Internacional
REPORTAJE

El ‘wokismo’ se lleva por delante la catedral de St. Paul en Londres: cede su cúpula a una discoteca hasta 2030

La catedral levantada después del Gran Incendio de Londres es uno de los símbolos nacionales de Inglaterra

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Entre usted y yo, el anglicanismo nunca ha sido otra cosa que la domesticación del cristianismo frente al poder político, y como tal ha seguido religiosamente todas las modas ideológicas, desembocando al fin en un wokismo enloquecido que ha vaciado acaloradamente las iglesias. Y ahora, al parecer, han decidido dedicarlas al bailongo.

Incluso su mismo centro. La catedral de St. Paul de Londres ha firmado un acuerdo de cuatro años con Fabric, una de las discotecas más famosas de la capital británica. Hasta 2030, el club será el socio exclusivo de la catedral para organizar conciertos de música contemporánea bajo la gran cúpula de Christopher Wren.

El primer acto de la nueva asociación tendrá lugar el 29 de octubre, con The Cinematic Orchestra. Habrá más. La catedral promete una programación «cuidadosamente seleccionada» destinada a atraer nuevos públicos y ofrecer «nuevas y emocionantes formas» de relacionarse con uno de los edificios más importantes de Inglaterra. Fabric habla de crear experiencias en la intersección entre «música, arte y lugar».

El alcalde de Londres, Sadiq Khan, recibió el anuncio con entusiasmo. «Fabric. St Paul’s Cathedral. Name a more iconic duo», escribió en X. Conviene aclarar que Khan no ha tenido que convencer a los responsables de San Pablo ni imponerles el acuerdo. La iniciativa es de la propia catedral. Los custodios del templo están encantados.

San Pablo es algo más que un hermoso edificio religioso. La catedral levantada por Christopher Wren después del Gran Incendio de Londres es uno de los símbolos nacionales de Inglaterra. Bajo su cúpula reposan el almirante Horatio Nelson, vencedor de Trafalgar, y el duque de Wellington, vencedor de Napoleón en Waterloo. Allí despidieron los británicos a Winston Churchill. Allí se casaron el príncipe Carlos y Diana Spencer. Allí celebró Isabel II sus jubileos. Y durante el Blitz, la fotografía de su cúpula emergiendo intacta entre el humo y las ruinas de Londres se convirtió en una de las imágenes de la resistencia británica frente a Hitler. Así que, respondiendo a la pregunta de Khan, se me ocurren al menos dos nombres para una pareja más icónica que Fabric y San Pablo: Nelson y Wellington. Ambos están enterrados allí.

La ocurrencia adquiere todo su sentido cuando se contempla el estado de la Iglesia de Inglaterra. Sigue siendo, sobre el papel, la Iglesia oficial del país. El rey Carlos III es su gobernador supremo. Sus obispos ocupan escaños en la Cámara de los Lores. Sus grandes ceremonias continúan formando parte del ceremonial del Estado británico. Conserva iglesias, catedrales, palacios, patrimonio, una inmensa estructura administrativa y todos los restos exteriores de aquella institución que durante siglos fue inseparable de la identidad inglesa.

La Iglesia de Inglaterra parece empeñada en demostrar que puede sobrevivir al cristianismo convirtiéndose en una ONG

Lo que cada vez conserva menos son ingleses. La Iglesia anglicana lleva décadas perdiendo fieles y asistencia al culto hasta convertirse, en la práctica, en una pequeña denominación sostenida dentro del gigantesco cascarón institucional de una Iglesia nacional. Sus cifras actuales representan una fracción de las de hace medio siglo y ni siquiera la recuperación posterior al desplome de la pandemia ha alterado la tendencia histórica. Las parroquias cierran o se fusionan, las congregaciones envejecen y una institución creada para ser la Iglesia de Inglaterra se parece cada vez más a una asociación religiosa minoritaria que, por accidente histórico, posee algunas de las iglesias más famosas del mundo.

El proceso ha coincidido con una transformación todavía más llamativa de sus prioridades. La Iglesia de Inglaterra parece empeñada en demostrar que puede sobrevivir al cristianismo convirtiéndose en una ONG particularmente woke. El Sínodo debate sobre el cambio climático y la «extinción masiva», mantiene objetivos institucionales de emisiones netas cero y ha incorporado a su agenda todas las obsesiones sobre raza, colonialismo, diversidad, identidad y sexualidad que caracterizan a las instituciones progresistas británicas. Su lenguaje resulta con frecuencia difícil de distinguir del de una universidad, una fundación filantrópica o el departamento de responsabilidad social de una multinacional.

Desde este año la encabeza, por primera vez en sus casi catorce siglos de historia, una mujer. Sarah Mullally, antigua directora nacional de Enfermería del Gobierno británico y posteriormente obispa de Londres, es la 106.ª arzobispa de Canterbury. O arzobispa, que también en esto ha conseguido la venerable Iglesia establecida ponerse rigurosamente al día. Mullally representa bastante bien la mutación de una institución cada vez más cómoda hablando el idioma contemporáneo de la inclusión, la diversidad, el clima y la justicia social mientras los bancos de sus templos se vacían.

Su lenguaje resulta con frecuencia difícil de distinguir del de una universidad, una fundación filantrópica o el departamento de responsabilidad social de una multinacional

Y entonces aparece Fabric, que no es una inocente agencia de conciertos. Abrió sus puertas en Farringdon en 1999 y se convirtió rápidamente en uno de los grandes templos —perdón por la palabra— de la cultura club londinense: techno, house, drum and bass, sesiones interminables y cultura rave.

Su historia tampoco ha sido precisamente parroquial. En 2016, dos jóvenes de 18 años murieron después de consumir drogas en relación con sendas noches en el establecimiento. Una investigación policial encubierta detectó compra y consumo de estupefacientes y el Ayuntamiento de Islington acabó retirando la licencia al local. La resolución habló expresamente de una «cultura del consumo de drogas» que sus responsables no habían conseguido controlar.

El cierre provocó una enorme campaña en defensa de Fabric. También Sadiq Khan salió en su apoyo. Finalmente, la discoteca consiguió reabrir después de aceptar 32 nuevas condiciones, entre ellas mayores controles de identidad y seguridad y la expulsión permanente de quienes fueran sorprendidos intentando comprar drogas.

Diez años después, Fabric no necesita defender su derecho a abrir una discoteca en Londres. La Iglesia de Inglaterra le ha abierto una catedral. La relación, en realidad, había comenzado antes del acuerdo actual. Fabric y San Pablo ya habían organizado actuaciones en la catedral, entre ellas conciertos de RY X y Patti Smith. El éxito de aquellas experiencias ha animado ahora a ambas instituciones a convertir la colaboración ocasional en una asociación estable durante cuatro años.

San Pablo insiste en que los conciertos estarán cuidadosamente seleccionados. El primero tendrá público sentado. Nadie ha anunciado que vayan a instalar una bola de espejos sobre la tumba de Nelson ni que los asistentes puedan bailar techno sobre Wellington. Todavía.

El problema resulta bastante más interesante que la caricatura. Los propios responsables de la catedral explican que quieren atraer nuevos visitantes, llegar a públicos diferentes y permitir que más personas descubran el edificio mediante nuevas «experiencias». El vocabulario es revelador. San Pablo empieza a aparecer como un venue, un «espacio icónico» susceptible de albergar acontecimientos capaces de generar público, ingresos y engagement.

Hubo protestas de cristianos escandalizados. Los responsables de la catedral defendieron el espectáculo porque permitía atraer a personas que normalmente no entrarían en ella

La palabra que cuesta cada vez más encontrar en toda esta jerga es Dios. Y San Pablo tampoco está sola. La catedral de Canterbury, corazón histórico del anglicanismo mundial, celebró en 2024 una silent disco de música de los años noventa. Miles de personas bailaron con auriculares en la nave al son de Britney Spears, Spice Girls, Eminem o Vengaboys. Hubo protestas de cristianos escandalizados. Los responsables de la catedral defendieron el espectáculo porque permitía atraer a personas que normalmente no entrarían en ella y relacionarse con el edificio «en sus propios términos».
Pocas frases resumen mejor el problema. Un templo existe precisamente porque hay cosas que no están en nuestros propios términos. Lo sagrado es aquello que una comunidad separa del uso ordinario, aquello ante lo que el individuo acepta que ha entrado en un lugar que significa algo antes de su llegada y seguirá significándolo después de su marcha.

Hay, naturalmente, una explicación económica. Mantener las gigantescas catedrales heredadas de una Inglaterra cristiana cuesta millones de libras. Hay que reparar cubiertas, limpiar piedra, restaurar vidrieras, pagar empleados, calefacción y seguridad. Las congregaciones capaces de levantar aquellos edificios han desaparecido y los edificios siguen ahí.

Y acaso sea esa la imagen más perfecta de lo ocurrido. Una civilización construyó catedrales porque creía en Dios. Sus descendientes organizan discotecas dentro para conseguir dinero con el que conservar los edificios donde sus antepasados creían en Dios. Al menos la cúpula sigue en pie.