Presión desesperada de Sánchez sobre Esquerra
Sánchez pretendía su investidura para el día 19. O para el 27; no más lejos. Pero la certeza ya muy firme es que se va a quedar con las ganas. Sus monaguillos en la negociación reunidos con Rufián y demás cuadrilla, exhiben, de entrada, sus proclamadas cesiones: el hecho significativo de trasladar a Barcelona el escenario de los trueques, el reconocimiento previo de la “Nación Catalana”, y la afirmación de la propia realidad regional como un “conflicto político”, muy lejano al “problema de convivencia” que fue la muletilla de Sánchez durante toda la pasada campaña electoral. Sánchez necesita más que nadie -desde luego mucho más que Esquerra- un acuerdo cuanto antes, todo lo vago y ambiguo que se quiera, pero un acuerdo, porque si fracasa en su apuesta por el pacto con comunistas y separatistas sólo le quedará la posibilidad de una rectificación copernicana para intentar el entendimiento con el Partido Popular. Eso le produce erisipela, una suerte de alergia política que, es consciente, le llevaría rápidamente fuera de La Moncloa.
Salvo sorpresas de última hora, que tratándose del aún presidente no son imposibles, aparte de las cesiones citadas pocos más ofrecimientos pueden presentar Abalos y sus dos viajeros a una Esquerra que tiene por delante unas semanas muy complicadas. Si se repasan los medios independentistas catalanes que son casi todos (y los que no lo sin casi siempre lo parecen) la conclusión que se extrae es que el partido de Junqueras está preocupado sobre todo por tres acontecimientos: la salida de la cárcel de los presos políticos que sí han negociado, como adelantamos en otra crónica, con el Gobierno; el destino del mismo Junqueras en el Tribunal de Luxemburgo que se conocerá -¡fíjense por dónde la casualidad!- el citado día 19; y el Congreso partidista del 21. Es decir: de investidura a toda prisa ahora nada de nada. Porque en esta tesitura, y como se pregunta un político socialista de la Transición como Leguina: “¿A alguien se le ocurre que Esquerra le va a dar el sí incondicional a Sánchez?”.
La verdad es que nadie especula con esta posibilidad. Ahora bien: es tan desesperada la situación de Sánchez que cualquier alboroto es posible. Supongamos, esto nadie lo descarta que los enviados especiales del aún presidente se descuelgan en Barcelona con la promesa de un referéndum: ¿descartaría Esquerra este regalo? Pues no. Los taciturnos chicos de Sánchez están dispuestos a otorgar este encargo, aunque, claro está, dudan ya de que la dádiva sea suficiente para enternecer, doblar el codo, de sus interlocutores. Estos precisan de una sinecura política así para no quedar como “traidores” frente a los puristas sectarios y sediciosos de Juntos por Cataluña, el partido de Puigdemont. Aceptarán, ¡cómo no! la consulta, pero no se plegarán a las urgencias desmesuradas de Sánchez. En Waterloo, el fugitivo espera ansioso el cariz de la euroorden prevista para dentro de siete días, pero no tiene la menor intención de participar en lo que el preso Turull denomina gráficamente el “enjuague español”. Puigdemont, sus huidos, sus presos y los que pueden caer también en el trullo, sólo miran a Cataluña y a las elecciones anticipadas del próximo mes de marzo. Sánchez les trae por una higa. Y a propósito de la euroorden una mínima digresión: los fiscales del Supremo, sobre todo Javier Zaragoza, afirman sin ambages, que tras la condena únicamente por sedición y malversación de Junqueras y los demás complotados, la posibilidad de que Puigdemont sea extraditado a España es muy pequeña; tiene, aseguran, escasas posibilidades de éxito.
Sánchez, mientras se desvelan todos estos acontecimientos que engordan la expectación política de los próximos diez días, ha redoblado, ya se ve que con un sonoro fracaso, su presión sobre una Esquerra que, a su vez, utiliza sus trece escaños del Parlamento español para extenuar al Partido Socialista en cuyo seno nadie, absolutamente nadie (los deseos de Abalos solo son eso, deseos) se mostraba optimista antes de este martes pensando en que los independentistas furiosos de Rufián y su pandilla, le fueran a proporcionar a Sánchez su gran obsequio de Navidad: la investidura. Tampoco, hoy por hoy, en Reyes. Hace semanas pactaron más que la investidura la proclamación conjunta de que ésta era posible. Ya se ve en qué ha quedado. Sánchez, erre que erre, sigue mendigando el gol imposible. Presiona, pero los presuntos socios le hacen pedorretas. Una tras otra, aunque, eso sí, es más que probable que sus presos vuelvan a casa por Navidad.
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