metropolitana de Barcelona. Y desde luego, lo ocurrido esta primavera ha sorprendido incluso a quienes llevan años vigilando las aves del río.

Nacen dos crías de garza real por primera vez en el parque fluvial del Besós

Una pareja de garzas reales (Ardea cinerea) ha sacado adelante dos pollos en el parque fluvial del Besós, algo que no se había registrado nunca en este espacio. El nido apareció en abril en un árbol que crece dentro del propio cauce, en el término municipal de Sant Adrià, a apenas 50 metros de la vía pública.

Lo descubrió el biólogo Xavi Larruy, que lleva más de 25 años haciendo el seguimiento ornitológico del parque. Las crías se criaron entre mayo y julio en una zona muy transitada. «Que yo sepa, ninguna pareja había hecho una puesta en un ambiente tan sumamente urbano, y ha salido bien», explicó.

Según Larruy, todo el proceso duró unos tres meses, desde la incubación hasta que los pollos alcanzaron su tamaño adulto (algo que tarda alrededor de mes y medio). Dicho esto, y al momento de la publicación de este artículo, los dos jóvenes polluelos ya han echado a volar.

Paco Torres, aficionado que lleva dieciocho años fotografiando y dibujando las aves del tramo bajo del río, no les quitó el ojo durante semanas. «Es un hecho histórico. Nunca habían criado en el parque», resume. Para él, lo extraordinario es tener por fin una generación de garzas nacida en Sant Adrià.

Entre tanto, Torres recuerda que los pollos tenían querencia por el lugar y seguían en el cauce, cerca del árbol. Temían que los petardos de la verbena de Sant Joan los espantaran, pero aguantaron. En julio, en cambio, a los perros que se metían en el agua para refrescarse les obligaban a huir volando.

¿Por qué la garza real ha elegido el Besós?

La garza real es la garza más grande de Europa: puede superar los 90 centímetros de longitud y rozar los dos metros de envergadura. Se alimenta sobre todo de peces, anfibios y pequeños animales acuáticos, y suele criar en colonias sobre árboles altos cerca del agua.

Para Larruy, en declaraciones al medio local El Periódico, la explicación es sencilla: «En el Besós, la mejora del agua y, por lo tanto, que haya más alimento han sido capitales para esta especie».

Hoy es una de las aves más fáciles de ver en el cauce metropolitano. Torres contó hace unos días siete u ocho ejemplares entre Sant Adrià y Santa Coloma, y la mitad eran jóvenes.

Por otra parte, el biólogo vincula estas aves a la colonia que ha ido creciendo en Barcelona desde que el Zoo soltó una pareja. Muchas crían habitualmente en el parque de la Ciutadella, y se trata de individuos con una tolerancia a la presencia humana mucho mayor de lo normal, según Larruy.

Los escasos casos de cría de garza real conocidos en la cuenca del Besós se habían dado siempre río arriba, lejos del tramo urbano. El primero que trascendió fue en La Garriga, en 2021, en una balsa de acceso restringido del Vallès Oriental.

De ser un nido de contaminación a un refugio de aves: la evolución del Besós

Incluso, la noticia tiene más valor si se mira atrás. A partir de los años sesenta, las fábricas instaladas en las márgenes del Besós vertieron sus residuos directamente al río, que quedó gravemente contaminado durante la segunda mitad del siglo XX. Para varias generaciones de vecinos, era un cauce maloliente al que nadie se acercaba.

En esta línea, la recuperación empezó a mediados de los noventa con un acuerdo entre municipios. El proyecto costó 37 millones de euros, financiados en un 80% con fondos de cohesión europeos, y el espacio se abrió al público hace 26 años. Hoy lo gestiona la Diputación de Barcelona.

Por otra parte, el parque fluvial ocupa 115 hectáreas a lo largo de los últimos nueve kilómetros del río, repartidas entre Barcelona, Montcada i Reixac, Sant Adrià de Besós y Santa Coloma de Gramenet. Recibe más de dos millones de visitantes al año.

Y de su lado, la fauna ha respondido. Torres ha identificado 158 especies de aves en el parque. Entre ellas figuran:

Un río recuperado, pero todavía frágil

Antes de llegar al final, cabe remarcar que el éxito de esta pareja no significa que el problema esté resuelto. «El Besós es un enfermo crónico, que está mejor que antes por la depuración de las aguas, pero es imposible que alguna vez se pueda decir que esté recuperado del todo», advierte Larruy.

Además, el biólogo enumera las amenazas actuales: los aliviaderos del alcantarillado que rebosan cuando llueve, la acumulación de residuos sólidos y las toallitas arrojadas por el váter («el río está lleno y es un drama»).

La diferencia con los años noventa, explica, es que entonces la contaminación era muy grande y ahora lo es la presión humana.

Torres añade otras: obras, lazos para cazar patos, pesca y vertidos químicos puntuales de fábricas del Vallès que matan a los peces y hacen que las aves se marchen.

Aun así, Larruy ve «muy probable» que otras parejas de garza real, garceta común, martinete o garcilla bueyera intenten criar la próxima primavera en los últimos metros del río.

«Se ha roto el hielo», dice, aunque reconoce que hubo suerte. Bastaría con que una crecida arrancara el árbol del nido, o con que alguien merodeara demasiado cerca, para que no volvieran. «Es incontrolable y muy frágil», admite.