Mesas para celebrar el Día de la Madre
El primer domingo de mayo siempre está marcado en el calendario. Subrayado, rodeado, incluso apuntado con ese circulito torcido que uno hace con prisa entre reunión y reunión. Porque no hablamos de una fecha cualquiera: hablamos del Día de la Madre. Y ahí, querido lector, ya no valen excusas ni regalos de última hora.
Las madres —cada una a su manera— son ese punto de apoyo que sostiene más de lo que parece. Referentes, cómplices, muchas veces brújula y otras, refugio. Han cambiado, evolucionado y roto moldes, pero siguen teniendo algo en común: esa capacidad de estar cuando importa. Por eso, cuando llega su día, lo mínimo que uno puede hacer es parar el ritmo y compartir mesa. Esta vez, sin prisas, sin interrupciones y con el tiempo puesto en lo verdaderamente importante.
Madrid —y aquí viene el giro que todos conocemos— no se lo pone fácil a nadie. Mucho menos cuando se trata de celebrar algo con cierta calma. La ciudad tiene esa habilidad casi perversa de convertir cualquier plan bonito en una pequeña gymkana: reservas imposibles, mesas apretadas y turnos impensables. Y, sin embargo, entre todo ese ruido, siguen existiendo lugares donde la cosa cambia. Porque celebrar el Día de la Madre no debería ser cumplir expediente —comer rápido, foto y a otra cosa—, sino todo lo contrario. Debería ser un pequeño alto en el camino. Una excusa para sentarse, abrir una botella con cierta intención y, si se tercia, pedir ese plato que normalmente se queda en la lista de «otro día».
Aquí es donde entra el criterio. Elegir bien no es una cuestión de presupuesto —aunque tampoco vamos a engañarnos, ayuda— sino de sensibilidad. De dar con ese sitio que encaje con la persona a la que quieres invitar. Porque no todas las madres son iguales, ni todos los homenajes deberían serlo. Las hay clásicas, contemporáneas, curiosas, disfrutonas, de cuchara, de vino o de sobremesa eterna. Así que, si este año quieren evitar el piloto automático y acertar de verdad, aquí van cuatro direcciones que merecen la pena. Cuatro maneras distintas de decir lo mismo: siéntate, disfruta… que hoy invito yo.
Hay sitios que no necesitan presentación grandilocuente porque juegan a otra cosa. Le Bistroman es uno de ellos. Desde su apertura en el año 2019, este restaurante madrileño ubicado a unos pocos pasos del Teatro Real y de la Plaza de Oriente se ha consolidado como el templo de la cocina francesa en la capital; un lugar donde sentirse como en París. Ahora, teniendo en cuenta las tendencias actuales del sector gastronómico, se reafirma como el restaurante en el que disfrutar de una comida en una experiencia genuinamente gala. Su propuesta gastronómica, alejada del clásico menú gastronómico largo, permite al comensal elegir a la carta, con medias raciones en los entrantes, y explorar el recetario francés clásico con libertad.
Y si en Le Bistroman uno viaja —casi sin levantarse de la silla— a esa Francia clásica, el siguiente salto en este pequeño recorrido nos lleva a otro escenario bien distinto, pero igual de sugerente: Tribeca Bistro.
Un espacio que ha sabido recoger esa herencia de la cocina clásica europea y darle una lectura más actual, más ligera en las formas, pero igual de sólida en el fondo. Porque al final, ya sea en París o en Manhattan —o en este Madrid que juega a ser ambos—, todo se reduce a lo mismo: producto, técnica y ese intangible que convierte una comida en algo que merece la pena recordar.
Y en ese viaje de París a Manhattan, conviene hacer una parada en el origen, concretamente en Ciudad Real. Ahí es donde aparece Epílogo. Porque lo de Rubén Sánchez es, en esencia, cocina de memoria: una propuesta construida a partir de los sabores de su infancia, de las recetas de su madre y su abuela, reinterpretadas con técnica actual, pero sin perder su identidad. Su propuesta es casi un ejercicio de memoria: recetas de la infancia, sabores de Castilla-La Mancha, guisos, caza, cocina de aprovechamiento… todo eso que durante años se ha transmitido de generación en generación y que aquí se reinterpreta con técnica y sensibilidad. Pero sin perder el alma. Que es donde muchos fallan.
Y para cerrar el recorrido, toca poner rumbo a Valencia. En el barrio de Cánovas hay un restaurante que entiende muy bien eso de cocinar con sentido: Yarza. Aquí la propuesta tiene algo que encaja especialmente bien en un día como este. Cocina valenciana de raíz, de la que mira al pasado sin quedarse anclada en él. Platos tradicionales, de cuchara, arroces, pescado de lonja y carnes bien trabajadas, todo con ese mimo que no se aprende en manuales. Yarza juega esa partida con naturalidad. Producto de proximidad, respeto absoluto por el ingrediente y una cocina que no necesita disfrazarse para convencer. A veces más clásica, otras con un punto más gamberro —cuando apetece salirse del camino marcado—, pero siempre con una idea clara: que el sabor esté por encima de todo.
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