Sánchez va a Zarzuela a engañar al Rey
Si el Rey encarga la investidura a Pedro Sánchez es porque no tiene otro remedio, no porque se fíe de él, que no tiene razón alguna para fiarse. Sánchez ha avanzado que si no “tiene números” no aceptará el endoso, pero la afirmación guarda -como todo en Sánchez- trampa porque puede no “tener números”, pero sí promesa de ellos, aviso de que sigue negociando con quien puede otorgárselos. Una añagaza, no vaya a ser que el Rey pueda tener la tentación, que no va a tener, de contar con otro candidato. En el Palacio de la Zarzuela rige el mutismo más absoluto sobre las probables decisiones del Rey. A eso le obligan las muy escasas competencias que le atribuye la Constitución. No obstante, se puede adivinar (no se debe utilizar otro verbo más comprometido) que el jefe del Estado, el protagonista de la Corona, está pasándolo francamente mal. Muy mal. Lo que sucede es que ni siquiera puede expresar -tampoco en privado- su incomodidad. Con eso cuenta desde luego el personaje que le ha colocado en esta desgraciada situación; cuenta con que el Rey no va a decir ni pío.
El Rey -permítaseme el coloquialismo- no es tonto y sabe que su interlocutor principal quiere utilizar la figura del Monarca para asentar su aspirantazgo, o sea, que intentará engañarle si eso es lo que conviene. Sánchez va a por la investidura al precio que sea y, en consecuencia, usa todas sus bazas, por muy espurias que éstas sean, para lograr su propósito. Ahora o más tarde, que eso para él, diga lo que diga, es lo de menos. Su estrategia es entenderse fácilmente -¡cómo pensar en otra cosa!- con su mujer de confianza, Batet, para convocar al Congreso en el momento que mejor le aproveche. Sánchez va a cumplir con el enojoso trámite de entrevistarse con el Rey y, una vez cumplido el tostón institucional, ya verá él cómo se las arregla para seguir vendiendo el país a cambio de un colchón en La Moncloa.
En puridad, el Rey, casi indefenso constitucionalmente, tampoco puede mostrar al presunto candidato su profundo desagrado por una brutal, sorprendente, anomalía. A saber: que Esquerra, uno de los socios con los que cuenta Sánchez gracias a la felonía de sus cesiones, no haya acudido a Palacio a comunicar al jefe del Estado su postura política, su decisión de apoyar o no la investidura del presunto candidato. Naturalmente que este cronista no es quién para interpretar cómo se siente el Rey ante tamaño desaire, uno más de los que han contribuido a acuñar la sensación de toreo, ninguneo y hasta pitorreo con que Sánchez le ha obsequiado en múltiples ocasiones, pero sí puede indicarse que a medida que transcurre el trayecto de Sánchez como presidente, disminuye ostensiblemente el protagonismo de la Monarquía. Ya escribimos en una ocasión que un usual visitante de La Zarzuela suele decir que “al Rey se le está poniendo tan bajo, tan bajo que un día no se le va a ver”.
El Rey está atrapado entre las clamorosas falacias de Sánchez y el cumplimiento de una Constitución que en su artículo 99 reza así en una frase muy explícita: “El Rey propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno”. O sea, que lo tiene que hacer, algo que estos días está recordando, con singular inteligencia, la Casa del Rey. A esto se tiene que ajustar Don Felipe en la seguridad de dos constancias: la primera, que Sánchez no va a ser más auténtico con el Monarca de lo que es con el resto de los españoles; en roman paladino, que las palabras del aún presidente no resisten el más cutre polígrafo. La segunda, que su interlocutor está dándose el morro con un partido que quiere el abatimiento de la Corona y desde luego, la ruptura de España. Desde luego que el Rey y quienes le asisten no son ajenos a esta certeza. En todo caso, la Monarquía, en la dramática encrucijada en que se encuentra, no se mueve un ápice de lo que le marcan las reglas del juego, aunque éstas den pábulo a su jefe de Gobierno en funciones para seguir metiéndole trolas de todo tipo. Incluso así tiene que proponerle para la investidura; ahora o cuando se agote el turrón.
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